domingo, 29 de septiembre de 2013

Twitter, ese bar.



Twitter es un macro bar, un local de dimensiones desproporcionadas, tan grande como cada uno desee. Incluso, aún sin previo aviso, entra gente de cualquier parte del planeta. Descubres a personas que no sabías que existieran, encuentras a otras relacionadas con tu profesión o puedes acercarte virtualmente a tus ídolos. 

Es un macro bar de barra libre porque, aunque hay decenas de sesudas reflexiones, allí cada uno opina sobre lo que le viene en gana. Así, sin pensar, a lo loco. Igual da deporte, sociedad que política. Todos creemos saber de todo y nos permitimos el lujo de escribir lo que consideremos oportuno, que para eso es gratis. Aunque Teófila no lo crea así. 

Claro que existe alguna que otra diferencia, las cañas te las tomas en casa, en la oficina, en el autobús o incluso por la calle. Es mucho más civilizado y menos sucio que un bar, cuando alguno usa el insulto como único argumento, en lugar de liarse la de San Quintín y que vuelen los puñetazos o las sillas; pulsas una tecla y bloqueas al individuo en cuestión. A mi aún no me ha pasado, estoy esperando a hacerme famoso.

Aunque quieras que el bar que frecuentas esté lleno de gente afín, alguna vez se cuela alguno que no estaba invitado. Parece no estar reservado el derecho de admisión, esto debería ser algo a considerar. Puedes hacer que sea un local de puertas abiertas, donde tu opinión esté disponible para todo aquel que quiera leerla. O echar el pestillo y organizar una fiesta privada. 

A ratos es un garito asqueroso y otras un local extraordinario. Como todo lo que tiene que ver con el ser humano. Según toque en ese momento, el halago o los juicios sumarísimos. Antes esas cosas se decían en un bar de verdad y allí quedaban, era más auténtico. Ahora la repercusión es imparable, incontrolable, desproporcionada. 

Me gustan más las obras, pero cada vez hay menos. Aunque cada vez por ellas pasa más gente, a los jubilados se le han sumado los parados. Cualquier día hay que sacar entrada.

sábado, 28 de septiembre de 2013

Todos somos contingentes, pero tú eres necesario



Traje de luces, el capote sobre el antebrazo izquierdo y la montera en su mano derecha mientras saluda al respetable. Sólo le faltó eso a la escena que protagonizó ayer Messi cuando hizo el paseíllo para entrar en el juzgado y declarar ante el juez por la causa que tiene abierta por un presunto delito contra la Hacienda Pública. Quizás no fue ataviado de tal guisa porque los gritos no fueron los de “Torero”, sino “Campeón” o “Presidente”

Imagino a Bárcenas desde la cárcel de Soto del Real pensado por qué, en lugar de político, no se hizo futbolista. A tenor de lo visto ayer, para algunos no es lo mismo defraudar si vistes traje y corbata que si vas en pantalones cortos y le pegas patadas a un balón.

Tiene su lógica, los políticos no hacen más que darnos disgustos. Nos meten en líos de los que luego no son capaces de sacarnos y después, para salir del entuerto, aseveran que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Resumiendo, nos quieren hacer sentir culpables mientras piensan que somos idiotas. 

Sin embargo, un futbolista es otra cosa. Es un  tipo que nos saca de la rutina diaria y durante hora y media nos ayuda a olvidar todos los problemas que nos crean los políticos. Es una especie de psicólogo pero en pantalón corto. Poco importa que no pague sus impuestos o que vaya a 220 por la M30. 

Los comentarios que ayer hicieron algunos no tuvieron desperdicio: “A mí me da igual que defraude, yo soy del Barça”, “Estoy aquí para apoyarle, que el chico necesita mucho ánimo en este momento”, “Los políticos, esos sí que son unos chorizos”, “Él no tenía ni idea de lo que pasaba, lo había dejado todo en manos de su padre”. Ojiplático, el espíritu de Lola Flores encarnado en el astro argentino.

Y así vamos pasando los días en este bendito país, sin tiempo para aburrirnos y sin lugar para el asombro. Al fin y al cabo amanece, que no es poco.

lunes, 23 de septiembre de 2013

No fue hace tanto tiempo



Recuerdo cuando no hace mucho jugar un partido por la medalla de bronce nos llenaba de ilusión y nos ponía cardiacos. Parece que aquello ocurrió hace siglos, ahora sólo nos conformamos con el oro, nuestro talento y, probablemente, nuestra soberbia no merecen otro metal. 

Y es que, ya no recordamos el síndrome de los cuartos de final. Ahora somos españoles, a qué queréis que os ganemos. Como si los demás no jugasen, como si Francia, equipo que nos eliminó en semifinales, no fuera una extraordinaria selección.

El partido que disputó ayer España por el bronce dejó a muchos indiferentes y a otros insatisfechos. Fueron mayoría los que le dieron poco valor a subirse a la última posición del cajón. Incluso, en algún momento, pareció que alguno estaba deseando que la Selección se descalabrase. Como si hubiera cuentas personales de por medio.

Todo empezó con la polémica designación de Orenga como seleccionador, la intención de cambiar la normativa FIBA para que pudieran jugar juntos Ibaka y Mirotic, la no asistencia de este último y las bajas de Navarro, Pau Gasol, Reyes o Ibaka. El clima no era el mejor.

Desconozco cuáles son los conocimientos de Orenga, no me atrevo a juzgarlo, aunque sí conozco sus méritos y considero que hay un buen puñado de entrenadores con mayor bagaje para llevar a este equipo. Orenga, al final, se convirtió en el saco de las hostias de todos aquellos que quisieron arremeter contra José Luis Sáez, Presidente de la Federación Española. 

Uno esperando para sacar pecho si se lograba el oro y otros deseando atizar con furia a la menor oportunidad. La España de siempre. Había algo personal en el juicio, como antes lo hubo con Scariolo, Aíto o Pepu, que palos los ha habido para todos; aunque ya no queremos recordarlos. 

Dadas todas las circunstancias, la tercera plaza me parece un buen resultado. Aunque bien es cierto que algunas cosas no me han gustado y otras no he llegado a entenderlas. El juego del equipo ha sido demasiado intermitente, jugadores llamados a ser referentes estuvieron desaparecidos, las rotaciones nos descoloraron a muchos, el equipo careció de recursos en los partidos ajustados y algún jugador estuvo infrautilizado. 

Quizás esa sensación de que teníamos más de lo que ofrecimos deje ese poso de frustración. Yo me quedo con el hecho de que España ha ganado medalla en 7 de los 8 últimos Campeonatos de Europa. Ya nos acordaremos de esta generación y volverá el síndrome de los cuartos de final, al tiempo.