sábado, 13 de julio de 2013

La esencia hecha persona



Ayer fue un día lleno de emociones, diferentes, pero todas buenas. La risa se mezcló con alguna lágrima, los sentimientos se apelmazaron, uno encima de otro, desordenados, pero con criterio. Las anécdotas y los recuerdos fueron el eje de la jornada. Abrazos por doquier, sonrisas, piel de gallina, miradas de complicidad y recuerdos alrededor de una figura. La esencia, de la que tanto y siempre hemos presumido, rezumaba por los cuatro costados.

Nervios, muchos más que antes de cualquier partido, ilusión y días de espera. Ansiosos, deseosos todos, menos el barbas. Sensible pero impertérrito, genio y figura, un maestro. Y como si los años únicamente hubieran transcurrido por nosotros, como antaño se sentó en una silla, se deshizo con agilidad del pantalón de chándal y salió en el cinco titular como a él siempre le gustó. 

Como si el guión estuviera escrito, metió la primera. Hubo varios intentos antes, nadie le concedió ningún privilegio, él nos enseñó a no ser condescendientes. Después fue una fiesta, con algún recuerdo de patio de colegio, alguna que otra pillería, gestos para la galería, pequeñas trampas, las de siempre, todas conocidas. Al final, tras cuatro cuartos y veinte minutos más hacia arriba que hacia abajo, llegó la ovación. Cerrada, merecida, emocionante y emocionada. 

Todos en pie para reconocer a una persona que nos lo dio todo sin esperar nada a cambio, qué más se puede de decir de alguien. Por primera y única vez para sus discípulos, el marcador fue lo de menos. Diferentes generaciones, decenas entorno a una persona que marcó nuestra infancia y juventud. Agradecimiento y deuda. Las miradas de admiración de entonces se convirtieron en gratitud. La experiencia te proporciona una perspectiva que no te otorga el conocimiento. 

Después siguió la fiesta, la bebida corrió más que los canapés. Anécdotas, reminiscencias, puyas y carcajadas. En el momento más emotivo todos tuvimos unos segundos de debilidad, pero él tuvo la capacidad de disimularlo. Sólo le faltó decir: “Menuda panda de maricones estáis hechos”. 

Siguió la noche, entró la madrugada y continuó la fiesta. Paramio consiguió que entorno a su figura nos reuniéramos muchos, no sé cuántos, los suficientes. Nos hizo recordar y volver a sentir. Todos nos fuimos de allí con la seguridad de que aquellos años forjaron lo que hoy somos. Y a la mañana siguiente nos despertamos con el propósito de recordarlo una vez al año.

1 comentario:

  1. Han pasado dias y todavia me emociono recordando momentos del merecido dia que tuvimos...gracias a todos por dejaros impregnar de tantos recuerdos que nos hicieron volver a vivir nuestras aventuras alrededor del baloncesto...pero sobre todo,siento una envidia sana hacia la figura de Paramio. envidia por que a mi me harian el hombre mas feliz del mundo, si alguno de mis exjugadores me mirase,me abrazase y me aplaudiese con la sensación de gratitud, como se lo hicieron el otro dia a él.
    Gracias Paramio, eres uno de los hombres mas ricos que conozco...estas pleno de sentimiento y cariño..
    Tito Sobrin

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