jueves, 19 de mayo de 2011

Yo, también estoy indignado


Cuando pensé en el nombre de este blog varias fueron las posibilidades que rondaron en mi cabeza. Quería escribir sobre baloncesto, pero no siempre, quería hablar de aspectos relacionados con mi profesión, pero no de zonas, ni bloqueos directos. Pretendía expresar lo que pudiera sentir ante según qué cosas, cotidianas o no, cercanas o ajenas.

Eso es lo que he hecho durante este periodo, lamentablemente, en las últimas fechas tengo menos tiempo para ello. He abordado asuntos diversos: deporte, cultura, ocio, viajes, etc. Pero nunca he escrito sobre política, y hoy tampoco lo voy a hacer. Obviamente, como casi todos, tengo mis ideas, no exentas de dudas, mayores aún a cada día que pasa.

 
Quiero reflexionar sobre el movimiento 15M, la repercusión que puede tener y las reacciones de los políticos. Hace unos meses leí el libro de Stéphane Hessel titulado: "¡Indignados!". Llama a la sociedad a una insurrección pacífica ante el rumbo que está tomando el mundo en el que vivimos, recapacita sobre las cada vez mayores diferencias que existen entre pobres y ricos, reflexiona sobre los derechos humanos y el estado del planeta, el conflicto entre Israel y Palestina y alude a la indiferencia como la peor de la actitudes.

Hessel sabe de lo que habla, formó parte de la resistencia francesa contra los nazis, estuvo en tres campos de concentración, participó en la redacción de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y fue embajador de Francia ante la ONU.

Su libro tuvo una gran repercusión en Francia, donde alcanzó el millón y medio de ejemplares vendidos. Pero ha sido en España donde ha tenido más éxito, hemos saltado del sofá a la calle. La gente ha hecho de la plazas su casa, ha ocupado las aceras y ha mostrado su indignación ante lo que está sucediendo.

Y lo que ocurre es muy grave,  estamos cansados de una clase política que no aporta soluciones y que utiliza el insulto como único argumento, asqueados de la corrupción y de la impunidad con la que actúan los aparatos de los partidos llenando sus listas electorales de imputados, hartos de que valga más ser amigo de alguien importante que tener la preparación adecuada y hastiados de ver como sólo se dirigen a nosotros cuando quieren nuestro voto.

Hasta el gorro de ver como gobiernan de espaldas a la sociedad y de como se pliegan ante los intereses de los más ricos y poderosos. Indignados cuando son ellos los que nos abocan a una crisis de dimensiones planetarias para terminar siendo los ricos más ricos y los pobres más pobres. Cansados del paro, de las injusticias sociales, las de aquí y las de Siria, donde no hacen nada porque no les interesa, como en decenas de países en los cuales dejan que se maten porque allí la vida vale menos.

Cansados de que armen y refuercen a los dictadores y cada vez menos sorprendidos cuando entran en sus casas a punta de fusil y los liquidan porque han adquirido autonomía y ya no se dejan manipular.

Perplejos porque un tipo decide cuánto vale el dinero e indefensos cuando hablan de los mercados como un ente extraño que nos está haciendo la puñeta a todos.

Luego, cuando la gente sale de su letargo, cuando el pueblo ocupa las calles porque no puede soportar la incapacidad de quienes nos dirigen, tenemos que oír que son grupos antisistema, como si ésta fuera la forma de denominar a unos apestados. Evidentemente que somos antisistema, estamos en contra de ese al que también nosotros hemos contribuido con nuestra indiferencia.

Pero ha llegado el momento de demostrar que estamos vivos, que no somos seres adocenados a los cuales puedan manipular a capricho, que lo que ocurre ahí fuera nos importa y que en nuestra mano está cambiar el mundo.

Yo, voy a salir a la calle a mostrar mi indignación pacífica. Porque como dice Hessel: Crear es resistir, resistir es crear.

lunes, 9 de mayo de 2011

El mito deja paso a la leyenda


Nadie podía pensar cuando Severiano Ballesteros se colaba furtivamente en las noches de luna llena en el campo de golf de Pedreña, que aquel chico de origen humilde revolucionaría años más tarde un deporte que por entonces languidecía.

Cuentan que segar los campos con la guadaña le ayudó en su swing, quizás tener que sacar el abono de las vacas, ir a buscar la leche o limpiar los domingos los zapatos de sus hermanos mayores fueron aspectos que forjaron su carácter.

Probablemente su imaginación se disparaba aquellos días en los que jugaba al golf en la playa, después de hacer un hoyo con una lata de tomate y colocar un palo y un pañuelo a modo de bandera. Acaso allí realizó golpes imposibles con aquel hierro 3 que le había regalado su hermano Manuel y dibujó trayectorias que únicamente están al alcance de los genios, como aquella vez en el Open Británico de 1979 cuando buscó intencionadamente el aparcamiento en el Royal Lytham.

