martes, 12 de febrero de 2013

Eran otros tiempos


Los tiempos cambian, afortunadamente. No es que celebre lo que significa esa transformación, simplemente la misma forma parte de un proceso evolutivo. Hace que nos sintamos vivos, nos obliga a progresar, a crecer. 

Se comenta que los niños de hoy en día están más estimulados y que tienen una mayor agilidad mental. La tecnología parece ser la clave de todo ello.

Cuando muchos de nosotros éramos pequeños la movilidad del teléfono alcanzaba los dos metros, momento en el que tu madre te daba un sopapo si intentabas ir más allá. Sólo teníamos dos canales y cruzábamos los dedos para que los sábados por la noche no salieran los malditos rombos en alguno de ellos.

Lo más tecnológico que había en casa era una peonza, un taco o una chapa, y todo sin libro de instrucciones. Los juegos del recreo eran sumamente sofisticados: pillar y salvar, pica cadena o, cuando la cosa se ponía en plan machote, tijerita, navajita, ojo de buey. 

El primer móvil lo tuvimos pasados los 20, de niños bastaba con un par de voces desde la ventana para que tu madre te localizara. Seguramente jugando a sangre o al fútbol con una pelota de tenis que había que colar entre las patas de unos bancos de la plaza. 

Las chicas también saltaban a la comba, jugaban a la goma y, cuando nos hicimos más mayores, a verdad, beso o consecuencia. Cuando algo no iba bien en el juego bastaba con decir: “Acuto” o “V” los más modernos, para conseguir una tregua.

Al fin llegó la revolución con el VHS, menuda cagada la de todos aquellos que compraron un Beta, y con el Spectrum 48K. Aún recuerdo el ruido de aquel casete, el estruendo era mayor que el del lanzamiento del Apolo. Desde entonces nada volvió a ser como antes.

No nos fue tan mal a pesar de todo. Probablemente estuviéramos menos estimulados, pero a espabilados no nos hubieran ganado los de hoy en día.