miércoles, 30 de noviembre de 2011

La vida


La vida se condensó en 3.600 gramos y un gemido, ni tan siquiera hubo un llanto. Aquello, sin lugar a dudas, ya vendrá después. El centro de atención, los primeros minutos del futuro, el sueño ausente de preocupaciones, una mueca que todos interpretamos como una sonrisa y la luz que impidió enseñar el color de los ojos con los que se hubieran terminado de confirmar los parecidos.

La madre, bien, gracias. Pasó a un segundo plano; cosida transversalmente, con los nervios de una primeriza sin serlo y unos cuantos quilos menos. Con la risa floja y las lágrimas de emoción e inquietud en los ojos. Mirando sin ver y con el único anhelo de llevar a sus brazos a la que durante nueve meses estuvo en su seno.

La emoción contenida y el desasosiego vencido por el paso del tiempo y la certeza. La vida demostrando su esplendor, enseñando la inocencia que no deberíamos perder nunca, la necesidad de sentirte protegido y la esperanza del porvenir.

Varias generaciones en torno a un gesto, a un guiño, todos con cara de enamorados, con la baba colgando hasta tropezar y los relojes detenidos, porque en aquel momento nada importaba más que aquello. Sólo el sonido del teléfono y los flashes de las cámaras rompían el embelesamiento. Risas, miradas de complicidad y una protagonista extraña al evento.

Su hermana mayor emocionada y ajena a la responsabilidad que está por llegar, los abuelos nerviosos, no menos que el padre, y los tíos pensado en los regalos de navidades y en cómo mal criarla.

Y mientras, Elsa a lo suyo. Deseando que nadie la molestara, intentado averiguar por qué la sacaron de aquel lugar en el que se encontraba tan a gusto, ausente de compromisos y explicaciones, feliz sin saberlo.

Cincuenta y un centímetros de vida que se alargarán con el paso del tiempo, que llenarán de esperanza nuestros rincones más oscuros y nos robarán el corazón. Con los que nos reiremos cientos de veces desando que no crezcan nunca para no perder su pureza y con los que volveremos a ser niños sin saberlo. Esos mismos que lograrán que siempre nos sintamos vivos.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

25 años no son nada


Mientras todos reían eché mi silla hacia atrás, tomé un poco de distancia y los observé. Los fui mirando uno a uno y tuve la sensación de que el tiempo pareció detenerse años atrás. Alguno peinaba menos pelo, un par de ellos ni tan siquiera eso, otros muchos una cuantas canas, varias barrigas asomaban, las menos, muchas responsabilidades a cuestas y unas cuantas cargas. Más experiencias que entonces y menos recorrido por delante, la ilusión de aquellos días modificada, transformada por el paso de los años y las cicatrices.

Por un momento me sentí lejos de aquel lugar que tantos recuerdos nos proporcionó, me llevé a cuestas el tiempo transcurrido y la memoria. Recordé aquellas tardes en el Ferral, ausentes de responsabilidades, o eso creíamos, con el único propósito de la diversión, con la bebida como herramienta y el futuro como testigo, aquellos días lejanos, cuando éramos los reyes del mambo.

Cuando Alicia vomitó la chupa nueva de Toño, que quiso ser un caballero de propósito oculto para ella y evidente para todos nosotros y terminó maldiciendo su señorío. Cuando aquella curva me mandó al suelo con la moto del Tocho, el mismo día que Viejo casi le abre la cabeza a Marta Raquel al dejarla caer sobre la vieja mesita, ese día en el que Richy le quiso “quitar” la novia a Chema, o eso decía él.

No debió ser el mismo en el que Gelín casi mata a Morales después de que éste lo posara sobre las brasas de la barbacoa, pero si fue el día en el que Arturo se comportó como nuestro hermano mayor y David añadía una nueva hazaña amorosa a su historial. Quizás fue ese, u otro diferente, en el que Fernando nos perseguía para besarnos en la boca y a Veloso se le entendía mejor borracho que sobrio, aunque esto no ha cambiado.

Josines empezaba a construir su leyenda mientras ninguno de nosotros quería sentarse a su lado, no fuera que nos quedásemos sin comida. Javi, como siempre que la luz se atenuaba, esperaba agazapado el momento del zarpazo. Y aquel pudo ser el año en el que Andrés utilizó un burladero de la plaza de toros para dormir la mona durante un concierto de Radio Futura; después de que Juan nos bajara a León con una de las ruedas de su Opel Corsa pinchada

Alguna gracia de Morales mientras se metía con Fami y sus rollos me trajo de nuevo allí, veinticinco años después, con aquellos mismos tipos, los de entonces y los de ahora, los mismos que hemos caminado de la mano hasta hoy y que tienen el propósito de regresar al mismo lugar dentro de otros veinticinco.

Agosto

Apoyó su espalda sobre la pared, dejó que ésta se fuera deslizando hasta posar su culo sobre el suelo. Hacía años que no estaba allí, demasiados, había dejado olvidados unos cuantos recuerdos, aquello olía a viejo, a pasado, a cierta reminiscencia, a nostalgia. Las cuencas de los ojos se le llenaron de lágrimas, lágrimas de felicidad, se sentía vivo, ausente, ajeno, alejado pero vivo.

Le hubiera gustado compartir aquel momento con ella, disfrutar de sus ojos y su sonrisa. Susurrarle al oído todos sus secretos, una vez más. Advertirle de los peligros, prometerle el infinito a sabiendas de su falta de compromiso, acariciar su mejilla y reír juntos. Deseaba que asi fuera, pero hacía tiempo que las cosas habían cambiado. Ella ya no estaba, hubo una temporada en la que fue distinto, una época en la cual lo compartieron todo, un espacio en el que no hubo lugar para nadie que no fuera ellos. Otro tiempo, el pasado.

Pudo ver el mar a lo lejos, sentir el golpeo de las olas en su cabeza, imaginar la luna llena en aquellas noches de largos paseos, su mano, las huellas de sus pisadas, el agua, las viejas rocas castigadas por el paso de los años y el viento, su sonrisa, siempre su sonrisa.

Aquella que le cautivó, la misma que le hizo perder el control, la del chantaje y la complicidad, la del amor eterno y a la vez vacío de significado, la de las dudas, la del temor y el cariño, aquella que decía no me olvides nunca y te esperaré siempre. Esa, la que nunca fallaba y levantaba el ánimo, aunque fuera embustera y canalla, simplemente, su sonrisa.

Y mientras, el mundo en un baúl, guardado, como si su existencia fuera cosa de mayores. Tapado con aquellas mantas de lana para evitar que respirara, con la tapa echada y los candados cerrados, no fuera nadie a estropear aquel sueño. El mismo que les tenía cautivos, presos, faltos de aliento y sobrados de esperanzas.

Se juraron amor eterno, se prometieron las estrellas, el se vio capaz de bajarlas para ella, besó sus labios en señal de compromiso, ella sonrió, otra vez su sonrisa, el corrió hacia un extremo de la playa, ella le siguió, se obligó a no olvidarle y él lloró. Ahora es noviembre, y el verano hace tiempo que acabó.