martes, 2 de octubre de 2012

No hay peor ciego que el no quiere ver


El viernes pasado no salía de mi asombro mientras leía la columna de Juan Mora en el As. Hablaba sobre la buena salud de la que goza el baloncesto español, donde la crisis parece no haber tenido cabida.

Hay varias frases que resultan llamativas, pero especialmente destaca esta: “desde que José Luis Sáez está al frente de la Federación todo son buenas noticias. Algo tendrá que ver en ello este hombre. Hasta la crisis no parece ir con él, y consiguientemente tampoco con el baloncesto”.

Nadie en su sano juicio puede negar los éxitos de la selección absoluta, del mismo modo que, nadie que esté en sus cabales puede negar que la crisis que sufre el baloncesto español sea galopante.

Si hablamos de la ACB, sólo hay que fijarse en el éxodo masivo de las grandes estrellas. Siete de los diez jugadores más valorados de la temporada pasada se han ido de nuestro país. Antes la amenaza sólo venía de la NBA, ahora Rusia y Turquía son otros de los destinos.

Pero si hacemos referencia al baloncesto que cita Juan Mora, el de la FEB, el panorama es absolutamente desolador. En la temporada 2007/08 había tres divisiones prácticamente profesionales en su totalidad (LEB Oro, Plata  y Bronce) con un total de 53 equipos, lo que suponía trabajo para unos 530 jugadores, además de otros 100 ó 125 profesionales entre entrenadores, ayudantes de entrenador, fisioterapeutas o preparadores físicos.

Al día de hoy, la LEB Bronce hace años que no existe, la LEB Plata subsiste como buenamente puede (11 equipos) y la LEB Oro se ha visto afectada de lleno por la desaparición de clubes históricos, formando finalmente una liga de 14 equipos. Cuando desde la temporada 2003/04 la conformaban 18.

Si hablamos de los salarios que perciben muchos de los jugadores y entrenadores en comparación con temporadas anteriores, han sufrido reducciones más que considerables, tanto en las cantidades percibidas como en el tiempo trabajado, puesto que la competición se ha acortado.

En otro momento podremos debatir sobre si era un modelo sostenible, sobre si suponían demasiados equipos profesionales o sobre si los sueldos eran elevados o se ajustaban al mercado. Pero sobre lo que no hay discusión alguna es sobre el hecho de que el baloncesto FEB está atravesando su peor momento. Los números no mienten.

Los ayuntamientos y diputaciones, principales sponsors, han cerrado el grifo. Las empresas privadas hace tiempo que se olvidaron de patrocinar equipos, mientras no exista una ley de mecenazgo en condiciones pensar en un padrinazgo privado resultará una quimera.

Los clubes se ven asfixiados por el canon, la ficha federativa de los jugadores no comunitarios (no Cotonou) o las cuotas de arbitraje. A cambio, los acuerdos publicitarios que consigue la FEB (unos cuantos –como el que da nombre a las ligas- y realmente buenos, una de las grandes gestiones del presidente) no repercuten de ningún modo en los equipos.

Y poco a poco la segunda y la tercera división de nuestro baloncesto, que vivieron grandes épocas, van languideciendo hasta que no les quede aliento. Si no se remedia antes, pinta no tiene.