jueves, 7 de febrero de 2013

Tenemos lo que nos merecemos


Vivimos en un país lleno de tópicos y frases hechas. Esas que sirven para definir a paisanos en función de su lugar de origen, aquellas que reflejan parte de nuestra cultura o las que resumen lo que vivimos desde hace muchos meses. Dentro de estas últimas hay una que se repite con frecuencia: “Tenemos lo que nos merecemos”.

Pocas frases entrañan tanto, ésta es un compendio de desprecio, resignación, abatimiento y sentencia. Y si nos detenemos en esto último, supone una manifestación lapidaria que dispone al que la pronuncia a quedarse como está. 

Uno desconoce si es porque no sabe qué puede hacer, porque piensa que no puede hacer nada o porque cree que por mucho que haga, dentro de lo que está a su alcance, todo seguirá como estaba. 

Las encuestas dicen que estamos hasta los huevos, no tan explícitamente pero hay que saber leer entre líneas. Que estamos muy indignados con los políticos y asqueados de la corrupción. Vamos, esas conversaciones que han sustituido a las de: qué frío hace, a ver si llueve un poco o cómo están creciendo los días. 

La gente se pregunta cómo es posible que no pase nada estando tan cabreados. Nadie comprende que no haya un estallido social y que se monte la marimorena. Todos con las venas hinchadas y las cabezas como bombos de oír siempre la misma retahíla. 

El paso del tiempo nos incluirá dentro de los grandes enigmas de la historia y tendremos el privilegio de figurar junto a estos otros: ¿Cuáles son los aspectos más oscuros de los ritos masones? ¿Fue Nostradamus un hombre de gran imaginación, un poeta o un auténtico profeta? O ¿Qué esconde la obra de Leonardo Da Vinci?

Tampoco estudié psicología, realmente no estudié nada pero como buen español sé de todo, por ello creo que sufrimos una metáfora del síndrome de Estocolmo. Ayer en la plaza de Botines (León) durante una concentración contra la corrupción política no éramos más de 150 personas. Y los que por allí pasaban nos miraban como las vacas al tren. Es lo que tiene el idealismo, te convierte en un iluso.