lunes, 23 de diciembre de 2013

El abrazo



Hay palabras que mienten, palabras vacías que casi nunca dicen lo que sienten, palabras huecas, mudas y sucias, aunque no siempre. Hay apretones de manos que significan lo contrario de lo que parece.

Hay miradas frías y besos castos, de compromiso, de los de cumplir el expediente. Hay risas falsas y caricias condescendientes, hay tantos comportamientos como nos caben en la mente.

Pero hay gestos que casi nunca mienten, los abrazos significan algo bien diferente; porque reconfortan y completan al de enfrente. Suelen ser sinceros, porque hace falta la confianza suficiente. 

Curan el alma y reconfortan el espíritu. Restañan cicatrices, sofocan lágrimas, sacan sonrisas sinceras y, si al mismo tiempo cierras los ojos, puedes viajar a un lugar diferente. Te llenan de recuerdos, de sentimientos y de paz, aunque sean abrazos tristes. Pueden ser largos o un poco más cortos, con palmadas en la espalda y cuanto más aprietas más sientes. 

No se ofrecen, simplemente se dan sin esperar nada a cambio. Se reciben porque estremecen, enriquecen, están llenos de armonía, de alegría, de afecto, de sinceridad y de recuerdos. 

Cuando faltan se echan de menos, y es bien jodido no tener a quién dárselos y de quién recibirlos. Es tan universal que lo utilizan diferentes especies.

Todos aquellos que no saben o no quieren darlos aún tienen mucho que aprender. Y que se abstengan los falsos, porque se les ve venir a una legua.

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