miércoles, 9 de enero de 2013

La ética está sobrevalorada


He decidido volver a entrenar, así, a las bravas. Siempre me he considerado un tipo de principios, pero he evolucionado y me he dado cuenta de que éstos te llevan a lugares poco recomendables. No pagan hipotecas ni te aseguran la jubilación. Como bien dijo Groucho Marx: “Estos son mis principios, si no le gustan tengo otros”. 

Últimamente debo vivir ajeno a la realidad porque desconocía el hecho de que Valero Rivera, seleccionador nacional de balonmano, tuviera una empresa de representación de jugadores. Ayer, cuando me lo dijeron, tardé poco en reaccionar. Mi primer pensamiento fue: “Orenga, date por jodido”. 

Desde hoy no es que esté en el mercado, sino que yo soy el mercado. A partir de este momento llamaré a los clubes para ofrecer mis servicios como entrenador. Le diré a mi socio, por aquello de repartir el trabajo, que redacte el contrato y después utilizaré nuestra cartera de jugadores para ver quién de ellos nos proporciona mayores beneficios. 

Quizás, con la promesa de poder fichar a unos cuantos con sustanciales contratos sea capaz de reclutarles para nuestra agencia, siempre de manera objetiva, faltaría más. Sin intención aviesa alguna, que para eso soy un profesional. En este país lo que sobran son los malpensados y los envidiosos, ese deporte nacional. Menos mal que hemos ganado algún que otro mundial en diferentes disciplinas; sino seguiríamos instalados en la mediocridad del resentimiento. 

Por eso, ayer cuando escuché en la Ser al Presidente de la Federación Española de Balonmano respondiendo a la pregunta que le hacía De la Morena, me decía: “¡Qué mala baba tiene el jodío! No me digas a mí que no puede ser casualidad que de los 16 convocados 10 sean de su agencia. O que después de la lesión de Ugalde haya convocado a Aitor Ariño, y no a Juanín García, del que es suplente en el Barcelona. Total, si lo de Juanín tampoco tiene tanto mérito, ser el máximo goleador de la historia de la Asobal y de la Selección Española está sobrevalorado. Como otras tantas cosas”. 

Qué país éste en el que todos sabemos de todo, cuánta poca vergüenza y cuánto atrevimiento. Si empezáramos a juzgarnos a nosotros mismos cuánto mejor nos iría. Cómo es posible que alguien pueda poner en duda la capacidad e imparcialidad de un profesional, a ver si ahora los intereses particulares van a estar por encima de los generales. Eso será típico de cualquier otro país, pero no del nuestro. 

A pesar de todo, por aquello de haber perdido varios trenes, voy a sacar del fondo del canapé mis roídos chándales (coño, qué mal suena) y mi desgastada pizarra, no vaya a ser que el romanticismo no exista y pierda otra oportunidad de hacer negocio. Desmesurado lujo para los tiempos que hoy vivimos. 

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