viernes, 22 de febrero de 2013

La felicidad


No os afanéis en seguir buscando, dejad de mirar en los cajones y detrás de las puertas. Ella viene de vez en cuando, pero nunca para quedarse. Nos deja algún aliento para llevar mejor el día, aunque a veces no aparece en semanas. Solemos confundirla y nos aferrarnos a cualquier indicio que nos recuerde a ella.

La vida misma y nuestro inconformismo son sus enemigos. La primera a veces golpea sin remisión, y cuando lo hace cuesta ponerse en pie. Tenemos el cuerpo y el alma lleno de cicatrices y, afortunadamente, la mayoría sólo duelen cuando nos acordamos de ellas. Esa primorosa capacidad del ser humano para arrinconar los malos recuerdos. 

Otras veces, sin saberlo, somos nosotros los que no la dejamos entrar. Y si alguna vez se asoma le reprochamos que no es suficiente, que necesitamos más de esto y menos de lo otro. Y así, sin apenas enterarnos, vamos dejando que transcurran los días. Con sus albas y sus noches. 

A veces es imposible, otras no es tan difícil. Basta con un pequeño gesto, con un día de sol o de lluvia, con una buena conversación, con un plato de sopa caliente, con una sonrisa o con amanecer cada mañana. No faltan los ejemplos y sobran los motivos. 

La felicidad plena no está al alcance de nadie, sencillamente porque no existe. Porque con frecuencia aparece algo que nos perturba, nos preocupa o nos molesta. La vida está hecha de momentos, de recuerdos y proyectos. Del hoy sin obsesionarse con el mañana, porque entonces éste llegará antes de lo esperado. 

Resulta sencillo decirlo y complicado hacerlo; pero es más fácil sonreír que llorar, solamente es cuestión de intentarlo.