jueves, 27 de marzo de 2014

Spring is coming



“Winter is coming”, eso dicen con voz profunda en la serie Juego de Tronos. Es más, así se titula el primer episodio de la saga. Lo dicen de tal modo que acojona, y mucho. El invierno llega en todos los capítulos. Se ponen tan trascendentes que parece que se va a terminar el mundo. Al menos el suyo. 

El invierno es temido en los siete reinos, desde Invernalia hasta Desembarco del Rey. No hay familia a la que no le tiemble la voz cuando lo nombra, ya sean los Stark o los Lannister. Da igual cuál sea su poder, el invierno siempre los doblegará. 

No temerían tanto al invierno si conocieran la primavera de León. Ahí sí que se iban a acojonar. Menuda broma es su invierno al lado de nuestra primavera. Ya me gustaría verles aquí cuando termina el otoño. Alguno diría con voz penetrante: “Se acerca el invierno”. 

Entonces, un paisano de los de aquí apuntaría: “Y después la primavera. Ahí sí que vais a pasar rasca. Cuando guardéis las pellizas gordas pensando que lo más duro ha pasado. Ese momento en el que, como hay más luz y los días crecen, piensas que ya no va a nevar ni a caer una helada que te congele las pestañas. Como las cigüeñas ya no se van y habrás visto florecer algún ciruelo antes de tiempo, metes la bufanda y los guantes en el baúl y agarras una gripe que no te la quitas hasta agosto. Aquí os quería ver yo, valientes”.

Cuántas mentiras nos contaron de pequeños en el colegio: los árboles floreciendo, los pájaros cantando o las abejas polinizando. Como el Corte Inglés cuando utiliza el eslogan propio de esta época: “Ya es primavera en el Corte Inglés”. Sí, en todos menos en el de León. 

Bien lo refleja el dicho popular: “En León hay dos estaciones: la de invierno y la de Renfe”. Lástima que ya no funcione la de Matallana para tener al menos tres.

lunes, 24 de marzo de 2014

Esas "pequeñas" diferencias



No tardará alguno en decir que soy oportunista o ventajista, pero la ocasión la pintan calva. ¡Qué expresión tan bien traída! Además, la evidencia deja al descubierto las vergüenzas de unos cuantos. 

Este fin de semana se han producido dos acontecimientos que reflejan fielmente las diferencias entre el fútbol y el baloncesto. 

Ayer noche se vivió el clásico, los que lo vieron dicen que fue vibrante, lleno de emoción, tensión y muchos goles. Eso en lo meramente deportivo, después está lo otro. Aquello que destapa los más bajos instintos del ser humano, el pisotón de Busquets sobre la cara de Marcelo o todas las macarradas de Pepe a las que, por mucho tiempo que pase, nadie termina de acostumbrarse. 

Tras el partido aún fue peor, después de pasar por la ducha, con la cabeza más fría y las pulsaciones más bajas, Ramos y Cristiano pusieron a caer de un burro a Undiano Mallenco, árbitro del partido. Todo muy deportivo y ejemplarizante. Tenían que empezar a entrevistar a los árbitros después de los partidos: “¿Qué le ha parecido la cagada del portero en la salida de aquel saque de esquina?” “¿Qué opinión le merece que fulanito haya enviado el balón al tercer anfiteatro en el lanzamiento del penalti?”. Barra libre para todos; nos íbamos a divertir.

Antes de todo eso estuvo lo de por la mañana, el Real Madrid de baloncesto jugaba en Bilbao. Un equipo éste que atraviesa una situación límite y que ha llevado a sus jugadores a tomar la drástica medida de ponerse desde hoy en huelga. También hubo algo de tensión, pero sin necesidad de afearle el gesto a nadie. 

Al finalizar el partido se produjo una reacción que reforzó muchos de los valores que nos enorgullecen a la gente de este deporte, los jugadores del Real Madrid hicieron dos filas antes de la entrada del túnel de vestuarios para formar un pasillo y despedir entre aplausos a los jugadores del Bilbao. 

El baloncesto no es perfecto, ni mucho menos. Y la gente y los comportamientos de los que formamos este deporte tampoco. Pero solemos tener, por lo general, un conducta mucho más deportiva, cívica y ejemplar que en el fútbol. El que quiera comprobarlo puede pasarse por alguna Copa del Rey.

Lo verdaderamente preocupante de todo esto es que, hoy apenas nadie habla de ese gesto o de lo realmente emocionante y vibrante que fue el derbi. Y después nos extrañamos que pasen las cosas que pasan en los partidos de alevines.

domingo, 16 de marzo de 2014

Que los niños sean niños



No es asunto para andar con preámbulos ni retórica. Ayer, un padre agredió en León al árbitro de un partido de fútbol disputado entre niños de 6 y 7 años. 

Tan miserable, lamentable y repudiable suceso puede ser un “buen” punto de partida para evaluar la causa efecto entre el deporte profesional y el escolar. 

Hace tiempo que no me acerco a una cancha de baloncesto para ver un partido de alevines o infantiles, casi tanto como el que dejé de entrenar en esas categorías hastiado, en gran medida, de las cosas que veía y oía por parte de algunos padres y entrenadores. Sólo una vez he presenciado durante unos minutos un partido de fútbol de categorías inferiores, me bastó para tomar la decisión de no intentarlo de nuevo. 

Siempre he creído que el deporte escolar debe ser un elemento educador, de integración. Una actividad que permita que los niños se socialicen e interioricen valores como el trabajo en equipo, el respeto, la disciplina, el esfuerzo o el poder de superación. Que aprendan a entender que la derrota forma parte del juego y de su proceso de mejora, lo cual les llevará a evitar la frustración. 

