lunes, 28 de octubre de 2013

Lo que de verdad importa



Decía el otro día Juan del Val, a propósito de la tragedia del tren que descarriló en Santiago de Compostela: “Si verdaderamente entendiéramos  con la facilidad que se pierde la vida nos dedicaríamos simplemente a vivirla”.

He leído pocas frases que contengan tanto, que sean tan contundentes, que sean tan ciertas como difíciles de llevar a cabo. 

Andamos en otras cosas,  preocupados de aspectos importantes en contadas ocasiones. Muchas otras con “líos” triviales que nos mantienen distraídos. Asuntos superficiales, banales, como demostramos ser los humanos a menudo. 

Enredados en tocar los cojones al de al lado, sin preocuparnos de lo nuestro, que ya debería ser más que suficiente. Eso debe ser porque sale a relucir nuestra parte “racional”, la carnívora, la depredadora, la que manipula e intoxica. 

Después ocurren tragedias y reaccionamos irracionalmente, sin medir el riesgo ni valorar el peligro. Con el corazón en la boca y el alma como avanzadilla. Y entonces nos sentimos orgullosos de nuestra especie, de la solidaridad y del valor que demostramos aún a riesgo de perder la propia vida.  

Porque es entonces cuando entendemos que  bien poco cuesta perderla. Cuando racionalizamos el hecho de que una mañana puedes salir de casa y no regresar jamás. Como hoy le ha pasado a seis mineros en el Pozo Emilio del Valle, en Llombera de Gordón (León). 

Ya podíamos abrazarnos más y jodernos menos. Bien haríamos en llorar por lo que de verdad importa y reírnos con más frecuencia. Valorar lo que realmente son problemas de verdad y ocuparnos de ellos, así como dejar de preocuparnos por cuestiones insustanciales.

Ya podíamos, simplemente, vivir y dejar vivir. Tan sencillo y tan complejo.

miércoles, 23 de octubre de 2013

Imposible no significa nada




Podría poner decenas, cientos de ejemplos, casi todos extraordinarios; la historia está llena de ellos. Ejemplos de personas que nunca se dieron por vencidas, de seres humanos que desoyeron los gritos de desaliento, que miraron al frente y dejaron atrás argumentos vencidos, faltos de ambición y deseo.

Que obviaron las palabras de aquellos que odian salir de la zona de confort, de esos que le encuentran significado a la palabra imposible. Esos que prefieren hacer poco, nada más que esperar a que las cosas ocurran. Siempre resultó más cómodo estar sentado que moverse.

Les dejaron atrás y continuaron. Con momentos de dudas, sabedores de la dificultad del reto, solos o acompañados a veces. Les tildaron de locos, inconscientes o imprudentes. Nada de aquello fue lo suficientemente importante como para abandonar, como para renunciar a un sueño. 

Les arrastró la pasión, buscaron la esperanza que les ofrecía la ilusión, se cayeron infinidad de veces, volvieron a gritarles que era imposible, apretaron los dientes, se levantaron heridos, magullados, dolidos. Se volvieron más fuertes, tanto que a veces se creyeron invencibles. 

Soñaron despiertos, lloraron mientras dormían, sonrieron casi siempre a pesar de estar tristes, les acosó la incertidumbre, dudaron, corrigieron el paso y evitaron los atajos. Creyeron haber llegado cuando aún estaban lejos, pensaron en rendirse, a veces se apartaron pero jamás abandonaron. Fueron obstinados, perseverantes y al fin llegaron. Casi siempre más tarde de lo que habían imaginado, pero llegaron.

jueves, 10 de octubre de 2013

Intoxicación "noticiaria"



A Silverio no le gustaba sufrir. “¡Coño!, ¿y a quién sí?”, le interpelaba yo con frecuencia. “A ti, por ejemplo. A la inmensa mayoría de las personas que habitan este planeta. A todos cuantos tienen acceso a la información. No lo sabéis, pero sufrís. Oís a diario noticias descorazonadoras: atentados, crisis, corrupción, asesinatos a sangre fría… Todo es dolor, muerte o falta de valores. Escucha un informativo asépticamente, verás que por cada buena noticia hay diez, quince, veinte malas. No lo sabéis, pero sufrís, y mucho”.

Eso pensaba el bueno de Silverio. Tenía la teoría de que el exceso de información y el modelo que hoy vivimos para consumirla intoxica, manipula y te convierte en un ser  infeliz. La mayor parte son escándalos, sucesos luctuosos y macabros con tintes escatológicos. Llanto mientras desayunas, comes o cenas, ni una puta sonrisa; lo más parecido, una mueca de amargura.

