domingo, 27 de abril de 2014

No somos nadie



Recuerdo perfectamente el primer día que oí esa frase. Unas cuantas mujeres de cierta edad estaban reunidas como cualquier otra tarde de aquel verano. Hablaban de sus cosas, de las cosas que se tratan en los pueblos. Probablemente de alguna linde y algún que otro chisme de Menganito y Zutanita. La tertulia debió tornarse transcendental, ya que una de ellas dijo la frase coincidiendo con mi paso por allí. 

Entendí el significado literal pero no lo mucho que escondía. Era joven y seguramente un poco impertinente, incluso llegué a utilizarla de modo guasón en más de una ocasión. 

Más tarde comprendes que todo transcurre mucho más rápido de lo que nos gustaría. Las horas vuelan mientras los días nos llevan a galope tendido sin que nos enteremos del paso de las semanas. Una tras otra, amontonando las hojas del calendario. Tan pronto miramos atrás para recordar algo y han pasado meses, años; muchos más de los que somos capaces de recordar.

Y en esa vorágine sucede algo que te sacude y te hace temblar, ocurre algo que te obliga a poner la vida en perspectiva. Entonces nos paramos, ordenamos nuestras ideas, ponemos cada cosa en su sitio y le damos el valor justo a lo trivial.

En ese momento entendemos lo vulnerables que resultamos, lo frágiles que somos, lo expuestos que estamos. Cuando pasa lo de Tito Vilanova, pero también lo de Gerardo, Ramón y otras miles de personas. Por culpa del puto bicho o por diferentes circunstancias. 

Y, tan pronto como nuestra mente nos lo permite, volvemos a subir al tren y ponemos la maquinaria en marcha. A todo cuanto da y un poco más. Porque nuestro cerebro es inteligente y nos protege; aunque nuestro subconsciente siempre debería llevar un ojo puesto en el retrovisor. 

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