lunes, 17 de junio de 2013

Cuando el esfuerzo no tiene recompesa



Hace ya un tiempo que la LEB perdió la emoción de conocer quién asciende a la ACB, ahora el interés se centra en saber si los equipos que lo consigan deportivamente serán capaces de lograrlo lejos de las canchas. 

Allá donde lo que diga el balón poco o nada importa, donde la tensión es de otro tipo y los intereses bien diferentes. Semanas de especulaciones y mayor incertidumbre que en un tiro libre con el reloj a cero y el marcador empatado. Así está la cosa. 

El trabajo y la ilusión de decenas de profesionales deambulando sobre un alambre cada vez más fino e inestable. Lamentable. Habrá que preguntarse el sentido que tiene una competición en la cual los méritos deportivos pierden relevancia ante lo que se cueza en los despachos de los ayuntamientos, diputaciones y alguna que otra empresa. 

A ver qué afición compra la chochona la temporada que viene. Ya son unas cuantas las que están cansadas de animar en balde, gritar, sufrir y vivir al límite de la taquicardia. Un drama. 

También habrá que reflexionar sobre el hecho de que algunos clubes que están en la ACB no cumplan con sus compromisos y esto no suponga una circunstancia sancionadora o excluyente. O pensar que los requisitos que se exigen para ascender son de otra época en la cual todos nos pensábamos ricos. 

Valores básicos como el esfuerzo o el sacrificio quedan mancillados a finales de mayo. No hay recompensa para el trabajo bien hecho, la anti-esencia del deporte. 

Al final del día, quien más pierde en este asunto es el baloncesto. Sufriendo un deterioro constante en su imagen, con un desgaste cada vez mayor y una falta de identificación generalizada. Más allá de responsabilizar a TVE con el total del fracaso en las audiencias, convendría analizar qué se hace desde los órganos competentes para virar la situación. 

El Real Madrid y el Barcelona son realidades paralelas, y aunque nuestro deporte les deba mucho a estos dos clubes, nuestro baloncesto es mucho más que eso.

martes, 11 de junio de 2013

Consecuencias incontrolables



Caminaba deprisa, acuciado por la costumbre y la necesidad, como cada mañana, como  cada día. Desde bien pequeño siempre sintió el aliento en el cogote, quizás porque fue el más torpe de la clase, seguramente porque no tuvo quién le protegiera. 

Nunca reparó en los motivos, únicamente en la obligación de sentirse a salvo. Soñó cada noche con las collejas, con la burla y la mofa, con el silbido de las cerbatanas, con las chicas que le ignoraban y su falta de habilidad. Con su carencia de recursos y los días ausentes de esperanza.

Creció a duras penas. Más solo que la una y más necesitado que cualquier otro. Triste, ausente, perdido e impaciente, esperando la llegada de un futuro inexistente.

Con la mochila cargada de complejos, aguantando un peso insoportable, encorvado y con la vista fijada al suelo por miedo a cruzarse con una mirada desafiante. Jamás entendió que la vida pudiera ser de otro modo, al menos la suya. Vencido desde bien joven, sin ganas de sonreír, y cuando lo consiguió siempre fue por miedo.

Odiaba los pasillos y los rellanos de las escaleras, las calles angostas y oscuras, los días de diario y las tardes de verano. Sólo disfrutaba con la lluvia y el frío, cuando apenas había gente por las calles; esas pocas ocasiones en las que se sentía seguro. 

Pasó por su infancia como pudo, a hurtadillas, y llegó a la juventud cuando apenas había soñado rozarla. A pesar de que todas aquellas traumáticas experiencias le llevaron a conocer límites insospechados. Y cuando dentro de aquel baúl de paciencia no cabía más humillación dejaron de molestarle. 

NOTA: La semana pasada me contaron una historia de acoso escolar que me encogió el alma.