viernes, 8 de junio de 2012

Descansa en paz, paisano.





Hay personas a las que te gustaría conocer, esas que deseas que formen parte de tu círculo de amistades o pertenezcan a tu familia, con los que te sentirías a gusto tomando una caña, confesando el peor de tus  secretos o hablando de las cosas de la vida. Ese tipo de personas que se visten por los pies, que llaman a cada cosa por su nombre y miran a la vida de frente.

Nunca he encontrado un sentimiento de consternación tan generalizado por la muerte de alguien a quien no se conocía personalmente. Quizás porque Manolo Preciado era el tendero de abajo, el camarero del bar, tu colega de correrías, ese amigo que siempre estaba presente, un tipo corriente en un mundo de divos, un fuera de serie, o como a él le gustaba decir, un paisano.
No tuvo una vida fácil, siempre marcada por la tragedia, esa de la que ha terminado siendo víctima. Nunca se arrugó, siempre miró al cielo y tomó el más difícil de los caminos, el de los hombres fuertes, ese que hubiéramos rechazado la mayoría porque era el más duro. Porque lo mejor era evitar que la vida pasara, quitarse de en medio, truncar el curso de los acontecimientos y ser el dueño de tu destino.
Empezó desde abajo, lejos de los ex jugadores que pueblan los banquillos con el único mérito de haber sido buenos pegando patadas a un balón. Salió de la nada y caló hondo. Se ganó el respeto de la profesión y del público, terminó siendo mediático sin pretenderlo, nunca se achicó y jamás puso una excusa. Un tipo de ley, un referente, un fenómeno.
Cuando uno vive lejos de la mitomanía, pero un paisano con pelo cano y bigote le llega al alma, cuando sabe que éste ha comido mucha mierda y que se lo ha currado como el que más, a costa de trabajar y de hacer el camino con honestidad; se queda jodido al saber que la muerte se lo lleva cuando no tocaba.

Jodido porque hoy se me ha hecho un nudo en la garganta y se me ha encogido el estómago recordando aquel día que le dio caña a Mourinho sin arrugarse, el otro en el que evitó el sendero de la excusa o cualquier vez en la que el Molinón coreó su nombre.

Jodido porque será difícil encontrar en un banquillo, da igual el deporte, una persona tan llana, sin dobleces, sin ambages, directa, sencilla, sentimental y honesta. Porque en esta época que vivimos, llena de fariseos, de vendedores de humo, de maestros de la excusa, de catedráticos de la retórica y las frases hechas, Manolo Preciado era la excepción a la regla.

No creo en el más allá, pienso que la vida empieza y se acaba aquí, pero si de verdad existiera el cielo, Manolo Preciado debería ocupar un lugar preferente. Descansa en paz, paisano.