“¿Y cómo puedes hacer algo para arreglarlo si no sabes lo que pasa?”, preguntaba yo. “Muy bien. En primer lugar existe la sustancial diferencia entre saber y creer saber. Tú piensas que sabes qué es lo que sucede en Siria, en el caso Bárcenas, en Afganistán o en Fukushima. Pero no tienes ni puta idea. Realmente sabes lo que te cuentan, lo que quieren que sepas. Además, en función de tu criterio, escucharás un medio u otro, todos con sus intereses. Del índole que sea, igual da.”

“Vale,-proseguía- vamos a dejarnos llevar por la utopía y suponer que los medios realmente son objetivos, que lo que cuentan es lo que realmente ocurre. ¿Y? ¿Qué diferencia hay entre tú que sabes todo le que pasa en el mundo y yo que sólo leo libros? ¿Qué haces para cambiarlo? Te encabronas, te manifiestas, te haces socio de una ONG o voluntario de la Cruz Roja. Todo muy loable, por cierto. Realmente creo que hay que hacer algo que contribuya a un cambio. Pero, al día, semana o mes siguiente, ¿Cuál es la diferencia? ¿Qué ha cambiado?”

“Joder, Silverio, tu argumento es duro de cojones”. “Puede ser, Félix, no lo niego. Aún así trato de ser un buen ciudadano. Cumplo con mis obligaciones, aporto a la sociedad lo que buenamente puedo, ya sabes que soy voluntario en un banco de alimentos; pero no escucho las noticias. Me gusta ser feliz y eso no me ayuda en mi propósito. Pruébalo durante una semana, sonreirás más a menudo”.

Cada día estoy más cerca de la teoría de Silverio. Quizás empiece mañana, hoy ya leí el periódico.

miércoles, 9 de octubre de 2013

Cuando nos creíamos los más listos



Muchos se quedaron en el detalle, en lo superfluo, en el “relaxing cup”. A otros les dio por decir, y cito textualmente, que “los miembros del COI son unos corruptos y unos vividores”. Y que la elección de la sede olímpica es un “mamoneo y una pantomima”. 

No vamos a obviar que la intervención de Ana Botella fue un esperpento aunque, sinceramente, no creo que ese fuera el motivo por el que Madrid no recibió los Juegos Olímpicos de 2020. 

Hay unos cuantos deportistas que nos han acostumbrado realmente mal: Nadal, Márquez, Gómez Noya o las selecciones de fútbol, baloncesto o hockey sobre patines. Compiten, ganan y son un ejemplo. Nos hacen sentir orgullosos y a veces nos invitan a perder la perspectiva.

Hubo un tiempo, del cual no hace tanto, en el que vivimos deportivamente acomplejados. Creyendo disponer de más de lo que terminábamos demostrando. Ahora no, somos españoles y menos Eurovisión lo ganamos todo. Paradójicamente, en el extranjero no nos perciben con la misma imagen. 

Seguramente, en la decisión de los miembros del COI, subyacía la vergüenza que debe sentir cualquier persona con dos dedos de frente por lo sucedido en la Operación Puerto y su posterior sentencia. Si a esto le añadimos lo que para la revista The Times ha sido uno de los mayores escándalos del siglo XX en el deporte, podemos llegar a la conclusión de que Madrid se quedó sin Juegos porque Alberto de Mónaco nos tiene manía.

En los Juegos Paralímpicos de Sydney 2000, España ganó la medalla de oro en baloncesto con sólo 2 de los 12 jugadores con alguna discapacidad. Se descubrió el pastel y ahora, trece años después, conocemos la sentencia. De los 19 imputados, únicamente ha sido condenado a pagar una multa de 5.400€ el expresidente de la Federación Española de Deportes para Discapacitados Intelectuales (FEDDI). Mientras que al resto se les han retirado los cargos. 

La pugna por ser sede olímpica, la posterior decepción y sus repercusiones llenaron las portadas de los principales periódicos nacionales. Hoy hay que rebuscar para encontrar una noticia que mañana estará en la basura. 

Quizás lo mejor sea seguir pensando que Alberto de Mónaco nos tiene enfilados o que es una conspiración judeo-masónica. Como cuando aparecía el árbitro que nos robaba en cuartos. Si ya me lo decía Silverio: “En este país la culpa siempre es de otro”.