lunes, 25 de noviembre de 2013

El día que nos creímos libres

Tratan de educarnos para ser gentes de provecho, personas educadas, civilizadas. Seres autónomos con capacidad de decisión. Individuos independientes, que entran y salen, que van tomando sus propias decisiones. Y que en ocasiones tienen el privilegio de elegir en su adolescencia, y casi siempre la obligación de hacerlo durante la madurez. 

Nos educan en valores, nos enseñan a distinguir el bien del mal, a dar las gracias y a pedir las cosas por favor. Nos muestran el camino de la libertad y nos alejan de lo inmoral. Terminamos razonando, evaluando las consecuencias  y sintiendo el peso de la responsabilidad de nuestras acciones.

Pasa el tiempo y ese aprendizaje cognitivo se convierte en rutina. Es como caminar, andar en bicicleta o nadar; nunca se olvida. Siempre existen momentos de duda, entonces se recurre al discernimiento y la razón. Y sigues adelante, satisfecho por ser independiente, libre.

Cuanto más mayor te haces más seguro estás de que todo es una falacia, una farsa. Eres educado o no, civilizado o no, más o menos culto, más o menos inteligente; pero nunca tan libre como crees serlo. 

Siempre hay un tipo sentado en la silla de un lujoso despacho en la planta más alta de un edificio con cientos de medidas de seguridad para protegerse de gente como nosotros, que habla con otro que tiene un despacho parecido o mejor; y que a su vez tiene un centenar de colegas con los mismos despachos, los mismos intereses, un poder semejante, la misma falta de escrúpulos e idéntica codicia. 

Estos tipos, y otros similares, deciden cómo va a ser nuestra vida mañana y dentro de quince años, cómo será la de nuestros hijos, sobrinos y nietos. Del mismo modo que decidieron cómo debía ser la de nuestros padres y abuelos. 

Te haces mayor y aprendes que la vida funciona de ese modo. Consciente de que son otros los que toman por ti las decisiones realmente importantes. Te acuestas sabiéndolo pero te levantas creyendo que lo has olvidado, ya es suficiente con lo que el día pone por delante. 

Y así van transcurriendo los días con sus noches, al ritmo que otros decidan.