lunes, 10 de enero de 2011

El último viaje


El turrón, el cava y algún que otro langostino, además de otras obligaciones, me han tenido entretenido durante estas navidades. He sentido el impulso de abandonar tanta ocupación y lanzarme a por el teclado, especialmente después del enésimo fracaso del Real Madrid ante el Barcelona, pero antes de que mi amigo Juanjo Moro escribiera algún comentario al respecto de mi fijación sobre el club de Concha Espina, preferí seguir atendiendo tanta ocupación culinaria.

Entre cenas y comidas, cañas y calamares y alguna que otra sesión de gimnasio que consumiera tanta caloría adquirida, hubo tiempo para una experiencia que estuvo a punto de adquirir la denominación de extrasensorial.

La cuestión fue la siguiente, durante dos días disputé con mi equipo de alevines un torneo que se organizó en La Coruña, el martes día 4, antes de las ocho de la tarde, debía estar en León, así que, la familia Capetillo se ofreció para tal menester. La cosa, inicialmente, pintaba bien. Buena tertulia, mejor compañía, buena carretera y el estreno de la nueva nave espacial de la familia.

Salimos con tiempo, sobre las 14.30 estábamos en marcha, lo justo para no llegar agobiados y poder parar por el camino para dar cuenta de alguna que otra vianda. Llegando a Lugo, y ante la inminente posibilidad de quedarnos sin gasolina, Pilar (mujer de Cape y conductora del vehículo en cuestión), sugirió detenernos para repostar. Así se hizo, y en este fatídico momento comenzó nuestra peripecia.

El pathfinder viene equipado hasta los dientes, con una serie de artilugios que serán descubiertos cuando la vida de la nave toque a su fin. Es tal la sofisticación del aparato en cuestión, que no éramos capaces de abrir el depósito de la gasolina. Eso Pilar y yo, porque Capetillo, en un ejercicio de dejación de responsabilidad desconocido para mi, decidió alejarse del lugar con el pretexto de fumar un cigarro y de este modo, contemplar el espectáculo como si aquello no fuera con él.

Hasta allí llegaron el gasolinero y su esposa, dos tipos que pasaban por allí y nos habían visto cara de pardillos, un ingeniero que marchó frustrado y uno del pueblo que tenía un Nissan del año de la polca y creía que los japoneses no habían evolucionado. Cape no vio a ninguno de ellos, de ahí su cara de asombro al leer ésto.

Tanto se complicó el asunto que, después de llamar al gerente de la tienda dónde se había comprado el coche, se decidió ir al concesionario más cercano. Este se encontraba en Lugo, pero si hubiera estado en Cuenca no hubiéramos tardado más. El gps indicándonos un camino, la tía del concesionario la dirección contraria, porque decía que el navegador no nos llevaría hasta allí. Cape traduciendo del gallego como si tal cosa y Marta (que así es como se llama la del gps), llevándole la contraria.

Rotondas, cambios de sentido, otra llamada al concesionario, Pilar con los diez sentidos en la carretera, Marta a lo suyo y yo perplejo. Después de 45 minutos y 10 kilómetros llegamos al destino. Entrada en el taller, apertura del maletero por parte de los mecánicos y uhhhhhhh, sorpresa. Lleno de productos de Ikea, el tipo del mono azul que mira a su colega, el copiloto, a la sazón Capetillo, alejándose del vehículo y el de San Claudio arremangándose para empezar a bajar bultos. La voz de Pilar le trajo de nuevo a la realidad y puso su granito de arena bajando una caja. Debo decir que también la subió.

Después de que nos dijeran que se había estropeado el motor del cierre de la puerta del depósito y hacer un apaño hasta que se pudiera arreglar, nos fuimos felices y sonrientes, ajenos a lo que aún estaba por llegar. El pathfinder decía, hasta aquí hemos llegado, y yo: "Hasta que Cape no salga del coche y empuje, no muevo mi culo del asiento". Así que, 150 metros de pendiente favorable, empujando aquella máquina. Risas por doquier y descojono generalizado.

Al fin llegamos a la gasolinera, una chocolatina para el camino y un bocadillo de tortilla de patata fueron el resultado de lo obtenido en el avituallamiento. Las sonrisas dieron paso a las carcajadas, la ironía y los puñales llenaron el espacio interior del vehículo, el buen humor presidió el viaje hasta cuando ocurrió lo inimaginable, nos perdimos en la entrada a León, pero ese es otro capítulo.

Al final llegamos sanos, salvos y a tiempo, aunque por los pelos. Este ha sido mi último viaje, y que mejor que una sonrisa para cerrar durante una larga temporada esta extraordinaria experiencia del blog, puesto que, otros asuntos me requieren e impedirán que tenga el tiempo suficiente para seguir escribiendo. A todos los que me habéis seguido durante estos meses: Muchas gracias y hasta pronto.

2 comentarios:

  1. Señor Felix, ni se le ocurra dejar de escribir (de escribirnos) en este blog; la novela de la vida diaria que nos relatas cada día no debe parar, así que búscate la vida (como los demás) para sacar un ratito de vez en cuando y amenizar nuestros ratos ante el ordenador.

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  2. Mi voto a favor para la propuesta del Juanjo. No se puede malacostumbrar a lectores y amigos a saborear semejantes manjares literarios y luego decirnos que nos compremos una lata de fabada La Asturiana que, por muy buen embutido que tengan ahora, no dejaran de ser alubias en lata. Busque usted un ratito de vez en cuando caballero.Un abrazo desde tierras burgalesas.

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