martes, 11 de junio de 2013

Consecuencias incontrolables



Caminaba deprisa, acuciado por la costumbre y la necesidad, como cada mañana, como  cada día. Desde bien pequeño siempre sintió el aliento en el cogote, quizás porque fue el más torpe de la clase, seguramente porque no tuvo quién le protegiera. 

Nunca reparó en los motivos, únicamente en la obligación de sentirse a salvo. Soñó cada noche con las collejas, con la burla y la mofa, con el silbido de las cerbatanas, con las chicas que le ignoraban y su falta de habilidad. Con su carencia de recursos y los días ausentes de esperanza.

Creció a duras penas. Más solo que la una y más necesitado que cualquier otro. Triste, ausente, perdido e impaciente, esperando la llegada de un futuro inexistente.

Con la mochila cargada de complejos, aguantando un peso insoportable, encorvado y con la vista fijada al suelo por miedo a cruzarse con una mirada desafiante. Jamás entendió que la vida pudiera ser de otro modo, al menos la suya. Vencido desde bien joven, sin ganas de sonreír, y cuando lo consiguió siempre fue por miedo.

Odiaba los pasillos y los rellanos de las escaleras, las calles angostas y oscuras, los días de diario y las tardes de verano. Sólo disfrutaba con la lluvia y el frío, cuando apenas había gente por las calles; esas pocas ocasiones en las que se sentía seguro. 

Pasó por su infancia como pudo, a hurtadillas, y llegó a la juventud cuando apenas había soñado rozarla. A pesar de que todas aquellas traumáticas experiencias le llevaron a conocer límites insospechados. Y cuando dentro de aquel baúl de paciencia no cabía más humillación dejaron de molestarle. 

NOTA: La semana pasada me contaron una historia de acoso escolar que me encogió el alma.