lunes, 12 de septiembre de 2011

Sin pudor

Existen comportamientos completamente inaceptables, aquellos que no admiten matices, tan vergonzosos, y realizados con tan poco disimulo, que suponen una ofensa a la inteligencia y al espíritu deportivo.

Así se comportó ayer Francia, de manera inadmisible e indigna. Con su seleccionador Collet a la cabeza, no sé si como ideólogo o como ejecutor de un paripé insultante.
Reservó a sus dos principales figuras: Noah y Parker, quien no dejó de bostezar. Realizó una dirección de partido impropia en un técnico de su categoría y mantuvo una actitud en la banda más acorde a un domingo de playa que a un campeonato de Europa.
La mañana ya anunciaba algo parecido, el “pretigioso” L´equipe marcaba el camino a seguir. Indicaba que ganar sería poco inteligente, puesto que la derrota, previsiblemente, proporcionaría mejores cruces hasta la final. De este modo se evitarían las consecuencias que se produjeron hace dos años tras la fatídica canasta de De Colo. El único pero era que los españoles pensaran lo mismo.
Como entrenador me resulta imposible pensar que un colega pueda dar instrucciones de manera explícita para no ganar un partido; pero después de lo de ayer albergo mis dudas.
Si esto fuera cierto, en condiciones normales, la autoridad moral de un entrenador quedaría ultrajada ante sus jugadores. Circunstancia minimizada si éstos se convierten en cómplices.
La actitud de Francia, invicta hasta ayer, deja al descubierto las vergüenzas de un equipo menor, que especula con los posibles cruces buscando el camino teóricamente menos complicado hasta la final.     
Habría que preguntar a todos aquellos que halagan la inteligencia práctica de Francia, qué pensarían si España hubiera hecho lo mismo. Afortunadamente ese debate no existe, ya que nosotros tenemos un cuerpo técnico y un grupo de deportistas de los que podemos sentirnos muy orgullosos.
Habrá que ver cómo le sale la jugada a los franceses, porque tengo la impresión de que igual, los que más se ríen son los griegos.

domingo, 11 de septiembre de 2011

El día que cambió el mundo

Sentado frente al televisor, mientras me retorcía en aquel incómodo sofá, oía de fondo a mi novia que se estaba preparando para ir a la playa. El teléfono sonó casi al mismo tiempo que aparecía en pantalla el pálido rostro de Matías Prats.

Diego Tobalina, que era quien estaba al otro lado, requería mi atención sobre lo que estaba ocurriendo. “¿Has visto? ¡Un avión se ha estrellado contra una de las Torres Gemelas!”. Casi sin tiempo para responder, observamos como otro avión impactaba contra la otra torre. 
Pilar se disponía a salir por la puerta cuando la llamé para que viera lo que estaba pasando; se fue a la playa pensando que aquello simplemente era un accidente, muy extraño por el hecho de que fueran dos los aviones que se habían estrellado, pero un accidente al fin y al cabo.

El sopor se había esfumado y el estupor hacía tiempo que se había apoderado de Diego, que seguía al otro lado, y de mi. La información era contradictoria, un tercer avión caía en Pensilvania y un cuarto se estrellaba contra el Pentágono.

La hipótesis de un atentado terrorista cobraba cada vez más fuerza, aunque nadie quería, ni podía pensar, que la mente del ser humano puede envolver tanta crueldad.
Ninguno de nosotros imaginaba que aquella masacre cambiaría el mundo. Los Estados Unidos, hasta entonces potencia inexpugnable, había sufrido el mayor atentado terrorista de su historia a manos de unos extremistas que amenazaban el orden y la paz de occidente.

Hubo un antes y un después del 11 de septiembre de 2001. El mundo cambió a nivel político, económico y social. La seguridad se convirtió en una obsesión y el planeta se partió en dos.

Todos nos sentimos conmocionados, nadie podrá olvidar aquellas imágines y aún hoy, un escalofrío recorre mi cuerpo al verlas de nuevo.
A pesar de ello, y de la barbarie que supuso aquella masacre, no puedo dejar de pensar que todas las víctimas de atentados terroristas son inocentes, pero no todas las muertes valen lo mismo.

martes, 6 de septiembre de 2011

La duda ofende


Somos un país muy dado a las exageraciones, tan pronto nos instalamos en el pesimismo como hacemos de la euforia nuestro hábitat natural. Hemos pasado de tener un cierto complejo de inferioridad a sentirnos superiores a la inmensa mayoría. Nuestro nivel de exigencia roza la intransigencia. Nos permitimos el lujo de opinar sin los argumentos y conocimientos necesarios.

Es algo sustancial en nuestro modo de ser, como los toros, la paella, los domingos de fútbol o el tinto de verano.

De un tiempo a esta parte nos hemos convertido en una referencia a nivel mundial en cuanto a deporte se refiere. Ganamos en muy diferentes disciplinas, cada fin de semana nuestros deportistas nos proporcionan multitud de alegrías, tenemos referencias a nivel mundial, pero, en el momento del fallo, no mostramos el más mínimo atisbo de comprensión o empatía.

La selección española de baloncesto ha supuesto el ejemplo perfecto. Hace un par de días, en un extraordinario partido contra Lituania (especialmente durante los primeros dos cuartos), los halagos corrían por las redes sociales, llenaban informativos y ocupaban portadas de periódicos. Ayer, tras el nefasto último cuarto contra Turquía (subcampeón mundial), la alabanza se convirtió en desprecio.

Es cierto que, probablemente tengamos la mejor selección de todos los tiempos. Talento por arrobas, capacidad atlética, conocimiento del juego, experiencia y juventud. Seguramente nuestro mejor nivel sea superior al de cualquier otro equipo de este europeo, pero existen selecciones de primera categoría que están muy cerca de nosotros.  
Hoy se oye que Ricky Rubio está acabado (con 20 años), que es un invento mediático. Que Calderón es un pasota y hace años que no rinde al nivel esperado (habrá que repasar el primer tiempo contra Lituania), que a Felipe se le pasó el arroz, que Llull es una cabra loca y que Pau va al 50% y no defiende el bloqueo directo central. ¡Hay que joderse!

Así estamos, desquiciados porque una docena de niñatos que se han creído los mejores y se han aburguesado. Con una ausencia de compromiso insultante, defendiendo sólo cuando quieren y, además, dirigidos por un incapaz que lo único que hace es limitar su libertad de juego y encorsetar su talento. No resulta Scariolo uno de mis favoritos, pero ya empató con unos cuantos como para tener que pasar un examen diario.

Nos hicieron campeones del Mundo, de Europa y subcampeones Olímpicos. Nos han hecho disfrutar, sentir orgullosos, ser una referencia a nivel mundial y convertirnos en el enemigo a batir.
Desconfiar de su compromiso no es justo, poner en cuestión su talento es una ofensa a la inteligencia y al sentido común. Por eso, yo, me he prometido no volver a dudar.