jueves, 24 de enero de 2013

De aquí a cien años, todos calvos.


Existen pocos ejercicios tan saludables como reírse de uno mismo. No resulta sencillo ponerlo en práctica, pero una vez que se consigue los resultados son asombrosos. Además, en muchas ocasiones, sirve para que el resto no abuse de la mofa. Y es que, si tus amigos aprecian el más mínimo complejo saltan a la yugular sin el menor de los respetos. 

El paso de los años te proporciona una perspectiva que resulta imposible tener durante la juventud, y dependiendo del complejo y del modo de afrontarlo, éste se puede convertir en un trauma. 

Cerca estuvo de ocurrirme algo parecido durante mi adolescencia. Gozaba de una frondosa cabellera pero con menos vigor del que imaginaba. Gustaba de llevar media melena, con cierto parecido a un bobtail, con el flequillo cayendo sobre mis ojos y utilizando el recurso del soplido para apartar de vez en cuando aquellos añorados mechones. 

El exceso de higiene y una herencia genética poco halagüeña fueron dejando al descubierto una evidencia que tardé un tiempo en admitir. Puse todos los medios que tuve a mi alcance, recuerdo con especial “cariño” unas ampollas que costaban una pasta, olían a hostias y que me dejaban el pelo como si me lo hubiera lamido una vaca. Debí reconocer que si el dermatólogo estaba calvo no era por voluntad propia, y que cualquier remedio que me prescribiera iba a resultar baldío. 

Con apenas 20 años el cartón empezaba a clarear de manera alarmante y tuve que soportar la constante burla de mis amigos. Al día de hoy establecen alguna comparación más agradable, pero aquella con el difunto Pantani me llevaba a mal traer. Además de la constante chanza, la negación de lo incuestionable no ayudaba. El tiempo puede ser un aliado o un enemigo, en mi caso, el transcurso del mismo ayudó a superar un complejo ante el que me revelaba permanentemente.

Hace años que me rio de aquello, el paso de los cumpleaños permite que no tenga que justificar mi alopecia y que ahora sea yo quien se descojone cuando alguno inicia este proceso. 

No negaré que alguna vez sueño que me peino, quizás en un margen del subconsciente viva aislada cierta reminiscencia. Pero puedo asegurar categóricamente que, si hoy tuviera la posibilidad de recuperar mi antigua pelambrera renunciaría a ella.

NOTA: Dedicado a mi amigo Javier de la Fuente, que tenía especial interés en ver cómo me flagelaba. Su tupida cabellera y las incipientes canas no presagian revancha alguna.