domingo, 11 de septiembre de 2011

El día que cambió el mundo

Sentado frente al televisor, mientras me retorcía en aquel incómodo sofá, oía de fondo a mi novia que se estaba preparando para ir a la playa. El teléfono sonó casi al mismo tiempo que aparecía en pantalla el pálido rostro de Matías Prats.

Diego Tobalina, que era quien estaba al otro lado, requería mi atención sobre lo que estaba ocurriendo. “¿Has visto? ¡Un avión se ha estrellado contra una de las Torres Gemelas!”. Casi sin tiempo para responder, observamos como otro avión impactaba contra la otra torre. 
Pilar se disponía a salir por la puerta cuando la llamé para que viera lo que estaba pasando; se fue a la playa pensando que aquello simplemente era un accidente, muy extraño por el hecho de que fueran dos los aviones que se habían estrellado, pero un accidente al fin y al cabo.

El sopor se había esfumado y el estupor hacía tiempo que se había apoderado de Diego, que seguía al otro lado, y de mi. La información era contradictoria, un tercer avión caía en Pensilvania y un cuarto se estrellaba contra el Pentágono.

La hipótesis de un atentado terrorista cobraba cada vez más fuerza, aunque nadie quería, ni podía pensar, que la mente del ser humano puede envolver tanta crueldad.
Ninguno de nosotros imaginaba que aquella masacre cambiaría el mundo. Los Estados Unidos, hasta entonces potencia inexpugnable, había sufrido el mayor atentado terrorista de su historia a manos de unos extremistas que amenazaban el orden y la paz de occidente.

Hubo un antes y un después del 11 de septiembre de 2001. El mundo cambió a nivel político, económico y social. La seguridad se convirtió en una obsesión y el planeta se partió en dos.

Todos nos sentimos conmocionados, nadie podrá olvidar aquellas imágines y aún hoy, un escalofrío recorre mi cuerpo al verlas de nuevo.
A pesar de ello, y de la barbarie que supuso aquella masacre, no puedo dejar de pensar que todas las víctimas de atentados terroristas son inocentes, pero no todas las muertes valen lo mismo.