domingo, 23 de diciembre de 2012

Inconsciente juventud


Todo lo que aquí contaré promete ser verídico. Lejano, con un cierto toque divertido e inconsciente, pero real como la vida misma. Evitaré, para no herir sensibilidades y no arruinar prometedoras carreras, dar nombres y apellidos. Cada cual sabrá reconocerse. 

De pie, cada uno con su caña en la mano, muchas veces nos da por recordar los disparates que cometimos durante la adolescencia. Después de reírnos y tras la inevitables puyas mutuas, alguien siempre tiene un momento reflexivo y dice: “Joder, no sé cómo es posible que estemos vivos”.

Pocos episodios vivieron la ausencia de efluvios etílicos, la juventud y la insensatez tienen esas cosas.

Tuvimos dos coches míticos, el mini y el torete. El primero corrió un rally “Mil lagos” en una finca que tenía un camino de apenas 500 metros, no dio ninguna vuelta de campana, pero se llevó por delante un par de árboles y una farola. Ese mismo cruzó la pasarela peatonal que hay sobre el río Bernesga. El recodo de la última rampa hubo que salvarlo moviendo el coche a pulso. El torete vivió episodios dignos del mismísimo “Vaquilla”, creo que los delitos aún no han prescrito. Así que, relatarlos aquí no sería muy inteligente.

A nivel personal todos tenemos algún episodio que provoca la mofa del resto. Como aquel en el que, después de estar esperando durante semanas el concierto de Radio Futura, terminó usando su entrada para dormir en un burladero de la plaza de toros. Se recordará como una de las siestas más caras de la historia. Al menos despertó para oír “Escuela de calor”. 

Recuerdo aquel que fue pillado, por el padre de otro, en plena taza del váter a las siete y media de la mañana observando absortamente cómo el tambor de la lavadora no dejaba de dar vueltas. Aquellas debieron ser las mismas fiestas en el que uno de nosotros le tiró la bici al río a un pobre chaval que se rió al ver que se había caído unos metros más adelante. 

O el otro que se escapó por la puerta a las 12.30 de noche aprovechando el ruido que hacía aquella vieja cisterna y regresó para subir entrado por la ventana de la cocina. A la que se tenía acceso desde el patio de luces y a la que solamente se podía llegar trepando por un canalón. 

Aquel que se quedó dormido sobre un bafle en las fiestas de Villafruela del Condado mientras sonaba El Fary, los que saltaban la valla del Recreo Industrial para bañarse bien entrada la noche o los que provocaban una avalancha en el antiguo Amilivia para colarse en un concierto de Héroes del Silencio.

La fiesta de nuestro dieciocho cumpleaños y aquella casa del Ejido. Donde 60 adolescentes y sus feromonas terminaron por destrozar aquella residencia de tres pisos. Y donde a uno le dio por echar mercromina en la sangría e ir marcando en los baldosines de la cocina el número de víctimas. 

Mientras escribo, reflexiono y me doy cuenta de que las vivencias de 25 años dan para un libro. Quizás ordene mis ideas y me ponga a ello. Entonces daré nombres y apellidos. Como el del fulano del burladero, el mismo que martilleó mi oído esa noche (antes de quedarse dormido) con el Purple rain de Prince.

jueves, 20 de diciembre de 2012

La Navidad, esa dulce mentira.


La Navidad es un cuento cojonudo, cuando se es niño. Llegan las vacaciones, mucho más cortas que las del verano pero con acontecimientos más señalados. Emiten películas en televisión que no se ven durante otra época del año. Antiguamente, sólo llegaban los Reyes Magos, a los cuales estabas esperando durante tres meses como agua de mayo, para después sólo tener la posibilidad de disfrutar de su presente (al menos dentro del periodo vacacional) durante un día. 

Gracias a los estadounidenses, que para estas cosas nos sacan una ventaja de cinco cuerpos, hace unos cuantos años que también contamos con Papa Noel. Por lo tanto, más tiempo para disfrutar de sus correspondientes regalos y más cajas que abrir. 

