martes, 28 de junio de 2011

Al borde del precipicio


No presenta buen aspecto la orina del enfermo. No hace falta someterla a un análisis para confirmar que algo no va bien, basta con seguir un poco la actualidad para darse cuenta que, si alguien no lo remedia, el caos se hará cargo de la situación.

El deporte europeo profesional vive un momento de serias dificultades, ni tan siquiera el fútbol se libra del drama, muy al contrario. Las deudas ahogan a infinidad de clubes que no saben cómo salir de una situación que, en gran medida, ellos han generado.

La creación de las sociedades anónimas deportivas, allá a principios de los noventa, parecieron la solución a la mala gestión realizada por muchos de los regentes de aquella época. Veinte años después ha quedado demostrado que, ni por asomo, aquello supuso el remedio que se esperaba. Y para muestra un botón, aquel año de las magníficas olimpiadas disputadas en Barcelona, los clubes españoles de fútbol acarreaban con una deuda aproximada de 172 millones de euros, al día de hoy supera los 4.000.

El dato es escalofriante y deja de manifiesto la pésima gestión realizada por los administradores de estos equipos. Ninguno de nosotros puede pensar en gastar un céntimo de euro más de lo que entra en nuestras casas por muy maltrecha que esté nuestra economía doméstica. Al final, se termina haciendo de la necesidad virtud. Y ni por asomo se piensa en tener deudas con la seguridad social o hacienda. La angustia sería nuestra inseparable compañera de viaje, el desahucio una realidad acechante y el futuro la peor de nuestras pesadillas.

Por el contrario, los clubes viven ajenos a estas obligaciones, adeudan mensualidades como quien colecciona sellos, el cumplimiento con el erario público es algo que les resulta lejano y la responsabilidad no habita en sus diccionarios.

Y con menores deudas pero al borde del precipicio se encuentra el baloncesto, el balonmano o el voleibol de media Europa. Ya no se oyen tantas risas y no se gasta con la misma alegría. Ahora el drama nos toca a todos de cerca, nadie puede mirar hacia otro lado y sentir indiferencia por lo que está sucediendo.

Otra vez fue el dichoso mercado el que nos trajo hasta este punto. Ese ente etéreo que nadie controla y que constantemente nos esta jodiendo. Ese mismo que hace que se paguen cantidades obscenas, aquel que te obliga a gastar más de lo que ingresas porque sino siempre irás sentado en el furgón de cola.

Llegó el momento de tomar contacto con la cruda realidad, asumir que estamos viviendo por encima de nuestras posibilidades, reaccionar, obrar en consecuencia y asumir responsabilidades. Sólo espero que no sea demasiado tarde.

miércoles, 15 de junio de 2011

Por el regreso a la cordura


Decir que el Real Madrid no pasa por sus mejores momentos resulta una obviedad. Lejos parecen haber quedado aquellas épocas de gloria en las que el equipo blanco se hacía con la mayoría de los títulos por los que competía.

La sensación que se percibe desde fuera es que el club vive una situación convulsa. Mou y Valdano se tiran los trastos a la cabeza, Messina decide irse en el momento más importante de la temporada, Florentino Pérez termina decantando la balanza del lado del portugués y le muestra la puerta de salida a su, hasta entonces, hombre de confianza.

Para más inri, el Barcelona arrasa en todas la secciones, gana títulos de liga, copas de Europa, del Rey y Supercopas. Pero ese no es el peor de los males del Real Madrid, lo realmente preocupante es el hecho de que en Can Barça tienen un modelo con el que se han ganado la admiración de todo el planeta.

Por el contrario, el Madrid navega sin rumbo fijo, con la sensación de ir a golpe de timón, sumergido en una constante zozobra y un clima de inseguridad e incertidumbre alarmante. La moral de sus seguidores se resquebraja por momentos y el desánimo hace tiempo que se apoderó de la parroquia.

La sección de fútbol presenta síntomas de mejoría, han ganado la Copa del Rey después de casi dos décadas, han quedado a un paso de la final de la Champions y han sido subcampeones de liga. Además, los entendidos en la materia dicen que las segundas temporadas de Mourinho son mejores.

Por el contrario, la sección de baloncesto parece ir a la deriva. Se contrato a uno de los mejores entrenadores de Europa, por fin la ilusión llegó a las gradas, la depresión parecía quedar atrás, pero pronto empezaron las dudas. Todo han sido problemas, desde la Caja Mágica hasta el último de los fichajes.

Incluso, muchos se atrevieron a criticar encarnizadamente a Messina, como si se tratara de un inútil, cuando su trayectoria y capacidad está fuera de toda duda y alcance de muy pocos. La presencia en la final four tras más de una década alejados de los mejores equipos europeos parecía el inicio de la resurrección, nada más lejos de la realidad.

