sábado, 3 de marzo de 2012

Recuerdos imborrables

Su voz cada vez sonaba más lejana, mientras yo, sin atreverme a mirar hacia atrás, me agarraba al manillar temiendo lo peor. Hacia unos cuantos segundos que el miedo había invadido mi cuerpo, y por primera vez entendí lo que significaba obviar la certeza.

Detrás ya no había nadie, mejor dicho, él seguía allí, pero cada vez más lejos. Minutos antes le había pedido con voz temblorosa que no me soltara, él me aseguró que no lo haría, que estuviera tranquilo. El temor y la inocencia me invitaron a pensar que aquello era cierto, nada más lejos de la realidad.

Armándome de valor conseguí volver la vista atrás, pude ver una sonrisa de satisfacción en su rostro mientras me saludaba, estaba de pie en aquella soleada mañana de domingo junto a su amigo Solano, que celebraba del mismo modo que mi padre la hazaña de aquel mocoso de seis años.

Sin apenas tiempo para reaccionar volví a mirar al frente, en ese momento cientos de pensamientos inundaron mi cabeza: “Sabía que me iba a soltar” “No teníamos que haber quitado los patines” “Me voy a caer” “Voy a pillar a aquella señora del bastón”…..hasta que la alegría dejó a un lado el miedo y la satisfacción se convirtió en mi única compañera de viaje.

Dicen que uno nunca se olvida de andar en bicicleta, del mismo modo que hay recuerdos que, por muchos años que pasen, siempre permanecen en un lugar especial de nuestra memoria.


jueves, 1 de marzo de 2012

Que cada uno aguante su vela

No hace falta ser ingeniero naval para darse cuenta de que el barco se hunde. Tiene agujeros de calado de proa a popa. Por eso alguno hace tiempo que intentó soltar amarras, otros, por el contrario, prefieren hacer como los músicos del Titanic, se ajustan la pajarita, se atusan el pelo y se aferran a los instrumentos como si aquellos fueran a salvarles la vida.

Hace tiempo que no hay víveres en las bodegas y que las telarañas pasaron a formar parte de un decorado desolador. El capitán intenta mantener la dignidad como buenamente puede, el contramaestre tiene la camisa llena de lamparones, los marineros no recuerdan la última vez que recibieron su jornal y apenas tienen un mendrugo de pan que llevarse a la boca.

El que allí los envió mira hacia otro lado, quizás en busca de otros infelices a los que embarcar en un futuro, como si esta histérica historia no fuera con él. Tranquilo y sosegado desde su torre de marfil, ajeno a todo y a todos, ausente en apariencia y de facto ineficiente.

La culpa siempre fue de otros, el capitán apunta al dueño de la nave, el contramaestre ya no sabe a quién señalar, los marineros hace tiempo que dejaron olvidada su dignidad en algún tugurio de mala muerte y el dueño de la fragata culpa al oficial de no saber gestionar los recursos puestos a su alcance.

Tan mal está la cosa que apenas hay piratas de los que defenderse, muchos de ellos evitan asaltar la nave conscientes de que el riesgo es mayor que la posible ganancia. Unos cuantos aún están convalecientes de profundas heridas, lejos quedan los tiempos en los que subir a bordo armados con bayonetas y cuchillos reportaba pingües beneficios.

Y mientras la nave sigue sumida en este desgobierno, la tormenta de ahí afuera no ayuda, muy al contrario. El viento y las olas azotan la embarcación, hace tiempo que se rompieron los mástiles y dejamos de tener noticias de las velas. Al timón, protegido por la codicia y el protagonismo, no hay quien se acerque; y el cuaderno de bitácora es papel mojado.

Y con este panorama convivimos, entre la queja y el lamento, el susurro y el grito, atrapados en nuestra propia incapacidad, ausentes de soluciones, esperando que sean otros los que las aporten, víctimas de este eufemismo que hoy he escrito. Alguno lo entenderá, eso espero.