Si nieva la combinación es perfecta. Unos cuantos bolazos, unos muñecos de nieve y algún que otro tobogán con unas bolsas de plástico. 

Cuando uno es adolescente la cosa tampoco está del todo mal. Las vacaciones se esperan con diferente inquietud y los regalos hacen ilusión pero suelen ser más prácticos. A todo esto añadidos la fiesta de Nochevieja. Ese día en el que estás esperando que suenen las campanadas para que llegue la barra libre: la de la fiesta de turno y la de la hora de regreso.

Cuando el inexorable paso del tiempo te explica cómo funciona la vida, la Navidad toma un sentido diametralmente opuesto. Las vacaciones no son tan largas (excepto si eres maestro), la ausencia de responsabilidades hace tiempo que desapareció, estás de Santa Claus y sus diferentes versiones cinematográficas hasta el gorro y tienes que ir a cenas de empresa que te apetecen lo mismo que tener una piedra en la vesícula.

Los regalos hace tiempo que perdieron la magia, porque un día hubo un cabrón que en quinto de E.G.B. te destripó la ilusión de que llegara Melchor. Menos mal que en aquella época no teníamos noticias del tipo gordo de la barba. 

Ahora existe el amigo invisible, ese que tanto ha ayudado a la economía familiar y que de invisible tiene bien poco. A los tres minutos de elegir el papelito todo el mundo sabe quién regala a quien. Para darle un poco de emoción, damos dos o tres pistas sobre lo que queremos. Aunque en algunas ocasiones eres tú quien compra tu propio regalo. 

Como fin de fiesta chochamos de bruces con el cinismo y la hipocresía. Algún que otro acto solidario. O besos y abrazos por doquier con personas a las que el día 2 de enero apenas saludaremos. Es lo que tiene esta época, que enternece los corazones y limpia las conciencias. 

Por no hablar de lo que significan estas fiestas para los que han perdido recientemente a un familiar o para los que tienen poco o casi nada. Siento estropear el cuento, pero así de cruda es la Navidad. Por eso siempre es mejor seguir siendo niños.

martes, 18 de diciembre de 2012

¿Comunicados o cautivos?


La hora siempre era la misma, las 14.30. Así que, allí estaba yo esperando para realizar o recibir la llamada. Cuando algún día, por el motivo que fuera, uno de los dos se retrasaba, el asunto comenzaba a complicarse. Eran muchos los imponderables que podían complicar la comunicación. 

En mi casa tan solo éramos cuatro, pero en la suya el número era sensiblemente superior. Por lo tanto, si sumábamos las probabilidades de ambas casas de recibir una llamada, era posible que para cuando quisiéramos quedar, uno de los dos hubiera tenido que irse. 

Eso era cuando yo peinaba pelo. Y cuando los teléfonos tenían cables y una ruleta donde tenías que meter el dedo para ir marcando los números correspondientes. Aborrecías que hubiera muchos nueves, porque eso significaba que tenías que girar la maldita ruleta hasta el límite del esguince. Y eso que de aquella no se marcaban los prefijos para las llamadas locales. 

El modelo clásico era el Heraldo, sobrio y distinguido. Normalmente en el salón, en nuestro caso ocupó durante muchos años uno de los extremos del taquillón que había en el pasillo. El otro, más moderno y con estilo vanguardista, era el Góndola. Tenía un cierto aire futurista y ergonómico, aunque nadie te libraba de la maldita ruleta. Solía estar en la habitación de los padres, casi bajo llave, no se fuera a estropear semejante joya. 

Atendías las conversaciones de pie, atado a un cable que impedía tu libertad de movimientos. En el pasillo eras objeto de cualquier oído indiscreto, así que, en las conversaciones más personales se hacía uso del Góndola. Claro que, siempre había algún cabrón que sigilosamente descolgaba el Heraldo para escuchar la conversación. 

