martes, 29 de enero de 2013

Las churras y las merinas


En este país gustamos de mezclar las churras con las merinas. Y la consecución del campeonato del mundo por parte de la selección española de balonmano ha supuesto un claro ejemplo de ello.

Ahora es cuando los ventajistas se apresuran a abalanzarse sobre los que en su día criticamos el hecho de que Valero Rivera fuera seleccionador siendo a su vez socio de una agencia de representación de jugadores. El debate no era poner en cuestión si está capacitado para el cargo, ya que, a juzgar por su currículum eso está fuera de toda duda. Sencillamente era un debate ético, algo que en este país suena a chino. Y más cuando el éxito llama a tu puerta, siempre ha resultado más fácil nada a favor de corriente.

Pocos minutos después de terminar la final, uno de los comentarías aludía a la raza y el coraje de los hispanos como receta para salir de la crisis en la que está sumida España. Ni que fuera el anuncio de Campofrío. Si nos guiáramos por los éxitos cosechados por los deportistas españoles, independientemente de cuál sea su disciplina, estaríamos entre las tres primeras potencias mundiales. Sobrados de autoestima y con las arcas rebosando doblones.

Me hubiera gustado saber qué pensó alguno de los casi seis millones de parados de este país al oír un argumento tan demagógico. Seguro que el razonamiento estaba lejos de querer situarse en el populismo, pero sonó tan sumamente mal...., al menos a mí. 

Gozamos de una suerte de deportistas, generaciones que nos hacen sentir orgullosos, ejemplos de superación, talento, arrestos, lucha y deportividad. Personas que durante algunas horas nos transportan a otro lugar y provocan efectos terapéuticos de corto recorrido, pero estimulantes al fin y al cabo.

El deporte es un modo de entender la vida y a muchos nos gustaría que sus valores sembraran nuestras cotidianas costumbres; pero mal camino llevamos si creemos que las medallas nos van a sacar del lío en el que andamos metidos por mucho orgullo que llevemos dentro.