sábado, 14 de junio de 2014

El patio del colegio



“Chaval, tú fuiste quien pinchó las ruedas del tren con un alfiler. Se lo vamos a decir a Doña Elena. ¡Te vas a cagar!”. 

Durante el recreo, sentado sobre el bordillo del patio cubierto, miré hacia arriba para presenciar cómo un par de chavales de octavo me daban la bienvenida a aquella jungla de asfalto.

Ese es mi primer recuerdo del patio de San Claudio, grabado a fuego. Niños de seis años mezclados con tipos que, en algunos casos, estaban a un cuarto de hora de afeitarse. Aquello fue una licenciatura diaria, balones que volaban en todas direcciones, peonzas, tacos y pelis, chapas, amenazas y algún que otro bofetón suelto. Vamos, como para andar distraído.

Los ojos siempre abiertos como platos, las espaldas bien cubiertas, por si acaso, y el oído agudizado hasta límite de la exigencia. Lo extraño pasó a ser cotidiano y el paso del tiempo te dejaba más cerca de dar los sopapos que de recibirlos. Ley de vida.

El barbas aceleró el proceso de adaptación, llevó nuestro ingenio hasta lugares desconocidos y fabricó una capacidad competitiva que no dejaba espacio para la autocomplacencia. 

Presión en todo el campo, pase y va por la derecha, 1-3-1 o pívots medios contra zona. Un repertorio sin fin que sumado a alguna que otra trampa nos hizo casi invencibles. Aquella cancha, la ratonera, donde por entonces había una cancha de baloncesto y hoy se ubica una de mini-basket. De allí no salía vivo nadie, casi literalmente.

Pepe Estrada bramando porque aquello no tenía las medidas reglamentarias y Paramio rebatiendo que, en el Leonés, las autoescuelas hacían la prueba de la rampa el día del examen. En alusión a la pequeña cuesta de entrada que había en el colegio y que ocupaba parte de uno de los campos. De genio. 

Marcadores de escándalo, abonados al 100 y jodidos al recibir algún punto en contra. “¡Chaval, tú eres imbécil!”. Estaba la cosa como para andar haciendo regalos. 

El patio siempre estaba abierto, y si no se saltaba la valla, que para eso han estado siempre las vallas. Pachangas y más pachangas. Gente y más gente, colas para jugar. Balón de goma, siempre con algún huevo, y cemento, mucho cemento.

De pequeños queríamos jugar en las grandes, y cuando llegó el día de ello decidimos que era más divertido jugar en las de mini. ¡Venga mates y tapones! "Como aparezca el barbas nos corta las pelotas". Aquellos tableros parecían indestructibles y esa época eterna. Y así será mientras perviva en nuestro recuerdo.

Para Kike, mi hermano pequeño, con quien compartí innumerables horas de patio. Para los Trigueros y el Parris. San Román, César y su hermano Chemi. Raúl, Viñu, Óscar y otros muchos. También para los del Leonés, sin ellos esto hubiera sido una historia diferente. Para Piñán y los suyos, nos pilló más talludos, pero fue épico. Y para todos los árbitros que nos sufrieron, y mucho.

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