lunes, 23 de diciembre de 2013

El abrazo



Hay palabras que mienten, palabras vacías que casi nunca dicen lo que sienten, palabras huecas, mudas y sucias, aunque no siempre. Hay apretones de manos que significan lo contrario de lo que parece.

Hay miradas frías y besos castos, de compromiso, de los de cumplir el expediente. Hay risas falsas y caricias condescendientes, hay tantos comportamientos como nos caben en la mente.

Pero hay gestos que casi nunca mienten, los abrazos significan algo bien diferente; porque reconfortan y completan al de enfrente. Suelen ser sinceros, porque hace falta la confianza suficiente. 

Curan el alma y reconfortan el espíritu. Restañan cicatrices, sofocan lágrimas, sacan sonrisas sinceras y, si al mismo tiempo cierras los ojos, puedes viajar a un lugar diferente. Te llenan de recuerdos, de sentimientos y de paz, aunque sean abrazos tristes. Pueden ser largos o un poco más cortos, con palmadas en la espalda y cuanto más aprietas más sientes. 

No se ofrecen, simplemente se dan sin esperar nada a cambio. Se reciben porque estremecen, enriquecen, están llenos de armonía, de alegría, de afecto, de sinceridad y de recuerdos. 

Cuando faltan se echan de menos, y es bien jodido no tener a quién dárselos y de quién recibirlos. Es tan universal que lo utilizan diferentes especies.

Todos aquellos que no saben o no quieren darlos aún tienen mucho que aprender. Y que se abstengan los falsos, porque se les ve venir a una legua.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

El tío Gerardo

Recuerdo la primera vez que le vi, moreno como si viniera de pasar seis meses en el Sáhara y no hubiese sido capaz de encontrar una palmera bajo la que protegerse del sol. Vestía camisa blanca, bermudas y mocasines. El verano de 2006 tocaba a su fin en Melilla. 

Me cayó bien nada más verle, afable, cercano y simpático, muy simpático. Tenía un porte algo chuleta que desaparecía en el momento que hablaba. Rebosaba sorna por los cuatros costados y poseía una conversación interesante y amena.

Las circunstancias hicieron que nos viéramos casi a diario, puesto que los ratos libres que le dejaba su trabajo los ocupaba como jefe de prensa del club. Con frecuencia, al salir del pabellón, nos tomábamos un par de “garimbas” o cuatro en la oficina, así es como llamamos al bar de la esquina que está en frente de la comisaria. 

Con él siempre habías risas, chascarrillos y bromas. Era simpático el jodío, mucho. Un día decidió abrirme las puertas de su casa para hacerme parte de su familia, y así me he sentido desde entonces. Nadie me ha dado tanto sin conocerme de nada.

Hubo muchos días duros en aquellos dos años de Melilla y él siempre acudió al rescate, en aquella casa nunca faltó un buen consejo, un cubierto más en la mesa y la honestidad del que da todo sin esperar nada a cambio.

Su cariño, el de Mari Ángeles y el de Laura pasó a formar parte de mi equipaje. Aquella casa estaba llena de sensibilidad, armonía y afecto, mucho afecto. 

Melilla mereció la pena por muchos motivos, pero si hubo alguno en especial fue conocerle a él. Así lo llevaré en mi recuerdo, con su bigote, su pelo blanco, su guasa, su modo de entender la vida, su buen humor, su sonrisa y esos abrazos que sólo él sabía dar. Aunque nos quedara mucho de lo que hablar y unas cuantas “garimbas” pendientes entre medias. 

Gerardo es ese tipo de personas que la vida te regala, aunque después sea tan hija de puta de quitártelas. Descansa en paz, tío Gerardo. Mañana Mendi y yo estaremos allí para mostrarte nuestro cariño, respeto, admiración y agradecimiento.

domingo, 1 de diciembre de 2013

Aquellos rostros sin nombre




Transcurren los años y acumulamos experiencias, sentimientos, sensaciones, nostalgia, recuerdos, posesiones, lágrimas, sonrisas, momentos inolvidables y otros para no recordar jamás, conocidos, enemigos, amigos, amores, cicatrices y arrugas. Pasan los años y acumulamos vida a la vez que vamos muriendo un poco a cada instante.

Vamos teniendo y, al mismo tiempo, vamos dejando. Pasamos por la vida de mucha gente como otros pasan por la nuestra, con mayor o menor incidencia, con mucho cariño o con menos roce. Con abundantes vivencias compartidas, con días de alegría, prometiendo fidelidad eterna, con el convencimiento de que aquella amistad será perpetua, inquebrantable. 

Pasa la vida y ésta te enseña, te muestra el camino, te demuestra que casi nada es interminable. Que el amor y la amistad se transforman, que los años modifican las relaciones: evolucionan, se deterioran, se engrandecen, se rompen; pero nada permanece original.

A algunos los dejas atrás, otros te dejan a un lado y quizás alguien puede que te olvide para siempre. Con muchos de ellos nada de lo vivido volverá a ser como antes, por mucho que se intente. Y aquellos recuerdos ahondarán en la pena que arrastra la melancolía. 

Sigue la vida y algunos con los que compartimos secretos ahora son extraños, rostros borrosos a los que cuesta poner nombre, nombres comunes a los que les pondrías cualquier cara. En ocasiones nosotros somos esos rostros sin nombre. Cruda vida esta.

Corre la vida tan a prisa que no tenemos tiempo de alcanzarla, siempre llega antes que nosotros a cualquier parte y muchas veces, cuando hemos aprendido, ya es tarde. 

La vida será todo lo que hayamos acumulado al final de ella, también aquellos rostros sin nombre.