martes, 8 de enero de 2013

Cuando algún día significa nunca


Vivimos frenéticamente, los días pasan deprisa, sin apenas darnos cuenta. Hoy ya es ayer, lo recién estrenado tarda poco en ser antiguo, los niños nos hacen mayores y la nostalgia viejos.

Siempre tenemos una excusa para decir que casi no tenemos tiempo, que andamos agobiados con los quehaceres de la vida, nuestra rutina, el trabajo, los hijos y todas esas ineludibles responsabilidades. 

Apenas tenemos oportunidad de sentarnos a solas al final del día, y nos enredamos con cualquier pretexto. Con frecuencia descuidamos nuestras relaciones, envueltos en nuestras costumbres, como si la falta de tiempo nos hiciera más interesantes, más atractivos. Como si el ocio fuera nocivo, como si tuviera algo malo. Como si el poder disfrutar de un rato fuera propio de personas desocupadas. 

Nos hemos habituado a decir frases vacías, a sabiendas de la falta de compromiso. Sin mala intención, pero con plena conciencia. Suelen llegar al encontrar por la calle a un viejo amigo al que aprecias pero hace tiempo que no ves o con unas cañas que marcan el propósito de un fin de semana.

En el primer caso, después del abrazo, del qué bien te veo y cómo está la familia; viene la sobada frase: “A ver si un día de estos te llamo y quedamos”. En ese momento el cerebro se sitúa cerca del cortocircuito. No niega la buena intención del instante en una señal que envía el corazón, pero es consciente de que ese día no llegará. Al igual que el de la semana pasada o el del próximo mes. 

Te das la vuelta contento de haber visto a Mengano, recuerdas durante unos segundos alguna aventura conjunta, pero al cabo de unos instantes suena el teléfono, te asalta el agobio de la tarea pendiente o recuerdas lo poco que le queda al día y lo que resta por hacer. A ti te pasa eso y a Mengano algo parecido.

El segundo supuesto es aún más complejo, tiene un componente de euforia provocada por una buena reunión (quizás con Mengano y Fulano tras el paso del cometa Halley). La alegría te lleva a algo más ambicioso, un fin de semana. Eso sí que no llegará aunque el Halley reduzca su periodo orbital a la mitad. Lo más estimulante es la conversación; la fecha, el destino o  los preparativos te hacen parecer un adolescente antes del viaje de fin de curso. 

En general, así somos. Aunque en mi caso soy partícipe de dos fenómenos paranormales: la pachanga de los martes y sus cañas posteriores, y las cañas de los jueves (ésta sin pachanga previa). Quince años contemplan a ambas, dos grupos diferentes, siempre en el mismo lugar, a la misma hora, todos las semanas del año. Así evitamos tener que decir: “A ver si un día…..”

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