martes, 9 de abril de 2013

¿Salvados o condenados?


El programa “Salvados” de La Sexta nació con un tono irreverente y desvergonzado, seguramente con la intención de hacernos reír. Igual le vacilaban al Papa que al Rey. El Follonero se burlaba hasta de su sombra y nosotros nos reíamos con su descaro.

Hoy “Salvados” es otra cosa, El Follonero es Jordi Évole y hace tiempo que no se mofa de nadie, el mismo que nosotros no nos descojonamos. Ahora su audacia e insolencia son muy diferentes, y las vergüenzas de una sociedad resquebrajada son las que quedan al aire.

Ya no son un puñado de cientos de miles los que se sientan cada domingo en frente del televisor, ahora son más de cuatro millones. Cuatro millones a los que se nos tuerce el gesto y se nos revuelven las entrañas. Legión los que esperamos a que llegue cada domingo deseando que Évole saque a relucir lo que todo el mundo sabe y nadie cuenta.

Termina desenmarañando cualquier entresijo con esa cara de travieso y esas preguntas llenas de segundas intenciones y enmascaradas por una ficticia capa de ignorancia.

Le da igual las eléctricas, que las empresas de armamento, que las farmacéuticas o la financiación de los partidos políticos. “Salvados” se ha convertido en un programa denuncia. En una emisión imprescindible que nos deja con mal cuerpo y en peor lugar.

Nos deja desnudos ante una realidad que muchas veces evitamos, nos arrea un guantazo a mano abierta en toda la jeta y nos sitúa ante la certeza de que somos marionetas de un sistema corrompido por el poder y el dinero.

Cada domingo apago el televisor con el propósito de no volver a verlo y con la certeza de que esta sociedad no tiene arreglo. Lo primero por más que me empeño no lo consigo, de lo segundo cada vez estoy más seguro.