miércoles, 23 de noviembre de 2011

Agosto

Apoyó su espalda sobre la pared, dejó que ésta se fuera deslizando hasta posar su culo sobre el suelo. Hacía años que no estaba allí, demasiados, había dejado olvidados unos cuantos recuerdos, aquello olía a viejo, a pasado, a cierta reminiscencia, a nostalgia. Las cuencas de los ojos se le llenaron de lágrimas, lágrimas de felicidad, se sentía vivo, ausente, ajeno, alejado pero vivo.

Le hubiera gustado compartir aquel momento con ella, disfrutar de sus ojos y su sonrisa. Susurrarle al oído todos sus secretos, una vez más. Advertirle de los peligros, prometerle el infinito a sabiendas de su falta de compromiso, acariciar su mejilla y reír juntos. Deseaba que asi fuera, pero hacía tiempo que las cosas habían cambiado. Ella ya no estaba, hubo una temporada en la que fue distinto, una época en la cual lo compartieron todo, un espacio en el que no hubo lugar para nadie que no fuera ellos. Otro tiempo, el pasado.

Pudo ver el mar a lo lejos, sentir el golpeo de las olas en su cabeza, imaginar la luna llena en aquellas noches de largos paseos, su mano, las huellas de sus pisadas, el agua, las viejas rocas castigadas por el paso de los años y el viento, su sonrisa, siempre su sonrisa.

Aquella que le cautivó, la misma que le hizo perder el control, la del chantaje y la complicidad, la del amor eterno y a la vez vacío de significado, la de las dudas, la del temor y el cariño, aquella que decía no me olvides nunca y te esperaré siempre. Esa, la que nunca fallaba y levantaba el ánimo, aunque fuera embustera y canalla, simplemente, su sonrisa.

Y mientras, el mundo en un baúl, guardado, como si su existencia fuera cosa de mayores. Tapado con aquellas mantas de lana para evitar que respirara, con la tapa echada y los candados cerrados, no fuera nadie a estropear aquel sueño. El mismo que les tenía cautivos, presos, faltos de aliento y sobrados de esperanzas.

Se juraron amor eterno, se prometieron las estrellas, el se vio capaz de bajarlas para ella, besó sus labios en señal de compromiso, ella sonrió, otra vez su sonrisa, el corrió hacia un extremo de la playa, ella le siguió, se obligó a no olvidarle y él lloró. Ahora es noviembre, y el verano hace tiempo que acabó.

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