Aquello resultó un desastre, aunque menor que el que supuso la eliminación por parte del Bilbao en las semifinales de liga. A partir de ese momento se ha alimentado la rumorología gracias a la ausencia de una hoja de ruta establecida.

Se antoja imprescindible el fichaje de un entrenador que sea capaz de hacerse con el dominio de la nave, alguien al que se deje trabajar en paz, sin constantes injerencias y que desde el sosiego y la cordura termine con la inestabilidad que vive la sección. Para terminar, un dato demoledor: en las últimas diez temporadas, 7 entrenadores para conseguir 2 ligas ACB y una ULEB. Sobran las palabras.

martes, 14 de junio de 2011

La última parada de un viaje extraordinario


La televisión primero, e internet después, han logrado que todos estemos un poco más cerca. Nos han proporcionado la posibilidad de visitar lugares sin ni tan siquiera salir de casa. Nuestra imaginación nos ha transportado, en más de una ocasión, a esa ciudad que tantas veces deseamos visitar. Nuestra memoria fotográfica nos ha permitido reconocer calles en las que nunca estuvimos anteriormente. Todos estos condicionantes reducen la capacidad de asombro, el sentimiento de fascinación.

Algo así fue lo que me ocurrió con Nueva York, esperaba comportarme como Paco Martínez Soria, la misma expresión de perplejidad, a falta de la boina y la gallina. No negaré que me pareció una ciudad excepcional, sobrecogedora y enormemente bulliciosa, pero "Españoles por el mundo" y "Callejeros viajeros" habían hecho desaparecer el elemento sorpresa.

Es un lugar para perderse en él, para mimetizarse con el paisaje y pasar inadvertido, para deslizarse por sus calles y mirar al cielo sin apenas poder ver el sol, para caminar por Central Park mientras imaginas que eres el protagonista de Love Story, para pasear por la quinta avenida como si estuvieras hecho para vivir en ella. Es una ciudad para eso y para mucho más. Pero esperaba quedarme boquiabierto con Rockefeller Center o con la estatua de la Libertad, y no fue así.

A cambio de la falta de pasmo estuvieron las risas, el descojono más bien. Rubén dejó de ser él para convertirse en el pájaro carpintero, Ochogavia pasó a ser el oso Yogi y allí, en la parte final de nuestro viaje, incorporamos a Dani, más conocido por el mago de las finanzas o Roger, por su extraordinario parecido con Federer.

Aquel hotel neoyorquino da para un libro. Dos camas king size a compartir, habitación sin espejo, lavabo incrustado en una esquina de la habitación, tipo Ikea, aprovechando el espacio, ducha último modelo con cortina especial para que todo el agua saliera cual manantial, vamos, un poema.

Las noches fueron épicas, para que las camas no chirriaran había que contener la respiración, algo que se complicaba cuando te quedabas dormido. El más mínimo movimiento provocaba un crujido estremecedor, el oso Yogi se quedaba sopa boca arriba y comenzaba con la serenata, el mago de las finanzas le acompañaba a capela, el pájaro carpintero emitía su chasquido llevado por su desatada mala hostia, ruido que hacía más agudo a medida que los ronquidos aumentaban.

Mientras, yo, asistía perplejo a un espectáculo inigualable. Mi liviano sueño me permitió no perder detalle de tamaño acontecimiento, cada noche una sinfonía, cada minuto un nuevo espectáculo, ni tan siquiera el Radio City Music Hall está a la altura de lo que se vivió en aquel hotel de la 3ª avenida.

Fueron días muy divertidos, el perfecto colofón para un viaje perfecto. Y no negaré que si quedé impresionado con la grandeza de Central Park, con las luces de Times Square y con aquellos tres sensacionales tipos que hicieron de Nueva York una ciudad que no aparece en las guías.

lunes, 13 de junio de 2011

Justicia poética


No sigo mucho la NBA, los partidos se me hacen interminables, y a esas horas los párpados deberían estar sujetos por pegamento para evitar que se cerrasen. Tampoco me gusta el exceso de individualismo ni la simulación defensiva que realizan muchos equipos durante la temporada regular.

Ni mucho menos soy de aquellos que dicen que no es baloncesto puro como el que se practica en Europa, quizás tenga razón mi amigo el de los salmones (¡qué de tiempo sin citarte!) y todo cambie si se ve con el horario de la costa este y con una Samuel Adams bien fría que refresque el gaznate.

Hubo una época en la que Bird, Isiah Thomas y Magic me robaron muchas horas de sueño, la culpa también la tuvo Trecet y su famoso: “Cerca de la estrellas”, toda la semana esperando escuchar el Faith de George Michael que daba paso al espectáculo. Los ´80 estaban dando sus últimos coletazos y aquel programa nos abría una ventana a un mundo que, hasta entonces, solamente habíamos conocido gracias a Gigantes.

