martes, 26 de abril de 2011

Otra dimensión


Hay experiencias durante nuestra existencia que uno no se puede perder, debe perseguirlas hasta poder encontrarlas, si la vida te proporciona la oportunidad de disfrutar de ellas, dejarlas pasar se convertiría en una losa insoportable. Todos tenemos pasiones, sueños y deseos. Cada uno de un modo diferente, cada uno en una disciplina distinta, pero, al fin y al cabo, todos buscamos algo que nos proporcione recuerdos imborrables, sensaciones indescriptibles, momentos de pasión y de felicidad.

Recientemente he tenido la oportunidad de disfrutar de una de esas oportunidades. La temporada que estuve en la Universidad de New Mexico,  regresé a España con el propósito de vivir una final four universitaria. Me parecía un espectáculo inigualable, con esa capacidad que tienen los estadounidenses para vender su producto haciendo que siempre parezca el mejor.

He presenciado in situ todo tipo de acontecimientos deportivos, partidos de ACB, NBA, Euroliga, con su final four correspondiente, Copa del Rey de baloncesto, partidos de primera división de fútbol, Copa Davis, finales de títulos europeos de balonmano, etc. Pero la magnitud de lo presenciado en Houston a principios del mes de abril, eclipsa a cualquiera de ellos.

La llegada al aeropuerto ya te proporciona una imagen de la dimensión del acontecimiento. Cientos de voluntarios encargados de repartir de manera gratuita pelotas conmemorativas del evento. Decenas de autobuses que trasladan a entrenadores, familiares, periodistas y personal de universidades a sus diferentes hoteles. En uno de esos se subieron aquellos dos chavales españoles que llevaron a gala la picardía española durante todo el viaje.

De camino al hotel ya se puede ver la ciudad engalanada para la ocasión, carteles en casi todas las farolas, banderas, multitud de gente vestida con los colores de su equipo, mensajes de bienvenida en las puertas de los hoteles, canales de televisión y portadas de periódicos que no hablan de otra cosa. Todo el país se detiene. Los días de los partidos de la final four no hay otro acontecimiento deportivo a nivel profesional en todo Estados Unidos.

Uno empieza a tomar conciencia de lo que supone el evento, pero realmente no se da cuenta de la verdadera magnitud hasta que no está en las inmediaciones del Reliant Stadium. Un campo de fútbol americano preparado para la ocasión. La parte superior cubierta, un marcador, que parece un ovni, en el centro de la cúpula, miles de personas entrado por la puertas de acceso, decenas de policias, cientos de voluntarios, carritos con todo tipo de comidas y bebidas, gente y más gente.

Educados, organizados, con la cabeza o la cara pintada, con bufandas, gorras o camisetas, o con todo a la vez. Con la ilusión de ver a su equipo en una acontecimiento soñado, con el deseo de las cenicientas (Butler o VCU de ser los nuevos hoosiers) o la añoranza del prestigio perdido por parte de Kentucky y Connecticut.

Hasta 75.000 personas entramos por los vomitorios de aquel estadio, unos tuvieron la suerte de verlo desde cerca, otros nos conformamos con presenciarlo bastante más arriba, con el consuelo que te concede ver las cosas con perspectiva. No importaba mucho dónde estuviera uno sentado, lo sustancial era estar allí. Eso decían nuestras caras, la de Gigi, la de Rafa, la de los Rubén (López y Fernández), de eso hablaban nuestros gestos, nuestra expresión, ese lenguaje no verbal que tanto le gusta a Ochogavia.

Lo cierto es que no hubo un gran baloncesto, las semifinales nos dejaron la emoción de unos marcadores estrechos y la final distó mucho de lo que se espera de los dos mejores equipos universitarios del país. Para mi, por una vez y sin que sirva de precedente, aquello fue lo de menos; lo verdaderamente valioso fue estar allí.

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