martes, 8 de octubre de 2013

Indudablemente, eran otros tiempos


Lo menos que pudo pasar cualquiera de aquellos días de diario fue que las lentejas, los garbanzos o las alubias se hubiesen quemado. Las probabilidades de que la olla saltara por los aires no eran elevadas pero, inevitablemente, existían. 

Mis padres salían hacia el trabajo antes de que mi hermana y yo fuéramos al colegio, por aquella época tendríamos 10 y 12 años respectivamente. Y aquella frase salida de los labios de mi madre se repetía con cierta frecuencia: “Recordad apagar el fuego a las nueve y cuarto”. 

Algunos días cumplíamos con puntualidad británica, otros deseábamos con tantas ganas ir a jugar antes de clase que esas legumbres se quedaban a un cuarto de hora de cocción. Hasta que llegó el día, aquel en el que todo el barrio pudo saltar por los aires. 

Mi hermana, siempre con mayor sentido de la responsabilidad, apareció cuando Don Ángel estaba realizando un análisis sintáctico: “Félix Jacinto, ¿has apagado la olla?”. En aquel momento, el miedo a ver el cocido esparramado por la plaza del barrio pudo más que la vergüenza producida por la mofa de aquella panda de cabrones. 

Recuerdo que los profesores nos dejaban salir del patio para ir al quiosco a comprar durante el recreo. Me viene a la cabeza la imagen de mi madre buscándome por todo el barrio para que regresara a casa. Siempre volvía cuando se marchaba el penúltimo, aunque aquello es un rasgo que forma parte de mi personalidad, nunca abandono a un amigo.

Vivíamos en la calle, había los mismos "malos" que hay ahora y nuestros padres nos querían tanto como quieren los de hoy en día. Seguramente los sucesos tuvieran menor transcendencia, porque majaras e hijos de puta los ha habido toda la vida. Podría recordar a media docena de chicos que fueron a mi colegio y que acabaron en el talego o tiroteados por la policía. También salieron médicos, químicos o ingenieros, no os vayáis a pensar. 

Eran otros tiempos, cierto. No sé si mejores o peores, pero estábamos menos sobreprotegidos, la vida nos abofeteaba con mayor naturalidad. Y eso curte. Tendrá que ser así, al fin y al cabo, es la sociedad que nosotros hemos construido.

A propósito, aquel día no hubo quien se comiera el cocido.