sábado, 30 de noviembre de 2013

El perejil tiene la culpa



Fue algo que pasó desapercibido para la inmensa mayoría, muy pocos los que repararon en ello. Pero todo empezó a partir de aquel día, ese en el que no le dimos importancia a aquel insignificante detalle, si acoso un pequeño gesto de desagrado, poco más. Todo empezó el día en el que nos empezaron a cobrar por el perejil. Sin saberlo, se convirtió en un camino sin retorno. 

Desde entonces se abrió la veda. Si te entran las ganas de mear o tienes una necesidad de uso mayor, en la estación de Atocha tienes que pagar 0,60 por la utilización del baño. Llegará el día en el que, antes de entrar, alguien te interrogue sobre el empleo que vas a hacer de los servicios. Aplicarán diferentes tarifas en función de las necesidades.

Un euro es lo que cuesta usar los carritos del aeropuerto de Barajas, otros van a al gimnasio y pagan 50 veces más por levantar pesas sin conocimiento alguno. Así que, no nos quejemos a la hora de pujar por unas maletas. 

Dependiendo del lugar, ahora también cobran por recoger setas: 3, 5 ó 10€. La última cantidad si eres extranjero. Esto me parece muy bien, que debemos salvaguardar nuestro territorio de invasores. Al menos que les cueste. 

Por darte una ducha en la playa la cosa está entre los 50 céntimos y los 2€, entiendo que sin agua caliente, que para eso se usa en verano. En los supermercados por las bolsas de plástico entre 3 y 5 céntimos.
 
Por pleitear, lo que ha cambiado las reglas del juego. Algunos ejemplos de sus consecuencias: “Las tasas judiciales reducen a la mitad las denuncias de los agricultores por impagos” (Levante). “Las tasas disuaden de recurrir el 27% de las sentencias por despido” (ABC). “Los pleitos contra el poder bajan un 40% por las tasas” (Canarias7). 

Desde hace tiempo, por aparcar en la calle y eso que no te lo vigila nadie para que no te roben. Hubo un momento en el pareció que la insubordinación social era un hecho, al final claudicamos, como casi siempre. 

Igual que pagar por comer en los aviones o por usar la televisión en los hospitales. Con el sangrante hecho de que en Cataluña cobran a los acompañantes por usar una silla reclinable.

Eso nos ha pasado por no darle importancia al perejil.

lunes, 25 de noviembre de 2013

El día que nos creímos libres

Tratan de educarnos para ser gentes de provecho, personas educadas, civilizadas. Seres autónomos con capacidad de decisión. Individuos independientes, que entran y salen, que van tomando sus propias decisiones. Y que en ocasiones tienen el privilegio de elegir en su adolescencia, y casi siempre la obligación de hacerlo durante la madurez. 

Nos educan en valores, nos enseñan a distinguir el bien del mal, a dar las gracias y a pedir las cosas por favor. Nos muestran el camino de la libertad y nos alejan de lo inmoral. Terminamos razonando, evaluando las consecuencias  y sintiendo el peso de la responsabilidad de nuestras acciones.

Pasa el tiempo y ese aprendizaje cognitivo se convierte en rutina. Es como caminar, andar en bicicleta o nadar; nunca se olvida. Siempre existen momentos de duda, entonces se recurre al discernimiento y la razón. Y sigues adelante, satisfecho por ser independiente, libre.

Cuanto más mayor te haces más seguro estás de que todo es una falacia, una farsa. Eres educado o no, civilizado o no, más o menos culto, más o menos inteligente; pero nunca tan libre como crees serlo. 

Siempre hay un tipo sentado en la silla de un lujoso despacho en la planta más alta de un edificio con cientos de medidas de seguridad para protegerse de gente como nosotros, que habla con otro que tiene un despacho parecido o mejor; y que a su vez tiene un centenar de colegas con los mismos despachos, los mismos intereses, un poder semejante, la misma falta de escrúpulos e idéntica codicia. 

Estos tipos, y otros similares, deciden cómo va a ser nuestra vida mañana y dentro de quince años, cómo será la de nuestros hijos, sobrinos y nietos. Del mismo modo que decidieron cómo debía ser la de nuestros padres y abuelos. 

Te haces mayor y aprendes que la vida funciona de ese modo. Consciente de que son otros los que toman por ti las decisiones realmente importantes. Te acuestas sabiéndolo pero te levantas creyendo que lo has olvidado, ya es suficiente con lo que el día pone por delante. 

Y así van transcurriendo los días con sus noches, al ritmo que otros decidan.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

El otro lado de la red



Ayer noche regresaba a casa después de tomar las cañas que siguen a la pachanga, hacía un frío que quitaba el sentido. Soplaba un viento del norte que cortaba la respiración, venía de las montañas, que ya empiezan a estar cubiertas por la nieve. 

El invierno ha llegado a León sin transición, hemos pasado de unos días primaverales, a pesar de estar en otoño, a sacar apresuradamente del armario bufandas, gorros, guantes y pellizas. Nada que no sepamos por estas tierras y otras parecidas. Ya hemos tenido un mes de tregua, agradecidos, que los inviernos se hacen largos.

El caso es que llegué a casa destemplado, con la calva helada y las manos ateridas. Entré en el recibidor y tuve una sensación realmente confortable. Me sentí bien y no pude menos que esbozar una sonrisa, fue un pequeño momento de felicidad. Simple en lo superficial, realmente complejo en su verdadero significado. 

Pensé en la fortuna, en las circunstancias de la vida y sus oportunidades. En cómo la pelota cae de un lado u otro de la red sin que, en muchos casos, haya una explicación lógica para ello. Sin que actúe la fuerza o la gravedad. Simplemente termina situada en un  costado, docenas, cientos de imponderables. Una suerte o una desgracia, según el lado. 

