domingo, 1 de diciembre de 2013

Aquellos rostros sin nombre




Transcurren los años y acumulamos experiencias, sentimientos, sensaciones, nostalgia, recuerdos, posesiones, lágrimas, sonrisas, momentos inolvidables y otros para no recordar jamás, conocidos, enemigos, amigos, amores, cicatrices y arrugas. Pasan los años y acumulamos vida a la vez que vamos muriendo un poco a cada instante.

Vamos teniendo y, al mismo tiempo, vamos dejando. Pasamos por la vida de mucha gente como otros pasan por la nuestra, con mayor o menor incidencia, con mucho cariño o con menos roce. Con abundantes vivencias compartidas, con días de alegría, prometiendo fidelidad eterna, con el convencimiento de que aquella amistad será perpetua, inquebrantable. 

Pasa la vida y ésta te enseña, te muestra el camino, te demuestra que casi nada es interminable. Que el amor y la amistad se transforman, que los años modifican las relaciones: evolucionan, se deterioran, se engrandecen, se rompen; pero nada permanece original.

A algunos los dejas atrás, otros te dejan a un lado y quizás alguien puede que te olvide para siempre. Con muchos de ellos nada de lo vivido volverá a ser como antes, por mucho que se intente. Y aquellos recuerdos ahondarán en la pena que arrastra la melancolía. 

Sigue la vida y algunos con los que compartimos secretos ahora son extraños, rostros borrosos a los que cuesta poner nombre, nombres comunes a los que les pondrías cualquier cara. En ocasiones nosotros somos esos rostros sin nombre. Cruda vida esta.

Corre la vida tan a prisa que no tenemos tiempo de alcanzarla, siempre llega antes que nosotros a cualquier parte y muchas veces, cuando hemos aprendido, ya es tarde. 

La vida será todo lo que hayamos acumulado al final de ella, también aquellos rostros sin nombre.