martes, 14 de junio de 2011

La última parada de un viaje extraordinario


La televisión primero, e internet después, han logrado que todos estemos un poco más cerca. Nos han proporcionado la posibilidad de visitar lugares sin ni tan siquiera salir de casa. Nuestra imaginación nos ha transportado, en más de una ocasión, a esa ciudad que tantas veces deseamos visitar. Nuestra memoria fotográfica nos ha permitido reconocer calles en las que nunca estuvimos anteriormente. Todos estos condicionantes reducen la capacidad de asombro, el sentimiento de fascinación.

Algo así fue lo que me ocurrió con Nueva York, esperaba comportarme como Paco Martínez Soria, la misma expresión de perplejidad, a falta de la boina y la gallina. No negaré que me pareció una ciudad excepcional, sobrecogedora y enormemente bulliciosa, pero "Españoles por el mundo" y "Callejeros viajeros" habían hecho desaparecer el elemento sorpresa.

Es un lugar para perderse en él, para mimetizarse con el paisaje y pasar inadvertido, para deslizarse por sus calles y mirar al cielo sin apenas poder ver el sol, para caminar por Central Park mientras imaginas que eres el protagonista de Love Story, para pasear por la quinta avenida como si estuvieras hecho para vivir en ella. Es una ciudad para eso y para mucho más. Pero esperaba quedarme boquiabierto con Rockefeller Center o con la estatua de la Libertad, y no fue así.

A cambio de la falta de pasmo estuvieron las risas, el descojono más bien. Rubén dejó de ser él para convertirse en el pájaro carpintero, Ochogavia pasó a ser el oso Yogi y allí, en la parte final de nuestro viaje, incorporamos a Dani, más conocido por el mago de las finanzas o Roger, por su extraordinario parecido con Federer.

Aquel hotel neoyorquino da para un libro. Dos camas king size a compartir, habitación sin espejo, lavabo incrustado en una esquina de la habitación, tipo Ikea, aprovechando el espacio, ducha último modelo con cortina especial para que todo el agua saliera cual manantial, vamos, un poema.

Las noches fueron épicas, para que las camas no chirriaran había que contener la respiración, algo que se complicaba cuando te quedabas dormido. El más mínimo movimiento provocaba un crujido estremecedor, el oso Yogi se quedaba sopa boca arriba y comenzaba con la serenata, el mago de las finanzas le acompañaba a capela, el pájaro carpintero emitía su chasquido llevado por su desatada mala hostia, ruido que hacía más agudo a medida que los ronquidos aumentaban.

Mientras, yo, asistía perplejo a un espectáculo inigualable. Mi liviano sueño me permitió no perder detalle de tamaño acontecimiento, cada noche una sinfonía, cada minuto un nuevo espectáculo, ni tan siquiera el Radio City Music Hall está a la altura de lo que se vivió en aquel hotel de la 3ª avenida.

Fueron días muy divertidos, el perfecto colofón para un viaje perfecto. Y no negaré que si quedé impresionado con la grandeza de Central Park, con las luces de Times Square y con aquellos tres sensacionales tipos que hicieron de Nueva York una ciudad que no aparece en las guías.