Andan por ahí sueltos fulanos infinitamente codiciosos, seguramente los menos. Pienso que a la mayoría nos llega con lo “básico”, lo cual debería ser imprescindible, indispensable. Un trabajo, una casa en la que vivir, comida en la nevera, dinero para uso corriente, un par de escapadas al año y salud para gastar. Poco más, algún pequeño capricho de vez en cuando y para de contar. Después, la rutina ya se encargará del resto.

Cuando sales del calor del recibidor, concluyes que todo eso es un delirio. Millones de personas sin trabajo y con poco en la nevera. Miles de casas vacías y miles de personas sin casa. Paradójico, cuando menos. Frío, hambre, necesidad, angustia, mucha pena y poca esperanza. Antes había que ir más lejos, ahora no es necesario recorrer tanto. 

La vida, ese sofisma. La pelota recorriendo la red mientras el azar decide de qué lado caer. Así fue a lo largo de los años y así continuará siendo.

martes, 19 de noviembre de 2013

Esto es de allá, ya volverá



Decía mi abuelo cada vez que se iba la señal de televisión: “Esto es de allá, ya volverá”. Después llegaba alguno de mis tíos y daba un buen golpe al lateral del televisor y, como por arte de magia, volvía la señal. 

El argumento de mi abuelo, que con el paso del tiempo me cautivó, tenía mucho más sentido que darle un mamporro al viejo aparato para recuperar la emisión. Pero aquello simplemente fue la constatación de que tenemos adquiridos algunos hábitos que muchas veces no tienen lógica, pero resultan igualmente eficaces. 

Podemos ilustrarlo con algunos pequeños ejemplos. El más recurrente es el del ordenador, se bloquea, se vuelve loco, nos trae a mal traer y, como por instinto, decidimos apagarlo con la seguridad de que al encenderlo estará como nuevo. Lo cojonudo es que, casi siempre, es así. Para qué vas a llamar a un informático.

Hay uno que me gusta especialmente; te duele el estómago, la cabeza, te aquejan los mil males o tienes un dolor insoportable en cualquier parte del cuerpo y, en lugar de ir al médico, decides echar una cabezada a ver si aquello se pasa. Da igual la gravedad del asunto, un sueño reparador y como nuevo. También funciona, no siempre, pero los resultados son positivos con  relativa frecuencia. 

El siguiente siempre me ha sacado una sonrisa, tanto cuando lo hago yo como alguien a quien acompaño. Vas conduciendo por un lugar desconocido y te estás aproximando al destino. Entonces, aquella radio que llevabas a tope mientras escuchabas a Los Chunguitos decides apagarla inmediatamente. No bajas el volumen, la apagas. Como si el “Dame veneno” de los hermanos Salazar te nublara la vista. “¿Por qué apagas la radio?” “Porque me distrae, coño.”

Hay más ejemplos asociados a radios, bombillas, coches o teléfonos; pero esos vamos a dejarlos para otra entrega.

sábado, 16 de noviembre de 2013

Esto es la leche





Recuerdo cuando bajaba a la panadería de Segundo a por leche. No había mucho donde elegir, o te llevabas la leche del día, aquella que venía embasada en una bolsa, o regresabas de vacío. 

Abrirla suponía un juego malabar, tenías que cogerla por una esquina, allí por donde las marcas indicaban que debías cortar ese borde con unas tijeras. Aquel proceso resultaba sencillo, el problema venía después, lo realmente jodido era mantener aquello en equilibrio. 

Por sí mismo era misión imposible, así que, en nuestra casa utilizábamos una jarra de plástico y de color verde para que la leche no se desparramase por encima de la mesa. Tampoco aquello resultaba sencillo, había que colocar la bolsa con sumo cuidado, ejerciendo la presión exacta, tratarla con mimo y, al finalizar, cerrarla con una pinza de colgar la ropa.

Mi cerebro nunca olvidará el olor de la leche de vaca recién ordeñada, aquella que ibas a buscar con Andrés a la cuadra del ganadero, la misma que a veces te llevaban a casa. Con su nata, con esa densidad que casi se cortaba, caliente como si la acabaran de retirar del fuego. Aquello sí que era leche de verdad. 

La calentabas en una cocina de butano, tenías que estar pendiente porque la cazuela se podía quemar con facilidad o se formaba aquella nata que a muchos nos daba arcadas; bendito colador. Hace tiempo que el microondas acabó con aquella liturgia.

Hoy, las cosas han cambiado. Andrés falleció y los ganaderos ya no venden leche en la cuadra. Segundo hace años que traspasó la panadería y cuando vas a comprar no hay quién se aclare. Sin lactosa, entera, desnatada, semi, con soja o 100% calcio. 

Ahora, beberla a cierta edad no es tan recomendable como antes, eso dicen. “¿Qué mamífero has visto que beba leche siendo adulto?” Tiene guasa el asunto, podría poner un millón de ejemplos que no hacen el resto de los mamíferos y, por el contrario, nosotros llevamos a cabo. 

A pesar de los problemas digestivos que según los estudiosos provoca, hay veinte tipos diferentes, docenas de marcas, cajas apiladas, colores que le complican la existencia a un daltónico. Tetra bricks que salpican, abre-fácil, los cojones. Un sindiós.  

Yo, desde hace un tiempo, la tomo sin lactosa, porque mi amigo Mendi comenta que mejorará mis digestiones y me hará correr como un gamo. Particularmente prefería la que vendía Segundo, la leche sabía a leche, y una vez que le cogías el truco a la bolsa aquello era un lujo.