Pero un niño será incapaz de saber que eso debe ser así si no existen personas que se lo transmitan de ese modo. Si en lugar de oír cómo se premia su esfuerzo al margen de cuál sea el resultado únicamente escucha reproches, exigencias desproporcionadas o menosprecios. 

Y aquí es donde aparecen los efectos del deporte profesional. Cuando los padres quieren que su hijo sea como Cristiano, Messi o Gasol. Cuando los entrenadores creemos que estamos dirigiendo a jugadores profesionales cuando sólo son niños a los que deberíamos estar formando. 

Y es ahí cuando la enorme repercusión mediática lo intoxica y desproporciona todo. Es ahí cuando perdemos el contacto con la realidad. Es ahí cuando convertimos la inocencia en algo perverso. Ese es el momento en el que les cargamos con un peso que no les corresponde y los empujamos al fracaso. 

Dejamos a los niños que sean niños, y asumamos los padres y entrenadores lo que hemos llegado a ser.

jueves, 13 de marzo de 2014

La educación está infravalorada




Las modas son pasajeras, pero suelen resultar bastante cansinas. Basta con que alguien popular comience a marcar una tendencia para que todos nos coloquemos a rebufo y esperemos nuestro momento. 

De un tiempo a esta parte se ha dado por decir que la democracia, la amistad o la fidelidad están sobrevaloradas. Son únicamente tres ejemplos, pero existen muchos más. Ahora se comenta que casi todo está sobrevalorado. Gusta, es esnob, cool. Se puede utilizar en cualquier conversación que parezca inteligente, y si se usa con un tono displicente al afirmarlo aún resultará más interesante. 

Ignoro si la democracia, la fidelidad o la amistad están sobrevaloradas; además me la trae al pairo. Lo que tengo claro es que la educación está infravalorada hasta la vejación. No hablo de saber dónde está el Cabo de Hornos, el Rubicón o la altura del Moncayo. Hablo de los buenos días, de dejar salir antes de entrar, de ceder el sitio a alguien que lo necesita más que tú o pedir las cosas con educación. Esos usos y costumbres básicos que, cada día más, brillan por su ausencia.

Tengo vecinos que en cuanto te encuentran más allá del portal no te saludan, como si tuvieran un radar de bajo alcance. Ando curado de espantos, pero no deja de ser llamativo. Como cuando entras en la consulta de un médico y das las buenas tardes, cómo le cuesta a alguno devolver el saludo, qué esfuerzo, menudo sacrificio. Ni que todos estuvieran allí con un cólico nefrítico, qué cosas.

Entonces, cuando pienso en la empatía entiendo que a alguno eso le debe sonar algo parecido a la desintegración del átomo. “Anda y que se joda, que ya tengo yo bastante con lo mío como para ponerme en el lugar de los demás”. También están los otros, los que jamás se dan cuenta de que existe la posibilidad de ponerse en el lugar de los demás, ya se pondrán ellos mismos. Todo sin mala intención, por despiste, sin desinterés, ya se sabe…

Dicen que andamos sobrados de personal cualificado, seguramente sea así, pero estamos escasos de los conceptos más básicos de comportamiento. Quizás, si empezáramos por el principio nos irían mejor las cosas.

miércoles, 12 de marzo de 2014

Antología del disparate



Si el genial Berlanga viviera, seguramente no daría abasto intentado reflejar los disparates que continuamente se suceden en este tiempo que nos ha tocado vivir. Y es que, la realidad cercena a diario la ficción. Ahí va un ejemplo.

La oferta, a priori,  no puede resultar más tentadora: piso de 80 metros cuadrados a precio de saldo, 26.227€. Una ganga. Cuatro dormitorios, salón-comedor, cocina, cuarto de baño y hall. Toda una bicoca. 

Bien es cierto que no se trata de un solar céntrico ni de nueva construcción, pero se ofrece por un tercio de su valor de mercado. Vamos, para que a uno se lo quiten de las manos. 

Como no existe chollo que no tenga un “pero”, éste no iba a resultar una excepción. El piso se vende con inquilinos dentro. Ya se sabe, hay ofertas de viviendas para reformar, otras se ofrecen amuebladas, en primera línea de playa o con vistas a un jardín. Esta lleva okupas. 

A pesar de las excelentes condiciones económicas propuestas, parece que el ofrecimiento no ha suscitado interés real alguno. Lógico, la oferta está mal planteada. 

Según la propone Bankia, propietaria del inmueble, difícilmente aparecerá un comprador. Por el contrario, si existiera el compromiso de que los nuevos dueños dispondrían sin condiciones del dormitorio de matrimonio. Si se explicara que la abuela okupa zurce, la madre prepara unos excelentes potes, el padre es un manitas y el hijo, aunque mal estudiante, es un chaval bien dispuesto; la cosa cambiaría considerablemente. 

Analizado con seriedad, el asunto tiene poca gracia y evidencia las carencias de un sistema que cada vez presenta más fugas. Personas que se ven en la necesidad de ocupar un piso que no es suyo y propietarios que poco o nada pueden hacer para desalojarlo. Un laberinto de compleja solución. 

Lo más llamativo de todo es que Bankia oferte el piso en semejantes condiciones y que pueda albergar la esperanza de que un particular se haga cargo de idéntica situación por muy ventajosas que resulten las condiciones económicas. 

Es una lástima, a buen seguro que la mordaz ironía de Berlanga nos hubiera ilustrado debidamente. 

Publicado en La Nueva Crónica de León el 12 de Marzo de 2014