lunes, 2 de mayo de 2011

Sueños a la ribera del Atlántico


Los 580 kilómetros que separan Nueva York de Norfolk se recorren en algo más de 7 horas. Los constantes límites de velocidad que impiden superar las 50 ó 55 millas no permiten reducir ese tiempo. Además, como nos recordaba constantemente Ochogavia, Estados Unidos no es un país para andarse con tonterías. Rubén y yo, conscientes de aquella afirmación por los periodos que ambos pasamos allí, convertimos en una máxima aquella frase y la utilizamos cada vez que tuvimos la más mínima oportunidad. Ya podías saltarte la cola de un supermercado como aparcar en doble fila, aquella cantinela siempre estaba presente, y las risas posteriores también.

Fue un viaje pasado por agua, pero agradable gracias a la buena conversación que mantuvimos dentro del coche. Habíamos llegado a media tarde a Newark, por lo tanto, debíamos cenar y dormir por el camino. Las áreas de descanso en Estados Unidos tienen poco o nada que ver con las de nuestro país; en ellas puedes encontrar varios tipos de restaurantes, de los suyos eso sí, supermercados y hoteles.

Tras una reparadora cena en un Burger King de carretera, tentación que tuvimos la suerte de vencer durante nuestra estancia en Houston, nos dispusimos a encontrar un hotel que nos permitiera descansar. Como suele ocurrir en estos viajes, vas dejando pasar excelentes oportunidades esperando encontrar algo mejor, al final, la noche se echa encima y terminas entrando en la peor de las elecciones posibles. Así que, al igual que Marion Crane en Psicosis, nos alojamos en un motel parecido al de los Bates.

Lo más sorprendente del viaje resultó ser el Chesapeake Bay Bridge-Tunnel, el puente túnel más largo del mundo con una distancia superior a los 24 kilómetros y que une la costa este de Virginia con la parte continental de ese mismo estado. Pareces estar en un parque de atracciones sobre el océano Atlátinco, la estructura se va retorciendo sobre el agua para terminar sumergiéndote en un túnel mientras un camión nos persigue como si fuera el diablo sobre ruedas.

Norfolk resultó un lugar tranquilo y agradable, con una bonita bahía, el centro de la ciudad cuidado y limpio, con el tranvía recorriendo sus calles y el edificio del ayuntamiento siendo una réplica a pequeña escala del Capitolio. Por el contrario, Virginia Beach resultó ser más impersonal, con cientos de edificios a lo largo de la playa de placer más larga del mundo, como atestigua el Libro Guinness de los récords.

El Portsmouth International Tournament, más conocido en el mundo del baloncesto como el PIT, supuso una nueva experiencia para mi. Tienes la sensación de estar en un mercado, en una lonja de pescado donde las piezas más codiciadas serán subastadas al final de la jornada. Allí se dan citan los mejores universitarios en su año senior, a excepción de los llamados a ocupar un puesto en el draft de la NBA.

Mientras ellos intentan exhibirse, decenas de agentes esperan su momento en las gradas. Aquello supone una lucha sin cuartel, en la pista y en la tribuna. Unos luchan por conseguir un contrato en alguna liga profesional que les permita iniciar el sueño de una futura carrera profesional, mientras otros persiguen ser quienes hagan realidad esos anhelos.

Auténticos atletas sobre la cancha, mates estratosféricos, rebotes que desafían las leyes de la gravedad y tapones que humillan a cualquiera. Unos cuantos harán buenas carreras en Europa, podrán ganarse la vida jugando a este deporte. Otros tantos quizás se queden en el camino mientras maldicen su suerte al entender que no siempre los sueños se cumplen.