martes, 18 de diciembre de 2012

¿Comunicados o cautivos?


La hora siempre era la misma, las 14.30. Así que, allí estaba yo esperando para realizar o recibir la llamada. Cuando algún día, por el motivo que fuera, uno de los dos se retrasaba, el asunto comenzaba a complicarse. Eran muchos los imponderables que podían complicar la comunicación. 

En mi casa tan solo éramos cuatro, pero en la suya el número era sensiblemente superior. Por lo tanto, si sumábamos las probabilidades de ambas casas de recibir una llamada, era posible que para cuando quisiéramos quedar, uno de los dos hubiera tenido que irse. 

Eso era cuando yo peinaba pelo. Y cuando los teléfonos tenían cables y una ruleta donde tenías que meter el dedo para ir marcando los números correspondientes. Aborrecías que hubiera muchos nueves, porque eso significaba que tenías que girar la maldita ruleta hasta el límite del esguince. Y eso que de aquella no se marcaban los prefijos para las llamadas locales. 

El modelo clásico era el Heraldo, sobrio y distinguido. Normalmente en el salón, en nuestro caso ocupó durante muchos años uno de los extremos del taquillón que había en el pasillo. El otro, más moderno y con estilo vanguardista, era el Góndola. Tenía un cierto aire futurista y ergonómico, aunque nadie te libraba de la maldita ruleta. Solía estar en la habitación de los padres, casi bajo llave, no se fuera a estropear semejante joya. 

Atendías las conversaciones de pie, atado a un cable que impedía tu libertad de movimientos. En el pasillo eras objeto de cualquier oído indiscreto, así que, en las conversaciones más personales se hacía uso del Góndola. Claro que, siempre había algún cabrón que sigilosamente descolgaba el Heraldo para escuchar la conversación. 

Parece que ocurrió hace un siglo. Del mismo modo, hoy resulta imposible pensar que pudiéramos localizarnos. Si ya era difícil estando en casa, sin llamada en espera, ni buzón de voz; cuando ponías un pie en la calle la tarea era inviable.  

Y aquí estamos, unas cuantas décadas después, prisioneros de la comunicación. Localizado hasta cuando estás en el trono. El móvil, el fijo (sin cables y sin ruleta), el WhatsApp, el correo electrónico que también lo tienes en el teléfono, el Skype, el Tango, el Viber, el Facebook,  el Twitter… Mirando cada poco si tienes 3G o si el WhatsApp tiene las dos rayitas verdes que significa que el otro ha leído tu mensaje. 

Así andamos, comunicados pero medio gilipollas. Pensado que somos libres sin reparar en nuestro cautiverio.  Y yo, echando de menos los gritos de mi madre cuando me perdía cada tarde por el barrio y era el último en regresar a casa.