miércoles, 27 de abril de 2011

La ciudad del petróleo y del espacio

Houston supuso una sorpresa para mi, esperaba otro tipo de ciudad. Impersonal, árida, con poco atractivo y una enorme extensión de terreno. Únicamente acerté en esto último, resulta algo realmente desproporcionado, para un chaval de provincias como yo, acostumbrado a vivir en lugares pequeños como Zamora, Los Barrios, Melilla o Alaior, una ciudad tan vasta supone algo realmente llamativo. Para ejemplificar el asunto diré que, la ciudad de León tiene poco más de 39 kms cuadrados, frente a los 1.600 que tiene la capital del condado de Harris.

Al margen de esto, y de la evidente necesidad de un coche para poder desplazarte, me sorprendió el gran número de zonas verdes que tiene. Texas suena a desierto, a lugares inhóspitos y desangelados, obviamente, en un estado que es una cuarta parte mayor que España, debe haber lugar para eso y mucho más, pero Houston no resulta ser ese ejemplo.

Mención especial merece la Universidad de Houston, (existen otras ocho) cuando llegas a ella, entras en un lugar de paz, armonía y sosiego. Árboles, edificios construidos con una gran respeto por la estética y el equilibrio, calles limpias que rebosan belleza en cada uno de sus rincones. Estudiar allí debe suponer mucho más estimulante.

Volvió a llamarme la atención la hospitalidad, amabilidad y educación de los estadounidenses. Logran que te sientas bien entre ellos, son cordiales y diligentes. Evidentemente no resulta una sociedad perfecta, pero, ¿y cuál lo es?

Dejamos Houston después de haber vivido grandes momentos y mejores experiencias, con la gratitud correspondiente hacia Matt, Rafa, Gigi y Rubén por convertir nuestra estancia en un recuerdo imborrable, por hacernos sentir uno de los suyos y descubrirnos rincones que sin ellos hubiera sido imposible visitar.

Volamos a Nueva York, lugar que serviría como punto de partida de una nueva historia, con nuevos protagonistas y con el baloncesto como nexo de unión. Ese lenguaje de la pelota que no entiende de fronteras ni de idiomas. Ese deporte que hace que muchos de nosotros perdamos la cabeza. Ese sonido que retumba en nuestra mente y nos roba el corazón. Pero ese, es otro relato.

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