miércoles, 30 de enero de 2013

El complejo universo de la conciencia


Esto no va a gustar, como todo lo que duele. Últimamente vivimos soliviantados, esperando conocer quién será el siguiente, qué político o personaje público ha metido mano a la caja y se lo ha llevado crudo.

Y así es, cada día supera al anterior, el caso de hoy tapa el de ayer a la espera de que llegué el de mañana. Es lo que tiene el tiempo, erosiona nuestras memorias y relativiza los hechos. 

Cada día más enardecidos y nuestras conciencias más tranquilas. Aunque estoy seguro que no hizo falta que se descubriera ninguna cuenta en Suiza para vernos obligados a justificar nuestras pequeñas trampas.

Que levante la mano el que no haya pagado una factura sin IVA, cobrado en negro, comprado un medicamento con una receta de jubilado, pedido a un amigo policía que le quite la multa de la grúa después de haber aparcado en doble fila, el que siempre haya dado de alta a todos sus empleados, incluidos los del hogar. Aquel que no haya hablado con un amigo funcionario para que su expediente ascienda a los primeros lugares del montón como por arte de magia o utilizado sus influencias para que le adelanten una consulta médica.

Coño, claro está que no es lo mismo que te cacen una cuenta en Suiza con 22 millones de euros que 30 mil debajo del colchón.

Algunos entienden que hacen algo ilegal y asumen las posibles consecuencias. Otros, por el contrario, encuentran como lógico un comportamiento que únicamente consideran reprobable en función de la cantidad defraudada y del cargo que se ostente. 

Cada día que pasa lo tengo más claro, cada uno defrauda en función de sus posibilidades. Es una epidemia provocada por nuestro modo de ser, esa educación latina que lleva a gala la pillería y la argucia. No vaya a ser que alguien piense que soy lelo. 

De este modo transcurren nuestros días, con nuestros escrúpulos a salvo mientras escarbamos en las conciencias ajenas. Con un problema “cultural” de difícil solución. El tú más o el no voy a ser el único imbécil del país. Y así nos va.

martes, 29 de enero de 2013

Las churras y las merinas


En este país gustamos de mezclar las churras con las merinas. Y la consecución del campeonato del mundo por parte de la selección española de balonmano ha supuesto un claro ejemplo de ello.

Ahora es cuando los ventajistas se apresuran a abalanzarse sobre los que en su día criticamos el hecho de que Valero Rivera fuera seleccionador siendo a su vez socio de una agencia de representación de jugadores. El debate no era poner en cuestión si está capacitado para el cargo, ya que, a juzgar por su currículum eso está fuera de toda duda. Sencillamente era un debate ético, algo que en este país suena a chino. Y más cuando el éxito llama a tu puerta, siempre ha resultado más fácil nada a favor de corriente.

Pocos minutos después de terminar la final, uno de los comentarías aludía a la raza y el coraje de los hispanos como receta para salir de la crisis en la que está sumida España. Ni que fuera el anuncio de Campofrío. Si nos guiáramos por los éxitos cosechados por los deportistas españoles, independientemente de cuál sea su disciplina, estaríamos entre las tres primeras potencias mundiales. Sobrados de autoestima y con las arcas rebosando doblones.

Me hubiera gustado saber qué pensó alguno de los casi seis millones de parados de este país al oír un argumento tan demagógico. Seguro que el razonamiento estaba lejos de querer situarse en el populismo, pero sonó tan sumamente mal...., al menos a mí. 

Gozamos de una suerte de deportistas, generaciones que nos hacen sentir orgullosos, ejemplos de superación, talento, arrestos, lucha y deportividad. Personas que durante algunas horas nos transportan a otro lugar y provocan efectos terapéuticos de corto recorrido, pero estimulantes al fin y al cabo.

El deporte es un modo de entender la vida y a muchos nos gustaría que sus valores sembraran nuestras cotidianas costumbres; pero mal camino llevamos si creemos que las medallas nos van a sacar del lío en el que andamos metidos por mucho orgullo que llevemos dentro.

lunes, 28 de enero de 2013

La amistad


Cuando aquel psicólogo afirmó desafiante que me sobraban dedos de una mano para contar el número de amigos que tenía, no pude menos que mirarle con prepotencia. Casimiro, que así se llamaba, al percatarse de mi juvenil soberbia quiso matizar el verdadero significado de la palabra amistad. Al oírle, todos aquellos conceptos resultaron desconocidos para mí. Por aquel entonces no imaginaba que esa palabra entrañara más compromiso que ir al patio del colegio a pegar patadas a un balón o hacer el gandul por el barrio.

