viernes, 27 de junio de 2014

El baloncesto y los estados de ánimo



El baloncesto es un estado de ánimo. Seguramente, dicho así parezca una definición muy simplista pero, llegado un determinado nivel, resulta un factor determinante. Más que una zona o la defensa del bloqueo directo. La final de la ACB ha sido un buen ejemplo de ello.

Los planteamientos y los recursos influyen, cómo no, y más en un deporte tan táctico como el baloncesto. Pero ha sido la gestión de las emociones (ansiedad, excitación, tristeza, euforia…) lo que ha decantado la balanza en una final que no ha resultado especialmente táctica. 

Tanto el Barcelona como el Real Madrid han vivido permanentemente en una montaña rusa desde la Final Four de Milán. Los primeros tocaron fondo en la semifinal, aquella humillante derrota pareció dejarles hundidos casi definitivamente. Paradójicamente, ha sido el Madrid quien ha gestionado peor no proclamarse campeón de Europa.

Los dos tuvieron muchos problemas durante las semifinales de la ACB: prórrogas, canastas en el último segundo, cuerpos y cabezas llevados al límite de sus capacidades. El Barcelona golpeó primero en la final y el Madrid apenas fue capaz de reaccionar.

Toda la seguridad que mostraron durante la liga regular se convirtió en desconfianza. Ese juego que ha encandilado a toda Europa terminó siendo previsible. Jugadores que antes la metían tirando de cualquier modo ahora fallaban tiros impensables. Pocos vestigios de aquel equipo. 

El partido de ayer fue el paradigma de la gestión-control de los estados de ánimo. El Real Madrid sobreexcitado hasta que aquello se convirtió en un manicomio que terminó con la descalificación de Pablo Laso. Todo de cara para el Barcelona, soplaba el viento a favor, jugaba en casa, iba por delante del marcador y el Real Madrid estaba herido de muerte. 

Entonces los locales se pararon, el Madrid pareció serenarse viendo que aquello estaba perdido y tiró de coraje hasta que metió el miedo en el cuerpo al Barcelona. Un miedo que tampoco les fue ajeno. La cabeza y el punto de equlibrio.

miércoles, 18 de junio de 2014

Los forofos



Hoy no sé muy bien por dónde empezar, tengo amontonados una serie de pensamientos a los cuales ignoro si podré dar orden. ¡Allá voy!

Muchos andan llorando por las esquinas, algún otro sigue teniendo motivos para creer, para seguir soñando. Los demás braman de tal modo que casi sueltan espuma por la boca.

Como siempre, hay de todo, pero los que bufan suelen ser los que más ruido producen. De éstos, algunos se han subido al carro en marcha. Otros andaban deseando un descalabro como el que se produjo contra Holanda para comenzar con la masacre. 

Ya hubo controversia con la lista de Del Bosque. Se señaló que algunos jugadores eran quienes hacían la convocatoria, las vacas sagradas, los intocables. Como cuando las hacía Raúl; hasta que un día, sin enterarse, dejo de estar en ellas. ¡Qué ironía!

Ser seleccionador debería ser considerada una profesión de riesgo, y no porque los jugadores “secuestren” tu trabajo. Sino por la amenaza que supone el entrenador que cada español lleva dentro. Los hay considerados y respetuosos, entiendo que la mayoría. Después están los otros, los forofos, los fanáticos. Los faltones, los de la descalificación e insulto fácil. 

Esos que presumen de tener los conocimientos suficientes, los mismos que comprenden cuáles deberían ser los argumentos de cada convocatoria y el planteamiento de cada partido. Lo saben porque han competido muchas temporadas como profesionales, ya sea como jugadores o entrenadores. Seguramente por eso España sea una potencia mundial en deporte, porque todos entendemos de él. Poco importa la disciplina. 

Ni tan siquiera han sido lo suficientemente prudentes como para esperar que España caiga eliminada con estrépito en primera ronda. Les vence la inquina y la animadversión. Les voy a dar un dato, a ver si se violentan tanto: Holanda tiene una tasa de paro en torno al 7% y un Salario Mínimo Interprofesional de 1.486€. El desempleo en España ronda el 25% y el SMI es de 645€. 

Deberían tomárselo con más calma y considerar el fútbol la cosa más importante dentro de las cosas menos importantes. Lo agradecerá su salud… y la del resto. 

Publicado en La Nueva Crónica el 18 de junio de 2014

lunes, 16 de junio de 2014

Los Spurs y el pase



Casi siempre se habla de las condiciones físicas de los jugadores, de cuánto saltan y de lo rápido que corren. También de lo bien que tiran y sus altos porcentajes. De especialistas: defensores, anotadores, tiradores, taponadores o reboteadores. En pocas ocasiones se habla de cómo pasa un jugador, tomado el pase como principal virtud. Quizás sea porque no existen grandes jugadores en este aspecto, tanto en el apartado técnico como en el táctico.

De los primeros hay a montones, de todos los niveles y para cada categoría. De los últimos bien pocos. Probablemente porque siempre se le ha dado más importancia al principio (defender) y al final (meter canasta). Esa transición entre defensa y ataque está sustentada única y exclusivamente por el pase. En el cómo, cuándo y porqué. 

Esos cómo, cuándo y porqué esconden dos valores esenciales: la generosidad y la confianza en el compañero. Con esas dos virtudes interiorizadas  los jugadores comprenderian mejor el juego y ejecutarían mejor el pase. 

