martes, 11 de diciembre de 2012

Atrapados en el tiempo


Absorto observaba el fuego de la chimenea, se sentía bien consigo mismo, con aquella sensación de paz interior que últimamente venía tanto a visitarle. Casi siempre llegaba en sus momentos más reflexivos, cuando estaba solo, ajeno al mundo. Era una buena ocasión para hablarse, aunque fuera en voz baja, susurrando.

Le gustaba sentir el tiempo detenido, engañarse pensando que los segundos no transcurrían. Disfrutaba imaginando que no estaba allí, que su alma se había desvanecido y, aunque estuviera en aquel lugar físicamente, viajaba hasta sitios insospechados. 

Con frecuencia pensaba en el paso del tiempo, no era algo que supusiera una obsesión, simplemente le fascinaba. Le hipnotizaba el transcurrir de las horas, de los días. Le invadía un sentimiento contradictorio, la alegría de sentirse feliz, disfrutando de cada instante y una cierta zozobra al pensar que ese segundo ya no volvería. Que aquella mirada sería otra, parecida, pero nunca la misma. Que la sonrisa que se desvanece a lo lejos quedaría para siempre congelada en su memoria, que aquella canción cambiaría su significado con el paso del tiempo, que determinadas circunstancias serían similares pero nunca iguales.  

“Es lo que tiene el tiempo” musitaba para sus adentros. Lo modifica todo, nos apresa. El humano, acostumbrado a dominarlo todo, es una víctima indefensa de un reloj que él mismo inventó. Esa palabra dicha a destiempo, cómo modifica nuestras relaciones en un instante. En un santiamén todo cambia para una eternidad. 

Pensaba en todas las veces que le hubiera gustado recoger de la basura las hojas arrancadas de tantos calendarios, reflexionó sobre todas las decisiones importantes de su vida. Trató de imaginar cómo sería ésta si en el último segundo no hubiera decidido entrar en aquel bar, en una decisión intranscendente, y no hubiera encontrado a la que hoy es su mujer.

Pensó en las oportunidades, en el destino, en cómo las decisiones más insignificantes pueden cambiar el futuro de cualquiera, recordó aquellos libros en los que debía elegir entre dos opciones y el final era diferente en función de cuál escogiera. Realmente, eso era la vida.

Las llamas ya eran rescoldos, miró el reloj y tomó conciencia del tiempo transcurrido. Otra vez el tiempo. A él no le había tratado mal, no había motivo de queja. Esperaba poder seguir manteniendo aquella magnífica relación. Pero siempre con la guardia levantada, eso sí.