miércoles, 23 de enero de 2013

Hasta que la tarjeta sangre


Vaya por delante que cualquier tipo de generalización entraña sus riesgos, asumo las consecuencias que se deriven de ello. La excepción, como siempre, confirmará la regla. 

Siempre han sido motivo de controversia las diferencias entre hombres y mujeres. Parece que existen nueve especialmente marcadas: en la voz, en la comunicación no verbal, en la vista, en el olfato, en el oído, en el tacto, en la capacidad para distinguir señales emocionales, en el modo de responder ante el estrés y en el motivo que nos hace sentirnos más celosos. 

No voy a desarrollar un sesudo estudio al respecto para el que no estoy capacitado. Simplemente quiero que sirva como preámbulo del tema a tratar. Siempre he observado con curiosidad el comportamiento de los hombres que acompañan a sus parejas cuando van de compras. El patrón de conducta está sumamente estereotipado. 

Solemos ir a rebufo, distraernos gracias a una fingida curiosidad, resoplar con frecuencia, aprovechar para llamar por teléfono o rezar para que éste suene y que esa llamada nos rescate por unos minutos. Los más osados esperan en una cafetería o sentados en el primer banco que encuentran. Otros, como el que vi el sábado pasado, van enchufados a unos auriculares mientras escuchan Carrusel Deportivo. Por la cara que llevaba el hombre, o su equipo iba palmando o estaba hasta el gorro de dar vueltas. 

Nos agobia el barullo, sentimos una inesperada e incontrolable claustrofobia, nos falta el aire y nos apetece huir. Terminamos más baldados que cuando salimos a correr, y la fatiga psicológica que nos produce una actividad para la que no hemos sido concebidos nos cambia el humor. 

Ellas suelen haber inspeccionado el terreno previamente. Nadan como pez en el agua, serpentean entre las estanterías como si danzaran, tienen control sobre el más mínimo descuento y perciben cualquier cambio de ubicación de la prenda en cuestión. Ven una variedad de matices en los colores para los que nuestra corteza cerebral no ha sido diseñada y serían capaces, en algunos casos, de morder si un contrincante trata de llevarse el modelo que fueron a buscar. 

Algunas dicen sentirse incomprendidas y a otras les importa bien poco las muecas que hagamos. Simplificando, que para eso soy hombre, a ellas les gusta ir de tiendas y a nosotros de cañas.

Conozco algún caso, como el mi hermano al otro lado del Atlántico, que vulnera esta regla. Pero es minoría. Han sido muchos años de evolución y en este punto estamos lejos de encontrarnos. Quizás lo mejor sea esperar en el bar, cerrar los ojos y dejar que la tarjeta sangre.