domingo, 3 de febrero de 2013

La codicia y el instinto de supervivencia


Ignoro cómo debe ser el instinto de supervivencia. Ese reflejo animal que tenemos todos los seres vivos a la hora de proteger nuestro ser, esa reacción natural ante el peligro, la escasez o al sentir nuestra vida amenazada. 

La empatía no está al alcance de cualquiera, pero aquellas reacciones violentas que venga provocadas por la necesidad de defenderse deberían considerarse punibles pero absolutamente comprensibles. 

Es tan fácil como pensar por un momento, cuál sería nuestra reacción si nuestros hijos o nosotros mismos no tuviéramos para comer. O cómo nos comportaríamos si alguien tratara de quitarnos la vida. Afortunadamente no me he visto en semejantes situaciones, pero entiendo que se desatarían mis instintos más salvajes y primitivos.

Seguramente tuviera un comportamiento animal, alejado del raciocinio. Y es que,  cuando la necesidad aprieta somos capaces de quebrantar cualquier norma. 

Por el contrario, la codicia es algo bien diferente. En tauromaquia se conoce como la cualidad que tiene el toro de perseguir con vehemencia y tratar de coger el bulto o engaño que se le presenta. Si excluimos la palabra engaño, no es una definición que se aleje de algunos comportamientos humanos.

Los protagonistas suelen ser fulanos sin sacio, con un afán excesivo de riquezas, en muchas ocasiones ajenas. Es un comportamiento medido, reflexivo y premeditado; propio de la “inteligencia” del ser humano. 

De guante blanco, y si alguien debe ensuciarse ya dispondremos de algún lacayo que se manche. Se teje en alturas que producen vértigo, de día y con traje y corbata. Tiene efectos adictivos y no se conoce receta que pueda frenarla. Y si alguien pretende hacerlo ya buscaremos el modo de que parezca un "accidente". 

El paso de los años a alguno nos sitúa más cerca de comprender a los animales que a los seres humanos. Al paso que vamos, terminaré perdiendo cualquier esperanza en nuestra raza.

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