martes, 15 de enero de 2013

Los voyeurs de la vida



La sociedad está llena de personas que se implican, otros muchos pasan por la vida como si tal cosa. Poco les importa por dónde sople el viento, se dejan llevar, como si lo que ocurriera ahí afuera no resultara de su incumbencia. Dicen vivir a gusto consigo mismo y apenas muestran inquietud alguna. El gris es su color preferido y les importa bien poco lo que les ocurra a los demás, siempre y cuando a ellos no les afecte. Eso sí, cuando los demás vencen en su lucha a base de partirse la cara son los primeros que se ponen a la cola. 

Parecen no pensar, y si lo hacen consiguen que el disimulo sea un arte. Miran al que sale a la calle, al que se indigna o al que va a la huelga como las vacas al tren, eso en el mejor de los casos. Otras muchas con una cierta indiferencia y otras tantas con desprecio. 

No hablo del que piensa distinto, ni aludo al que no se cabrea por convicción o por interés. Me refiero al indiferente, al que se la trae al pairo y además piensa que los demás somos unos pringaos. Aquel que piensa que la posición más cómoda es la de dejar que otros resuelvan los problemas de todos. Esos que viven instalados en una fingida comodidad y no le gustan los charcos.

Todos esos que tras generaciones nunca lograron nada pero se beneficiaron de todo. Los mismos que no comparten nada pero quieren que se reparta hasta el último trozo del pastel. Los voyeurs de la vida que esperan sentados a que todo ocurra, a que lleguen los beneficios. 

Aquellos que se ríen de medio lado y tienen una sonrisa burlona; la misma que se les borra cuando les llega el momento. Ese por el que antes pasaron otros y al que siempre creyeron poder esquivar. Cuando la hostia les pilla de lleno entonces ponen el grito en el cielo, tarde. Vienes con retraso. 

En ellos debía estar pensando Martin Niemoeller cuando realizó aquella maravillosa cita: "Primero vinieron a buscar a los comunistas, y yo no hablé porque no era comunista. Después vinieron por los socialistas y los sindicalistas, y yo no hablé porque no era lo uno ni lo otro. Después vinieron por los judíos, y yo no hablé porque no era judío. Después vinieron por mí, y para ese momento ya no quedaba nadie que pudiera hablar por mí". Seguramente, serán los mismos obtusos que se queden con la literalidad de la cita. 

Su comportamiento es tan antiguo como nuestra existencia, han tenido la capacidad de sobrevivir a lo largo de los siglos y prometen no llegar a ser una especie en extinción. Y bien que me jode.
“Las revoluciones se producen, generalmente, en callejones sin salida”. Bertolt Brecht.

El fraude Armstrong


La historia del deporte nos ha dejado muchos mitos, atletas con asombrosas historias, retos imposibles, constante superación, auténticas hazañas y mucho sacrificio. Ídolos de masas, deportistas sensacionales, ejemplares en muchos casos y cuestionados en otros. La mayor repercusión mediática que vivimos desde hace un par de décadas los eleva, para muchos, a la categoría de dioses. 

Esa costumbre que tiene el ser humano de glorificar, de la cual los deportistas son el perfecto paradigma. En la mayoría de las ocasiones el paso de los años ha engrandecido sus proezas, también hubo tramposos a los que el tiempo terminó delatando. 

Ese es el caso de Lance Armstrong, sin lugar a dudas, el deportista más fraudulento de la historia del deporte. Su figura nunca dejó indiferente a nadie, su carácter soberbio y engreído hizo que se ganara la antipatía de no poca gente. Constantemente perseguido por la sombra de la duda, argumentaba que la envidia era la instigadora de un descrédito que no parecía afectarle.

Hace unos meses se le suspendió a perpetuidad y se le desposeyó de los siete Tours que había conseguido y que le situaron como el mejor ciclista de la historia y uno de los mejores atletas de todos los tiempos. Acusado de participar en el programa de dopaje más sofisticado, profesionalizado y exitoso de la historia del deporte.

Cansado de querer demostrar una inocencia que no poseía, en agosto tomó la decisión de no seguir apelando contra las acusaciones de dopaje. Abandonó el consejo directivo de la fundación de lucha contra el cáncer “Livestrong” que él mismo creó. Y, uno tras otro, sus patrocinadores fueron abandonándole. 

Ahora, cuando el próximo jueves se emita en Estados Unidos una entrevista que recientemente le ha realizado Oprah Winfrey y, donde según varios medios norteamericanos, reconoce haberse dopado; el caso Armstrong me lleva a lanzar varias preguntas.

¿Cómo deben sentirse todas aquellas personas que han padecido o padecen cáncer y para las que Armstrong era un ejemplo de superación? ¿Qué pensarán todos esos ciclistas contra los que compitió y a los que privó de ganar un Tour de Francia? (Me refiero a los que no iban dopados) ¿En qué lugar queda el ciclismo después de un escándalo de tamaña proporción? ¿Cómo es posible que un caso sobre el que planeaban diariamente las sospechas haya tardado tanto en resolverse? ¿Cómo fue capaz de no dar positivo en ninguno de los cientos de controles a los que fue sometido? ¿Cómo un fulano, a sabiendas de ser un embustero, se permite el lujo de ser tan altivo y vanidoso? 

Me temo que todas ellas van a quedar sin respuesta. Aunque, al menos, me gustaría pensar que semejante escarmiento haga que los tramposos se lo piensen media docena de veces antes de delinquir. No obstante, me temo que en éste, como en otros muchos casos de nuestra vida diaria, los tramposos siempre van por delante de la ley.