martes, 26 de febrero de 2013

El pelucas


El pelucas resultó un impostor, era un tipo de verbo fácil y que gozaba de cierta presencia. A pesar de ser un fanfarrón tenía un punto que lo hacía agradable. Poseía cierto ingenio y era de los que disfrutaba siendo el centro de atención. 

Así debió conquistarla. Lo imagino haciendo gala de su porte, con el Mercedes descapotado y presumiendo de experiencia ante aquella mirada dulce e inocente. Ella era guapa, bastante presumida y de buena familia. Él parecía acercarse a lo que los padres de Patricia siempre quisieron para su hija. 

Todo eso a pesar de la fama de mujeriego de la que venía precedido. Aquello no resultó un inconveniente, más bien todo lo contrario. Había disfrutado de los buenos placeres de la vida y llegaba el momento de asentar la cabeza. Imagino que la herencia familiar de la que hacía gala también sirvió de ayuda. 

La boda resultó un acontecimiento, congregó a la mayoría del pueblo y vinieron familiares de diferentes puntos de la geografía peninsular. Ella lucía radiante, era su día. Él mantuvo la exigencia de siempre, no podía ser de otro modo. Los invitados al enlace lo recordarán para siempre.

Los primeros meses fueron una constante luna de miel. Respeto, pasión, amor y admiración, siendo especial la que ella sentía por él. Idolatrado, se regocijaba en aquel pedestal que Patricia le había construido a medida. 

El paso de los meses desdibujó su figura hasta llegar a borrarla. Al principio ella no quiso darse cuenta, negó la evidencia, miró hacia otro lado. Prefería sentirse engañada antes que asumir la realidad. Al final, sus prolongadas ausencias la empujaron a un precipicio inevitable.

Hoy el pelucas sigue derrochando verbo en busca de toda aquella que quiera escucharle y ella descrubrió que el tiempo cura hasta las heridas más profundas.