viernes, 19 de abril de 2013

40 y, al menos, otros tantos.


Ya están aquí, llevo un tiempo esperando. Antes he visto pasar a casi todos mis amigos y, a juzgar por las consecuencias, no ha sido tan traumático. Lo cierto es que a mí nunca me lo pareció, pero siempre ha resultado fácil hablar de las experiencias ajenas. Por lo general, opinar sobre el resto siempre fue más sencillo que juzgarse a uno mismo; aunque hoy ese no es el tema. 

Cuando uno tiene veinte años no toma conciencia para imaginar cuál será su aspecto al llegar a los cuarenta. Si por entonces hubiera sido capaz de hacerlo no me hubiera imaginado calvo, con las sienes plateadas y la barba cana. Al menos mantengo el peso de antes, aunque no es menos cierto que pasé por una época en la cual estuve para la matanza. 

Llegar a la cuarentena no te convierte en maestro de nada, más bien en aprendiz de casi todo. Pero si hay algo que me ha enseñado la vida es que ésta da muchas vueltas, tan pronto estás arriba como te pegas una hostia de dimensiones bíblicas. La perspectiva, la capacidad para relativizar lo que ocurre, no hay mejor modo de afrontar los problemas, no hay mejor manera de sobrevivir.

La vida es eso, tomar distancia, en ciertas ocasiones hacer que algo banal parezca un drama, sonreír cuando llueve, sufrir, dejarte llevar sin consecuencias, amar,  disfrutar de tus amigos como si no hubiera mañana, correr, llorar, sentir el dolor, disfrutar de los días largos, del mar y de la noche, del sol que entra por la ventana, oler la ropa húmeda, el café recién hecho y la hierba nada más segada.

Gozo de un buen puñado de amigos, muchos más de los que imaginó Casimiro. Puedo llamarlos o dejar que pasen semanas sin verlos, los tengo más por lo que significan ellos que por lo que soy yo.  

Después están las cuestiones menores, te duelen músculos o huesos que jamás imaginaste que existieran, duermes mal, recuperas peor y algunas veces le das importancia a trivialidades. Estupideces que olvidan la esencia y se centran en lo superficial. La vida está para vivirla, aunque algunos tengan la desgracia de sufrirla. 

Pienso levantarme dentro de un rato con el propósito de seguir disfrutando, saboreando cada momento, agradeciendo cada mañana, cada sonrisa, cada momento. Como dice mi padre: “El problema es no cumplirlos, no disfrutarlos”. Hay que gozar como si no hubiera mañana.

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