jueves, 23 de mayo de 2013

El trastero de la memoria


La memoria no es el único lugar en el que viven alojados nuestros recuerdos. Lo descubrí ayer cuando bajé al trastero, hacía mucho que tenía una deuda pendiente con unas cuantas cajas que allí habitan desde hace algo más de una década. 

La falta de tiempo y de ganas, a partes iguales, habían supuesto un pretexto perfecto para justificar semejante abandono. El verlas debidamente colocadas en sus respectivas estanterías también pudo contribuir a mantener limpia mi conciencia. 

Entré con sigilo, como si tuviera miedo a despertar viejas reminiscencias, encendí la luz y cerré la puerta tras de mi. Bajé la primera de las tres cajas, en ella encontré algún que otro chándal desgastado por el uso, tres o cuatro americanas que hoy me resulta imposible imaginar que en algún momento pudiera vestirlas, y un plumas que compré a plazos con buena parte de las propinas que me daban mis padres cada fin de semana y que me hizo recapacitar sobre el valor que tienen las cosas. 

En la segunda descubrí aparatos prehistóricos, un par de walkman que me habían acompañado en decenas de kilómetros (¿cómo se podía correr con aquello?), una grabadora, además de una escuadra y un cartabón. En el fondo de la caja había varios libros de segundo y tercero de B.U.P., estaban perfectamente conservados, con toda seguridad más por el poco uso que les di que por el cuidado que pude dispensarles. 

La última fue la que más me impactó, hallé varios documentos junto a algunas nóminas de un  par de trabajos que tuve allá por el pleistoceno y una caja de zapatillas que escondía algo inesperado. No recordaba haberlas conservado, pero allí estaban, esperando que en algún momento abandonara la pereza que me impedía levantar aquella tapa.

Casi un centenar de cartas más unas cuantas invitaciones de boda, me reconforta ver cómo la casi totalidad de mis amigos siguen casados después de tantos años. Las cartas eran de procedencias muy diferentes: un par de amigos que habían ido a hacer la mili, uno de ellos (el negro) me escribió años después desde Barcelona, donde estaba trabajando. Mi amigo el gabacho, Elena que había ido a pasar un verano a Irlanda. Toño lo hacía desde el extranjero ya que había ido a estudiar un máster allí y Gelín me enviaba postales desde Tenerife, lugar en el que trabajaba como funcionario de prisiones. 

Nunca pueden faltar en cualquier caja con cartas que se precie varias de aquellas novias que uno tuvo en su adolescencia, algunas de ellas con más de 20 años de historia. Unas cuantas de la que hoy es mi mujer y que me envió cuando estuve en Estados Unidos; además de otras que me escribieron un par de chicas a las que recuerdo con cariño. Aprovecho la ocasión para pedirles disculpas por haber sido tan mezquino. 

Allí no había nada más pero con eso fue suficiente, todo menos la caja de zapatillas terminará en el contenedor correspondiente. Pienso en cómo a los adolescentes de hoy en día sólo les quedarán los recuerdos de su memoria puesto que no habrá cartas que releer. Es el precio de la tecnología.