Esos son los Spurs, tipos de enorme talento y con un buen físico, aunque el de algunos cada vez más desgastado. Pero si hay una virtud que sobresale por encima de todas en este equipo de leyenda es el conocimiento del juego. Dirigidos por un entrenador magistral son el mayor ejemplo de generosidad y confianza. “Seguid pasando el balón” decía el otro día Popovich durante un tiempo muerto. 

Ha llamado mucho la atención el alto porcentaje con el que han jugado las series finales, el cual ha venido sustentando en un gran número de tiros liberados. Un pase más hasta conseguir la mejor opción de lanzamiento. Todo esto acompañado de un excelente uso del bote y del movimiento sin balón. 

El juego de San Antonio es para guardar, para disfrutar de él una vez tras otra. Es la quintaesencia del baloncesto. Pero sobre todo, es para enseñar a los niños y a muchos profesionales.

sábado, 14 de junio de 2014

El patio del colegio



“Chaval, tú fuiste quien pinchó las ruedas del tren con un alfiler. Se lo vamos a decir a Doña Elena. ¡Te vas a cagar!”. 

Durante el recreo, sentado sobre el bordillo del patio cubierto, miré hacia arriba para presenciar cómo un par de chavales de octavo me daban la bienvenida a aquella jungla de asfalto.

Ese es mi primer recuerdo del patio de San Claudio, grabado a fuego. Niños de seis años mezclados con tipos que, en algunos casos, estaban a un cuarto de hora de afeitarse. Aquello fue una licenciatura diaria, balones que volaban en todas direcciones, peonzas, tacos y pelis, chapas, amenazas y algún que otro bofetón suelto. Vamos, como para andar distraído.

Los ojos siempre abiertos como platos, las espaldas bien cubiertas, por si acaso, y el oído agudizado hasta límite de la exigencia. Lo extraño pasó a ser cotidiano y el paso del tiempo te dejaba más cerca de dar los sopapos que de recibirlos. Ley de vida.

El barbas aceleró el proceso de adaptación, llevó nuestro ingenio hasta lugares desconocidos y fabricó una capacidad competitiva que no dejaba espacio para la autocomplacencia. 

Presión en todo el campo, pase y va por la derecha, 1-3-1 o pívots medios contra zona. Un repertorio sin fin que sumado a alguna que otra trampa nos hizo casi invencibles. Aquella cancha, la ratonera, donde por entonces había una cancha de baloncesto y hoy se ubica una de mini-basket. De allí no salía vivo nadie, casi literalmente.

Pepe Estrada bramando porque aquello no tenía las medidas reglamentarias y Paramio rebatiendo que, en el Leonés, las autoescuelas hacían la prueba de la rampa el día del examen. En alusión a la pequeña cuesta de entrada que había en el colegio y que ocupaba parte de uno de los campos. De genio. 

Marcadores de escándalo, abonados al 100 y jodidos al recibir algún punto en contra. “¡Chaval, tú eres imbécil!”. Estaba la cosa como para andar haciendo regalos. 

El patio siempre estaba abierto, y si no se saltaba la valla, que para eso han estado siempre las vallas. Pachangas y más pachangas. Gente y más gente, colas para jugar. Balón de goma, siempre con algún huevo, y cemento, mucho cemento.

De pequeños queríamos jugar en las grandes, y cuando llegó el día de ello decidimos que era más divertido jugar en las de mini. ¡Venga mates y tapones! "Como aparezca el barbas nos corta las pelotas". Aquellos tableros parecían indestructibles y esa época eterna. Y así será mientras perviva en nuestro recuerdo.

Para Kike, mi hermano pequeño, con quien compartí innumerables horas de patio. Para los Trigueros y el Parris. San Román, César y su hermano Chemi. Raúl, Viñu, Óscar y otros muchos. También para los del Leonés, sin ellos esto hubiera sido una historia diferente. Para Piñán y los suyos, nos pilló más talludos, pero fue épico. Y para todos los árbitros que nos sufrieron, y mucho.

jueves, 12 de junio de 2014

Fulanito, la calle y el patio



Asomadas a las ventanas de sus respectivas casas, iban gritando una madre tras otra, a veces al mismo tiempo: “Fulanito, sube a casa, que ya es la hora de cenar”. La tarde ya había vencido y era momento de recogerse.

Rara vez, el Fulanito de turno, respondía a la llamada a las primeras de cambio. Entonces, la madre correspondiente, entraba en casa esperando mejor oportunidad pasados unos minutos. Lo más probable es que su hijo estuviera por ahí preparando la última trastada del día. Chiquilladas sin importancia.

Fulanito iba solo al colegio, regresaba justo para comer después de haber jugado un buen rato y volvía a la calle o al patio antes de que alguien le quitara el sitio. Valía una pelota de tenis pelada como balón y un par de jerséis como porterías. Más de un gato huyó despavorido de los bajos de algún coche al ver llegar corriendo al chaval de las rodilleras.

Llegaban los fines de semana, plagados de partidos, y allí iba Fulanito. En ocasiones acompañado por sus padres, pero la mayoría de las veces solo. Había quedado en la esquina con Menganito y Zutanito, ya era suficiente compañía. Las mañanas se estiraban hasta casi llegar a romperlas. Y cuando no había partidos allí estaba el patio, él nunca fallaba. Siempre proporcionaba compañía. 

Ahora los patios están cerrados como si fueran cárceles, dicen que las calles llenas de peligros y Fulanito no va solo ni al baño.