miércoles, 8 de junio de 2011

El recuerdo de un genio


Su carácter no dejaba indiferente a nadie, sobre su talento no existía debate, sencillamente, era un genio. Tenía un dominio de balón al alcance de muy pocos y una capacidad anotadora demoledora. Con frecuencia acusado de individualista, marcó una época en el baloncesto europeo. Fue un jugador diferente, determinante, imparable en muchos momentos, desquiciante para la defensa y el público rival, un provocador, un ganador.

Épicos fueron aquellos duelos contra el Real Madrid en los que el genio de Sibenik nos desesperaba, la rabia se apoderaba de nosotros una y otra vez. Mientras observábamos atónitos sus canastas imposibles, nuestro cerebro era incapaz de procesar todos los improperios que nuestra boca escupía ante sus constantes afrentas. Sus gestos, sus risas provocadoras, sus muestras de superioridad apoyadas en la complicidad de su hermano hacían de la impotencia el peor sentimiento posible.

Siete títulos jalonan sus cuatro temporadas en la Cibona, entre ellos dos Copas de Europa. Ejerciendo un poder casi tiránico en la antigua Yugoslavia, Europa se rindió a sus pies, era el hombre de moda, el dominador absoluto del baloncesto continental. Y, como en otras tantas ocasiones, si no puedes vencer a tu enemigo debes aliarte con él. Eso debió pensar Ramón Mendoza cuando puso en movimiento toda su artilleria para ficharlo.

Aquel chico de cabello rizado, correr peculiar y mano de seda, aquel que había puesto en entredicho la jerarquía del Real Madrid, el mismo que arengaba al público de Zagreb con gestos provocadores, ese que se mofaba del contrario jugando a pasarse el balón en el medio del campo con su hermano como si estuvieran en el patio de su casa, vestiría la camiseta blanca.

Solamente un año duró aquella aventura, el Madrid se hizo con la Copa del Rey y con la Recopa de Europa en aquella memorable final contra el Snaidero de Caserta donde Petrovic anotó 62 puntos y Oscar Schmidt 44.

Después se iría con los mejores, tras una temporada en Portland, donde no supieron apreciar su talento, fichó por lo Nets de New Jersey. Allí, como en todos los lugares en los que estuvo, se convirtió en un ídolo de masas. Despertó a una franquicia que vivía en el letargo, a un público aburrido de asistir al campo para ver perder a su equipo noche tras noche, haciéndoles soñar con la posibilidad de dejar de ser el vecino pobre.

Desgraciadamente, una accidente de coche se lo llevó en una carretera alemana, justo en el momento en el que su carrera estaba en la cima, casualmente el mismo día que le caducaba el carne de identidad. Ahora, cuando se cumplen dieciocho años de aquella tragedia, el número 3 colgado del Prudential Center nos recuerda a la leyenda.

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