domingo, 17 de marzo de 2013

Las lágrimas de Almudena


Supo por su hijo que estaba cerca de morirse. Éste no se lo dijo expresamente pero sus ojos se lo pedían. Le imploraban que fuera a visitarlo, que se vieran por última vez, que aquellos ojos cansados se dijeran sin hablar todo lo que las circunstancias, el tiempo y la distancia fueron capaces de robarles.

Ella no contestó, enmudeció y agachando la cabeza giro sobre si misma mientras arrastraba una pena soportada por el coraje y cincuenta años de amargura. Antonio la vio alejarse lentamente, con la figura encorvada por el paso del tiempo y el maltrato de los días. No pudo evitar pensar que aquella podría haber sido su madre, aunque seguramente él no hubiera sido el mismo si la historia se hubiese escrito de otro modo. Al tiempo se sintió triste, eran días duros y difíciles. Su padre estaba postrado sobre la cama de un hospital esperando a morir y él albergaba la esperanza de que Almudena, quien fue su único amor, fuera a visitarlo antes de que no hubiera remedio. 

Santiago, su padre, había sido un buen hombre, con el único defecto de no estar enamorado de su mujer. Siempre la trató con afecto y respeto, jamás tuvo comportamiento alguno que se pudiera reprochar, sencillamente sustituyó el amor por el cariño. Inés lo sabía, cómo no, esas cosas se saben aunque no te las cuenten. Cada vez que le miraba a los ojos veía a lo lejos restos de tristeza que el tiempo había transformado en nostalgia. 

Se acostumbró a vivir con ello, con aquella pena que él sentía y a ella le arrastraba. Nunca fueron del todo felices y ambos tuvieron el sentimiento de haber desperdiciado los años y el amor a lo largo de tanto tiempo. Ella deseó muchas veces sentir lo que significa ser amada, incluso se hubiera conformado con ser amada sin amar. Aunque era consciente de cuál hubiera sido el final de aquella historia. 

Santiago deseaba amarla y necesitaba quererla, lo precisaba porque debía encontrar en otro corazón la felicidad que años antes le robaron. Pese a costa de su desgracia y de la ajena. Necesitó refugiarse en otros brazos, en otro vientre. En un lugar donde fuera querido, donde se sintiera amado. Sólo al final comprendió que uno raras veces recibe más de lo que entrega.

El día que Inés murió él llegó a tiempo de despedirse, pudo ser en aquel momento o mucho antes. Para el mal que le aquejaba no había remedio, como para su pena. Como para el desamor o la muerte, nunca existió cura alguna. Mientras acariciaba su mano la miró con la ternura que provoca la convivencia y el respeto. Tocó suavemente su mejilla y recorrió con la yema de los dedos su ajado rostro. Ella cerró los ojos. A pesar de todo, se sentía satisfecha de haber amado por los dos. Santiago se acercó a su oído y suavemente susurró: “Perdona por no haberte amado como merecías”. Pero esa es otra historia.