Parece que ocurrió hace un siglo. Del mismo modo, hoy resulta imposible pensar que pudiéramos localizarnos. Si ya era difícil estando en casa, sin llamada en espera, ni buzón de voz; cuando ponías un pie en la calle la tarea era inviable.  

Y aquí estamos, unas cuantas décadas después, prisioneros de la comunicación. Localizado hasta cuando estás en el trono. El móvil, el fijo (sin cables y sin ruleta), el WhatsApp, el correo electrónico que también lo tienes en el teléfono, el Skype, el Tango, el Viber, el Facebook,  el Twitter… Mirando cada poco si tienes 3G o si el WhatsApp tiene las dos rayitas verdes que significa que el otro ha leído tu mensaje. 

Así andamos, comunicados pero medio gilipollas. Pensado que somos libres sin reparar en nuestro cautiverio.  Y yo, echando de menos los gritos de mi madre cuando me perdía cada tarde por el barrio y era el último en regresar a casa.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

El fin del mundo según los mayas.


Ayer, Carlos Orejas me dio un décimo de lotería que según las predicciones de una vidente será el gordo de la lotería de Navidad el próximo 22 de Diciembre. De hecho, tal ha sido la repercusión de semejante vaticinio que la administración que dispone del número mágico no ha parado de recibir llamadas desde diferentes puntos de la península tratando de hacerse con el “gordo”. 

Como no podía ser de otro modo, un tipo como yo, tan aficionado a la astrología y a las predicciones de los futurólogos, he amanecido con la conciencia de un millonario. Mientras desayunaba mi cola-cao con magdalenas, pensaba en cómo será mi vida a partir del día 22. La despreocupación de una hipoteca pagada, viajes, nuevas experiencias… 

Cuando estaba mojando el último trozo de la última magdalena, he caído en la cuenta de que el fin del mundo según los mayas se va a producir un día antes del sorteo. Mi fin ha estado a punto de llegar en una fecha tan molona como el 12/12/12. Qué manera de atragantarme. De un plumazo habían desaparecido mis sueños, había perdido 400 mil euros y, lo que es peor, los 20 que me costó el décimo. Coño, ¿no podían haber esperado los mayas un lustro y permitir que me lo fundiera?  

Como me resisto a dejar de tener una casa con piscina he empezado a documentarme. Recientemente la NASA, e incluso el Vaticano, ha desmentido a los mayas. Parece que ningún cataclismo cósmico, como el choque de la Tierra con otro planeta, el impacto de un asteroide gigante o una llamarada solar acabarán con nuestra civilización. De momento. 

Aunque parece que la argumentación de los científicos no ha convencido a las miles de personas que han escrito preguntando por la hecatombe; y ya hay muchos que se apresuran a hacer acopio de víveres, linternas, armas, oro o semillas. Sin comentarios.

Tal ha sido mi preocupación matutina que he querido informarme de manera más concienzuda. Y me he quedado mucho más tranquilo cuando me he enterado que recientemente han encontrado el calendario maya más antiguo. Unas tablas que datan del siglo IX, pintadas en las paredes de una casa en un yacimiento de Guatemala, donde describen el ciclo de la Luna y de los planetas, al menos, durante 7.000 años más. Eso sí que es aparecer en el momento oportuno.

Estoy hecho un verdadero lío. Si me fio de la interpretación catastrófica, creo que debería vender el décimo y gastar el dinero en cerveza. Por el contrario, si las tablas astronómicas tienen razón y al planeta le quedan 7.000 años por delante, estoy tardando en comprar una serie completa. Claro, todo esto, suponiendo que la vidente no tenga presbicia y haya confundido algún número.

Creo que me voy a quedar con el décimo por no hacerle un feo a Carlos. Si el día 22 amanecéis como cualquier otro y veis que a partir de entonces ya no escribo, ya sabréis quien estaba en lo cierto.