En aquella época estaba absolutamente perdido, no me hubiera encontrado ni aunque hubiese estado a solas en un salón repleto de espejos. Tras la matización, reflexioné un par de minutos y al instante se extendieron el índice y anular. Tan sólo quedaban tres para cerrarle la boca a aquel sabelotodo. Fue en ese mismo momento cuando me di cuenta de que sólo existían dos caminos: engañarme a mí mismo o renunciar a mi insolencia.

No fue una etapa sencilla, el paso del colegio al instituto supuso una desorientación inesperada. La protección dio paso al instinto de supervivencia, lo cotidiano a lo desconocido y la libertad de movimientos era una peligrosa falta de control para los estudiantes dispersos. Imagino que la adolescencia, por lo general, provoque este tipo de efectos.

Aquella visita, motivada por mi confusión y mis pésimos resultados académicos durante mi primer año de bachiller, supuso un punto de inflexión. Adelantó mi proceso de maduración, modificó mi perspectiva sobre las relaciones y me convirtió en un animal social.

Fue una especie de catarsis, un cambio en mi conducta. No es que antes fuera un huraño, ni mucho menos, simplemente comencé a darle un valor a las relaciones personales que desconocía hasta entonces. Comprendí lo que era el compromiso, la solidaridad, la empatía o la fidelidad. Supe que más allá de los partidos de baloncesto y de las tardes en la plaza del barrio existía un mundo de responsabilidad que estaba dispuesto a no abandonar.

Y eso he intentado hacer desde entonces, con cientos de errores, seguro, pero tratando de cultivar diariamente algo tan imprescindible y complejo como la amistad. Hoy, Casimiro lo tendría muy crudo al hacerme aquella pregunta, tras el del burladero y el pequeño moreno, saltarían como resortes unos cuantos dedos de las manos hasta verme en la obligación de tener que usar los de los pies. 

A pesar de que Pio Baroja dijera: “El mayor número de amigos marca el grado máximo en el dinamómetro de la estupidez”. Quizás, debería haber visitado a Casimiro.

viernes, 25 de enero de 2013

Antes de que me pillen con el carrito del helado


A la vista de cómo se están poniendo las cosas en este país, donde persiguen no dejar títere con cabeza y donde se están dedicando a descubrir cuentas en Suiza a lo loco, financiaciones ilegales de partidos, sobres con dinero negro o articulistas ficticios; he decidido confesar.

Y es que, yo no soy yo, y me explico. Yo no soy quien escribe las entradas de mi blog. Inicialmente contacté con el "negro" de Ana Rosa, pero al comprobar la tarifa que pretendía aplicarme tuve que desestimar dicha opción. Como no sabía de ningún otro capacitado para tal menester se lo propuse a mi sobrina Irene.

Ella tiene seis años, pero es lista como los ratones coloraos. A partir de una propuesta que yo le planteo ella va desarrollando el tema en cuestión. Nos estamos forrando últimamente, el tráfico que generan los temas tratados es tal que Google no para de mandarnos sobres a casa. Eso sí, no llegamos a los 3.000€ por artículo.

Pero hasta aquí hemos llegado, dos años y medio después y 174 entradas. Lo hemos hablado en casa, todos me decían que debía tirar de la manta y sincerarme con mis fieles lectores. No negaré que hemos valorado diferentes opciones. 

A la vista de que seré juzgado por explotación infantil, mi padre, que también es el abuelo de Irene, quiso asumir la responsabilidad propia del patriarca familiar y cargar con las consecuencias. Al principio lo consideramos como una excelente idea, el hecho de no estar en edad penal convertía la sugerencia en la escapatoria perfecta. Pero alguien cayó en la cuenta de que generar ingresos siendo un jubilado podría acarrear peores consecuencias.

Después fue mi hermana, en un alarde de lealtad que siempre le agradeceré, la que pretendió cargar con la culpa. Eso fue hasta que mi madre se percató de que podrían quitarle la custodia de la niña. Menudo follón, ahora abriré informativos y seré portada de todos los tabloides.

Todo esto me llega en el peor momento, sin posibilidad de reclamar derechos de autor, con Teddy Bautista fuera de circulación y con Ramoncín entretenido con otros asuntos.   

La experiencia ha sido muy enriquecedora, especialmente la de pulirme la guita sin ningún tipo de conocimiento. He sido tan sumamente desmedido que no me llegó para abrir una cuenta en paraíso fiscal alguno. No sufráis por mí, tengo la conciencia tranquila. Además, estoy esperando la llamada de una multinacional.