En aquel lugar nació el mito, los británicos hicieron de él algo propio y lo aceptaron como uno más. Su trascendencia excedió de lo hasta entonces conocido; se llegaron a quebrar las normas de la Ryder Cup para incluir a un jugador del continente europeo. Su pasión, su geniales golpes, su carácter indómito y su carismática sonrisa hicieron de aquel chico de Pedreña un mago del golf.

Continuó rompiendo barreras, se convirtió en el primer europeo en ganar el Master y, probablemente, en el único jugador que, tras ganarlo, se haya llevado la mítica chaqueta verde a su casa. Revolucionó la Ryder Cup e hizo de ella el torneo más importante del mundo, logrando que en 1997 saliera por primera vez de las islas británicas.

Más allá de sus 87 títulos, el premio Príncipe de Asturias, pertenecer al salón de la fama del golf o ser el único español que ha ocupado la portada de la revista más importante del mundo del deporte (Sports Illustrated), se sitúa la trascendencia que Ballesteros ha tenido en el deporte español. Cuando en otros casos, deportistas como Nieto o Santana veían limitada su repercusión al panorama nacional, Seve barría las fronteras de los mapas, acaparaba elogios a nivel mundial y resucitaba un deporte que estaba agonizando.

Hoy, el mundo del deporte llora su muerte, todos lamentamos el vacío que nos deja su precipitada marcha. En nuestra memoria quedarán para siempre sus inigualables gestas, su extraordinaria facilidad para hacer lo que otros ni tan siquiera podemos imaginar, su carácter y su sonrisa. El mito ha dado paso a la leyenda.

lunes, 2 de mayo de 2011

Sueños a la ribera del Atlántico


Los 580 kilómetros que separan Nueva York de Norfolk se recorren en algo más de 7 horas. Los constantes límites de velocidad que impiden superar las 50 ó 55 millas no permiten reducir ese tiempo. Además, como nos recordaba constantemente Ochogavia, Estados Unidos no es un país para andarse con tonterías. Rubén y yo, conscientes de aquella afirmación por los periodos que ambos pasamos allí, convertimos en una máxima aquella frase y la utilizamos cada vez que tuvimos la más mínima oportunidad. Ya podías saltarte la cola de un supermercado como aparcar en doble fila, aquella cantinela siempre estaba presente, y las risas posteriores también.

Fue un viaje pasado por agua, pero agradable gracias a la buena conversación que mantuvimos dentro del coche. Habíamos llegado a media tarde a Newark, por lo tanto, debíamos cenar y dormir por el camino. Las áreas de descanso en Estados Unidos tienen poco o nada que ver con las de nuestro país; en ellas puedes encontrar varios tipos de restaurantes, de los suyos eso sí, supermercados y hoteles.

Tras una reparadora cena en un Burger King de carretera, tentación que tuvimos la suerte de vencer durante nuestra estancia en Houston, nos dispusimos a encontrar un hotel que nos permitiera descansar. Como suele ocurrir en estos viajes, vas dejando pasar excelentes oportunidades esperando encontrar algo mejor, al final, la noche se echa encima y terminas entrando en la peor de las elecciones posibles. Así que, al igual que Marion Crane en Psicosis, nos alojamos en un motel parecido al de los Bates.

Lo más sorprendente del viaje resultó ser el Chesapeake Bay Bridge-Tunnel, el puente túnel más largo del mundo con una distancia superior a los 24 kilómetros y que une la costa este de Virginia con la parte continental de ese mismo estado. Pareces estar en un parque de atracciones sobre el océano Atlátinco, la estructura se va retorciendo sobre el agua para terminar sumergiéndote en un túnel mientras un camión nos persigue como si fuera el diablo sobre ruedas.

Norfolk resultó un lugar tranquilo y agradable, con una bonita bahía, el centro de la ciudad cuidado y limpio, con el tranvía recorriendo sus calles y el edificio del ayuntamiento siendo una réplica a pequeña escala del Capitolio. Por el contrario, Virginia Beach resultó ser más impersonal, con cientos de edificios a lo largo de la playa de placer más larga del mundo, como atestigua el Libro Guinness de los récords.

El Portsmouth International Tournament, más conocido en el mundo del baloncesto como el PIT, supuso una nueva experiencia para mi. Tienes la sensación de estar en un mercado, en una lonja de pescado donde las piezas más codiciadas serán subastadas al final de la jornada. Allí se dan citan los mejores universitarios en su año senior, a excepción de los llamados a ocupar un puesto en el draft de la NBA.

Mientras ellos intentan exhibirse, decenas de agentes esperan su momento en las gradas. Aquello supone una lucha sin cuartel, en la pista y en la tribuna. Unos luchan por conseguir un contrato en alguna liga profesional que les permita iniciar el sueño de una futura carrera profesional, mientras otros persiguen ser quienes hagan realidad esos anhelos.

Auténticos atletas sobre la cancha, mates estratosféricos, rebotes que desafían las leyes de la gravedad y tapones que humillan a cualquiera. Unos cuantos harán buenas carreras en Europa, podrán ganarse la vida jugando a este deporte. Otros tantos quizás se queden en el camino mientras maldicen su suerte al entender que no siempre los sueños se cumplen.