viernes, 30 de noviembre de 2012

Cuando llega la noche


Miró a su alrededor, ya no quedaba nadie. Hacía tiempo que el último cliente había salido del bar, el camarero terminaba de rellenar las cámaras y afuera hacía frío, mucho frío. No sabía cuánto tiempo había pasado allí sentado, incluso tardó en saber quién era y qué motivo le había llevado hasta aquel desconocido tugurio. 

Últimamente la memoria le jugaba malas pasadas, cada vez los recuerdos se presentaban más borrosos, cada día más lejanos, todos amontonados, distorsionados por el paso del tiempo, desgastados por tanto frío y tanto viento. Se sentía cansado, maltratado por una vida a la que le dio todo y no le devolvió nada. O quizás sí, aunque no como a él le hubiera gustado. 

Volvió a observar el local, él estaba situado al fondo, cerca de los servicios. A su derecha se encontraba la barra, coronada por una gruesa pieza de mármol desgastado por el uso. Un enorme espejo cubría la pared trasera del mostrador, las baldas llenas de polvo aguantaban el peso de múltiples y diferentes tipos de botellas. Media docena de taburetes, con aspecto de haber soportado las culpas de muchos hombres, se situaban frente a la barra. 

A su izquierda había una mesa con tres sillas, un perchero del que colgaba su ajado abrigo, además de una escoba junto a su correspondiente recogedor. Al alzar la vista observó las mesas y sillas restantes, no eran muchas pero le dio pereza contarlas. Reparó en que el mobiliario estaba viejo, tanto como él. Pensó que aquellas paredes escondían muchas historias, historias de todo tipo. Aunque resultaba evidente que allí había corrido más el alcohol que el café. 

Miró a través de las ventanas, había empezado a nevar. Los copos comenzaban a cubrir los coches, no se veía a gente por la calle, era noche cerrada y el cielo tenía un color anaranjado. La angustia se adueñó de su estómago, retorció sus entrañas. Otra noche más, la maldita noche. Otro banco, quizás con suerte un portal o la entrada de algún garaje. Sí, mejor pasar allí la noche. Aunque dormir al raso pudiera ser el fin de aquella agonía, de tanta desdicha. 

El camarero le observaba de forma compasiva, eso le incomodó. Con gran esfuerzo logró ponerse en pie mientras se alisaba la camisa. Cogió su inseparable abrigo, sacó del bolsillo derecho la roída bufanda y se vistió con la poca dignidad que le quedaba. 

Con una leve inclinación de cabeza se despidió, la vergüenza le impedía articular palabra alguna. Se acercó a la puerta acompañado, como cada noche a esas horas, por la condenada angustia. Agarró el tirador de la puerta, respiró hondo, subió los cuellos de su abrigo y salió a la calle.