Hace unas semanas, sentado en una butaca del Toyota Center, mientras presenciaba un Rockets-Spurs, recordaba que no veía un partido completo desde aquella época. En más de una ocasión un tiempo muerto me echó del sofá a la cama y en otras muchas ni tan siquiera hubo tiempo de que aquello ocurriera.

Ahora, que por diferentes motivos mi vida se va acercando cada día un poco más al continente americano, los Dallas Mavericks me han hecho recuperar la ilusión por el juego NBA. El baloncesto, como la vida, no siempre es justo con quien lo merece, por eso, cuando suceden acontecimientos como el de anoche uno siente que existe una cierta justicia poética.

Para Nowitzki y Kidd parecían quedar lejos los días de gloria, nadie contaba con ellos al inicio de la temporada, Lakers, Spurs, Celtics y, por supuesto, Heat se hacían con el cartel de favoritos. Estos últimos habían logrado reunir a tres grandes estrellas como Wade, Bosh y James, después de que este último protagonizara una polémica y estrambótica salida de Cleveland.

Afortunadamente, el juego colectivo de los Mavs les ha dado la victoria frente a las individualidades de Miami. Para Kidd y Nowitzki se cierra un círculo, el primero se proclama por primera vez campeón de la NBA con el equipo que le eligió en la primera ronda del draft allá por el año ´94. El alemán hace lo propio tras haber sido fiel a la franquicia tejana durante los últimos 12 años, tantos como los que lleva en la liga americana.

Por el contrario, en la soleada Miami, el astro rey no hará acto de presencia en las próximas semanas. Muchos son los que se alegran de la victoria de Dallas, pero hay tantos o más que disfrutan del fracaso de los Heat. Lebron James, al que Pippen llegó a situar al mismo nivel de Michael Jordan, (¿qué se habría tomado para hacer tal afirmación?) tendrá que esperar para hacerse con un anillo.

Mientras, el baloncesto nos ha devuelto una época casi olvidada. Si esto continúa así, prometo ver más partidos de la NBA.


miércoles, 8 de junio de 2011

El recuerdo de un genio


Su carácter no dejaba indiferente a nadie, sobre su talento no existía debate, sencillamente, era un genio. Tenía un dominio de balón al alcance de muy pocos y una capacidad anotadora demoledora. Con frecuencia acusado de individualista, marcó una época en el baloncesto europeo. Fue un jugador diferente, determinante, imparable en muchos momentos, desquiciante para la defensa y el público rival, un provocador, un ganador.

Épicos fueron aquellos duelos contra el Real Madrid en los que el genio de Sibenik nos desesperaba, la rabia se apoderaba de nosotros una y otra vez. Mientras observábamos atónitos sus canastas imposibles, nuestro cerebro era incapaz de procesar todos los improperios que nuestra boca escupía ante sus constantes afrentas. Sus gestos, sus risas provocadoras, sus muestras de superioridad apoyadas en la complicidad de su hermano hacían de la impotencia el peor sentimiento posible.

Siete títulos jalonan sus cuatro temporadas en la Cibona, entre ellos dos Copas de Europa. Ejerciendo un poder casi tiránico en la antigua Yugoslavia, Europa se rindió a sus pies, era el hombre de moda, el dominador absoluto del baloncesto continental. Y, como en otras tantas ocasiones, si no puedes vencer a tu enemigo debes aliarte con él. Eso debió pensar Ramón Mendoza cuando puso en movimiento toda su artilleria para ficharlo.

Aquel chico de cabello rizado, correr peculiar y mano de seda, aquel que había puesto en entredicho la jerarquía del Real Madrid, el mismo que arengaba al público de Zagreb con gestos provocadores, ese que se mofaba del contrario jugando a pasarse el balón en el medio del campo con su hermano como si estuvieran en el patio de su casa, vestiría la camiseta blanca.

Solamente un año duró aquella aventura, el Madrid se hizo con la Copa del Rey y con la Recopa de Europa en aquella memorable final contra el Snaidero de Caserta donde Petrovic anotó 62 puntos y Oscar Schmidt 44.

Después se iría con los mejores, tras una temporada en Portland, donde no supieron apreciar su talento, fichó por lo Nets de New Jersey. Allí, como en todos los lugares en los que estuvo, se convirtió en un ídolo de masas. Despertó a una franquicia que vivía en el letargo, a un público aburrido de asistir al campo para ver perder a su equipo noche tras noche, haciéndoles soñar con la posibilidad de dejar de ser el vecino pobre.

Desgraciadamente, una accidente de coche se lo llevó en una carretera alemana, justo en el momento en el que su carrera estaba en la cima, casualmente el mismo día que le caducaba el carne de identidad. Ahora, cuando se cumplen dieciocho años de aquella tragedia, el número 3 colgado del Prudential Center nos recuerda a la leyenda.